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No, no son daños colaterales. Son asesinatos deliberados. No hay justificación posible para la destrucción de hospitales, escuelas, panaderías, mercados o campamentos de refugiados.
Por Isabel Ginés | 27/05/2025
En Gaza no hay confusión posible. No se trata de una guerra, ni de una defensa legítima. Lo que ocurre en Palestina es una limpieza étnica meticulosa, prolongada, planificada. Es la continuación de décadas de colonización, desposesión y castigo colectivo contra un pueblo que, pese a todo, sigue resistiendo con dignidad.
La ocupación israelí lleva más de setenta años intentando borrar a Palestina del mapa, pero hoy, más que nunca, esa intención se ha transformado en exterminio. Desde octubre de 2023, más de 35.000 palestinos han sido asesinados, de los cuales más de 14.000 son niños. Otros miles yacen bajo los escombros, sin posibilidad de ser rescatados ni siquiera enterrados. Hay más de 80.000 heridos, decenas de miles de amputaciones, enfermedades sin tratar, bebés prematuros muriendo en incubadoras sin electricidad. El 80% de la población ha sido desplazada forzosamente. Gaza ha sido transformada en un cementerio abierto, una prisión de ruinas y muerte.
No, no son daños colaterales. Son asesinatos deliberados. No hay justificación posible para la destrucción de hospitales, escuelas, panaderías, mercados o campamentos de refugiados. Las imágenes de cuerpos calcinados, de niños despedazados, de madres abrazando cadáveres diminutos no son el efecto de un error militar, sino la consecuencia lógica de un plan de exterminio.
Lo que estamos presenciando es un genocidio con todas sus letras. Un castigo colectivo que busca erradicar la vida palestina, sus raíces, su historia, su cultura. Bombardean hasta las universidades, matan a los periodistas, asesinan a los escritores y a los médicos. Quieren aniquilar no solo los cuerpos, sino también la memoria, el relato, la palabra.
Y ante todo esto, ¿qué hace el mundo? Mira hacia otro lado. Gobiernos que se autodenominan democráticos financian, arman o respaldan al verdugo mientras criminalizan al pueblo oprimido. En lugar de sancionar al agresor, sancionan la solidaridad. Se persigue la palabra “Palestina”, se silencia a las voces que denuncian, se censuran las imágenes del horror. Y se repite una y otra vez la mentira de la “autodefensa”, como si pudiera justificarse el asesinato masivo de civiles con una frase vacía.
La guerra en Gaza tiene que terminar. El horror debe cesar. Lo que se está viviendo en Palestina no es solo inhumano: es una vergüenza para toda la humanidad. Es una herida abierta en la conciencia colectiva del mundo. No hay neutralidad posible ante el genocidio. No hay equidistancia moral ante el crimen. O se está del lado de los oprimidos o se está del lado del opresor. Y quien elige el silencio, el cinismo o la complicidad, se posiciona del lado del verdugo.
El pueblo palestino tiene derecho a la esperanza. Derecho a existir, a caminar por su tierra sin ser bombardeado, sin ser expulsado, sin ser criminalizado por vivir. Tiene derecho a reconstruir, a llorar en paz a sus muertos, a reír con sus hijos, a recuperar su tierra, su cultura, su futuro. Palestina no pide compasión, pide justicia. Y sin justicia, no hay paz posible.
La vergüenza y el asco caen sobre quienes aún defienden a Israel, sobre quienes justifican las masacres, minimizan los crímenes, o repiten como loros los discursos oficiales de los ocupantes. Caen sobre quienes trivializan el dolor palestino, sobre quienes se indignan selectivamente. Caen sobre quienes se escudan en discursos vacíos de seguridad para avalar el asesinato de miles de inocentes. Esa defensa no es ideología, es complicidad con el horror.
Y si alguien aún duda, si alguien necesita “ambas versiones”, que mire los cuerpos, que escuche los gritos, que cuente las tumbas. No hacen falta más pruebas. Lo que hace falta es humanidad.
Porque esta no es solo una causa árabe, ni musulmana, ni regional. Es una causa humana. Porque lo que está en juego no es solo el futuro de Palestina, sino el alma del mundo.
Y si todo esto no basta para despertar conciencias, si ni siquiera el genocidio nos hace actuar, entonces quedará solo una certeza:
La historia nos juzgará.
Nos preguntará qué hicimos mientras asesinaban a miles de niños. Nos interpelará por nuestra cobardía, por nuestro silencio, por nuestra indiferencia. Y solo algunos, muy pocos, podrán responder con la frente en alto.
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