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El absentismo no es el problema. Es el síntoma. La raíz es la explotación: empleos precarios, jornadas interminables, salarios de supervivencia, inestabilidad constante.
Por Marta Vital | 16/02/2026
En los últimos meses, la CEOE ha convertido el absentismo laboral en su caballo de batalla favorito. Antonio Garamendi, su presidente, no pierde ocasión para lamentarse: más bajas médicas, bajas que duran más, un coste que supera los 32.000 millones de euros al año. Según sus informes, el absentismo roza el 7% de las horas pactadas y afecta a más de 1,5 millones de trabajadores cada día, con más de un millón en incapacidad temporal. Su solución: que las empresas dejen de pagar cotizaciones durante las bajas y que los propios trabajadores denuncien a los «absentistas profesionales». Un discurso repugnante y reaccionario.
Pero vayamos al grano: este llanto patronal es un ejercicio de cinismo descarado. La patronal no menciona —ni de lejos— por qué cada vez más empleados se ven obligados a pedir la baja. No habla de la precariedad, de las jornadas eternas, de los salarios de miseria que se han estancado durante más de una década mientras ellos baten récords de beneficios. El problema no son los trabajadores que se enferman. El problema es la explotación a la que está sometida el conjunto de la clase trabajadora bajo el capitalismo.
Según los datos de Randstad y Adecco, el absentismo por incapacidad temporal no para de subir. Pero las causas no son misteriosas: estrés crónico, ansiedad y depresión. Las bajas por salud mental han aumentado entre un 66% y un 87% en los últimos seis años. Problemas musculoesqueléticos que derivan de posturas forzadas, ritmos imposibles y falta de descanso. Los trabajadores no se toman la baja por capricho. Se la toman porque el cuerpo y la mente dicen «basta» después de años de ser tratados como piezas de una cadena de montaje.
La patronal habla de «cultura del esfuerzo» y señala con dedo acusador. Curiosamente no menciona que esos mismos trabajadores se dejan la piel durante la semana, ni que muchos llegan al límite porque no pueden más.
La gran estafa de la reforma laboral ha sido el contrato fijo discontinuo. Lo vendieron como la solución a la temporalidad. En realidad, ha sido la forma perfecta de mantener la inestabilidad sin que las estadísticas lo reflejen. En 2025, estos contratos han batido récords de volatilidad: más de 800.000 trabajadores en esta modalidad, con rotaciones diarias que superan con creces las de los temporales de antes. Llamados cuando conviene, olvidados cuando no. Sin planificación, sin seguridad, con el miedo constante a que el teléfono no suene.
Esto no es empleo indefinido. Es precariedad con traje de gala. Genera ansiedad, incertidumbre y, al final, bajas médicas. Pero la patronal no lo cuenta. Prefiere hablar de «absentismo» y no de la inestabilidad que ellos mismos han fabricado de la mano del gobierno «más progre de la historia».
Cada semana en España se realizan más de 2,5 millones de horas extraordinarias que ni se pagan ni se compensan. Según la EPA, esto equivale a decenas de miles de empleos a tiempo completo que los empresarios se ahorran. Casi medio millón de trabajadores ven cómo su jornada se alarga sin remuneración. En sectores como la industria, el comercio o los servicios, es la norma. ¿Y qué pasa con esas horas? Que agotan al trabajador. Que le roban tiempo con su familia, con su salud, con su vida. Y luego, cuando se rompe, la patronal se rasga las vestiduras y culpa al «absentismo».
Aquí está el corazón del asunto. En la última década, los salarios reales han crecido por debajo de la inflación y la productividad en la mayoría de los casos. Los sueldos medios siguen anclados mientras el coste de la vida se dispara. Los convenios colectivos firman subidas del 3-3,5%, pero eso apenas compensa la pérdida de poder adquisitivo acumulada.
Mientras tanto, los beneficios empresariales han crecido de forma desproporcionada en muchos sectores. Grandes corporaciones y multinacionales han acumulado ganancias récord, incluso en años de crisis. La patronal acumula. El trabajador se hunde. No es casualidad. Es el sistema capitalista: bajar costes laborales, maximizar márgenes, externalizar riesgos. Y cuando el trabajador se quema, culparlo a él.
La campaña de la CEOE es toda una declaración de intenciones: quieren menos derechos, que los trabajadores produzcan hasta el último aliento sin quejarse. Quieren que las bajas cuesten menos a la empresa y más al trabajador y al Estado.
Pero la realidad es tozuda. Los trabajadores españoles no son vagos. Son los que más horas efectivas trabajan de Europa, con una productividad que no acompaña porque el modelo es de bajo coste y alta rotación. Están exhaustos. Quemados. Enfermos de un sistema que los trata como mercancía.
El absentismo no es el problema. Es el síntoma. La raíz es la explotación: empleos precarios, jornadas interminables, salarios de supervivencia, inestabilidad constante. Y los trabajadores, mientras tanto, seguiremos rompiéndonos. Pero cada vez con más conciencia de clase de quién es el verdadero culpable y beneficiario de la explotación.
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