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Durante estos días, muchos no hemos podido escribir. La rabia nos paralizaba. Hablar de justicia cuando la injusticia tiene nombre y apellidos cuesta. Mazón convirtió la política en un acto obsceno.
Por Isabel Ginés | 3/11/2025
El mundo empieza a hablar de Mazón. Mazón y solo Mazón. Porque su nombre ya no es el de un político, sino el de una herida abierta en la memoria del pueblo valenciano. La suya es la historia de una traición, de una negligencia criminal, de un hombre que tuvo el deber de proteger y prefirió quedarse comiendo en el ventorro. Cuando se sepa todo pero todo y se sabrá con el tiempo, nadie podrá entender cómo Carlos Mazón siguió un año entero aferrado a la presidencia. Nadie podrá comprender cómo se puede gobernar con las manos manchadas de barro y de desprecio.
Mientras su pueblo se ahogaba, él comía. Mientras los teléfonos ardían con llamadas de auxilio, el suyo permanecía en silencio. Pradas le avisó a las 19:10 del envío del Es-Alert y Mazón no respondió. No cogió el teléfono porque la tragedia no interrumpe una comilona. Esa fue su prioridad: su copa, su plato, su comodidad. Y a esa negligencia la siguió la mentira. Ocho versiones distintas, todas cayendo, todas pudriéndose en su propio cinismo.
Y mientras tanto, cientos de valencianos perdían la vida, los hogares, la familia, los recuerdos. Madres que vieron morir a sus hijos, padres que no pudieron salvar a los suyos, hijos que aún buscan los cuerpos de sus padres. Mientras todo eso ocurría, el president reía, comía y colgaba llamadas.
Durante estos días, muchos no hemos podido escribir. La rabia nos paralizaba. Hablar de justicia cuando la injusticia tiene nombre y apellidos cuesta. Mazón convirtió la política en un acto obsceno. Su gobierno, en una tapadera de contratos inflados, de amigos enriquecidos, de sobrecostes de cincuenta millones mientras su pueblo contaba ataúdes.
Y sin embargo, el pueblo valenciano volvió a demostrar que es más grande que su miseria. Los barrios se llenaron de manos, no de discursos. Vecinos sacando barro con cubos, compartiendo pan, abrazando a desconocidos. El pueblo se comportó como gobierno mientras el gobierno se comportaba como un fantasma.
Pero hay heridas que no se perdonan. Las familias le rogaron que no acudiera al funeral de Estado. Se lo suplicaron. Y aun así, fue. Fue con la cara alta, con su traje planchado, a mirar de frente a quienes había dejado morir. Eso no es solo hipocresía: es crueldad calculada. Es el gesto de quien ya no siente, de quien cree que el poder le pertenece aunque pise tumbas.
Y el pueblo no calló. Le gritaron “asesino”. No por rabia vacía, sino por verdad. Porque en cada palabra resonaba el dolor de quienes fueron abandonados. Mazón no solo falló como político; falló como ser humano. Y quien falla en eso, no merece ni el perdón ni el cargo.
Hoy, un año después, sigue mintiendo. Se aferra al sillón, protegido por el ruido y por el silencio cómplice de los suyos. Pero hay cosas que ni el poder ni la propaganda pueden enterrar. La vergüenza tiene memoria. Y el barro, cuando se seca, deja huellas.
Que dimita. Que se vaya. Que asuma lo que hizo y lo que no hizo. Que deje de fingir que le duele. No necesitamos más versiones, ni más fotos, ni más lágrimas falsas. Necesitamos justicia, memoria y dignidad.
Porque lo que hizo Mazón no fue un error: fue una traición deliberada. Porque mientras su pueblo moría, él elegía el vino sobre la vida. Porque hay una línea que separa la incompetencia de la crueldad, y él la cruzó hace tiempo.
Carlos Mazón no será recordado como un presidente: será recordado como el hombre que dejó ahogarse a su pueblo mientras comía. Y esa mancha, ese barro moral, no se borra ni con todo el poder del mundo. El barro se limpia del cuerpo, sí. Pero el del alma, cuando es de vergüenza, se queda para siempre.
Se ha dicho tanto ya de este inhumano y pienso que aun se merece más.
Si al fin deja la poltrona de presidente, seguirá estando aforado al ser diputado.
En fin los nombres que suenan pará próximos presidentes del PP Valenciano, no sé quienes son, no sigo la carrera política de nadie.
A cualquiera de a pie le exigen carrera e idiomas, pará político no se exige nada, y así nos va.