![]()
El duelo no es algo que se “resuelva”, sino algo que se incorpora a la vida cotidiana, con sus interrupciones, sus regresos y sus silencios.
Por Isabel Ginés | 7/02/2026
«Morir no es solo dejar de vivir, es perder el mundo.» —Hannah Arendt
En Arendt, la pérdida no se limita al individuo que muere. Cada muerte implica una amputación del mundo compartido. Cuando alguien desaparece, no se pierde solo una persona: se pierde una forma concreta de mirar, de hablar, de habitar la realidad. El duelo no es, por tanto, un asunto íntimo ni psicológico únicamente, sino una experiencia profundamente política y relacional. El mundo se empobrece porque falta alguien que lo hacía legible de una determinada manera.
Desde ahí se entiende que el duelo no sea lineal ni homogéneo. No es solo tristeza: es desorientación. Es tener que reaprender gestos, hábitos, palabras, espacios que estaban pensados para dos o para más. Por eso el duelo reaparece en lo cotidiano y no en los grandes momentos solemnes.
«El duelo cambia de forma, pero nunca termina.» —Joan Didion
Didion no romantiza el duelo ni lo convierte en experiencia reveladora. Lo describe como una transformación permanente. El dolor no desaparece, se integra. El vínculo no se rompe, se redefine. La ausencia no se cierra: se aprende a convivir con ella. El duelo no es algo que se “resuelva”, sino algo que se incorpora a la vida cotidiana, con sus interrupciones, sus regresos y sus silencios.
Hoy iba a hablar de duelo. Pero es que todos vivimos un duelo, o lo hemos vivido, y viviremos muchos duelos. Quizá haya temporadas. Temporadas con bastantes duelos. Porque la gente a la que he entrevistado, a la que he escuchado, a la que he sacado en documentales, a la que le he puesto voz, son personas mayores. Y eso implica que la gente se vaya.
Yo también he perdido gente siendo joven. En esas edades en las que uno no debería morir. En esas edades en las que tienes todo por vivir. Y también he perdido referentes que no solo eran periodistas o filósofos, sino familia. Mis abuelos. He visto a gente a mi alrededor perder a gente. El duelo lo vivimos todos y todos vamos a pasar muchos duelos a lo largo de nuestra vida.
Pero ¿cómo voy a describir un duelo si cada uno lo sentimos de una forma diferente? Si cada uno lo vivimos de una manera distinta. ¿Quién soy yo para hablar del duelo?
Lo que sí sé es lo que tenemos en común quienes hemos vivido un duelo. Ese día en que quieres compartir algo con la persona que ya no está y sabes que ya no puedes. Ya no puedes llamarle para decirle que te ha gustado mucho un libro, que has pasado por una calle, que has visto algo, que has viajado a algún sitio, que has cumplido un sueño.
Ese momento en el que estás viendo una serie, vas a coger el móvil para recomendarla y recuerdas que ya no está. Y también ese día en que, tras el dolor, te ríes y te sientes culpable. Y piensas: es que querría verme feliz. No tengo que sentirme culpable. Pero duele haberte reído. Duele haberlo pasado bien.
Todos vivimos con heridas en el alma y en el corazón de personas que ya no están. Daríamos lo que fuera por un abrazo, por un consejo más, por compartir una sesión de cine, un concierto o un paseo. Por oír su risa. Por escuchar su voz.
El duelo tiene estas cosas. Todos echamos de menos lo mismo. Nos sentimos culpables por lo mismo. Es la primera vez que quieres compartir algo y no puede ser. Es llorar de repente. Reír de repente. Recordar de repente. Y, con el tiempo, poder hablar de esa persona y decir quién era y qué significó.
Hoy quería hablar del duelo, pero ¿qué voy a hablar yo del duelo? Todos lo hemos vivido y lo vivimos de forma distinta. Solo sé que del duelo se sale. Con una herida. Pero también con algo claro: qué bonito es vivir un duelo si has conocido a una persona increíble. Si alguien hizo mejor tu vida. Si alguien te marcó.
El duelo forma parte de eso. De haber conocido a alguien que importó. Y eso, aunque duela, es lo que queda.
Se el primero en comentar