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No se trata de pedir perdón en abstracto sino de asumir que la historia, cuando se abre en canal, no distingue entre héroes familiares y verdugos domésticos
Por Lucio Martínez Pereda | 14/05/2026
Alemania ha decidido abrir una base de datos que permitirá a los ciudadanos consultar si sus antepasados participaron en crímenes del régimen nazi.
Es una herramienta digital de búsqueda (a través del periódico Die Zeit) que permite a cualquier persona consultar si sus familiares formaron parte del Partido Nazi (NSDAP) La base recoge los archivos históricos digitalizados del Archivo Nacional de EE.UU. y el Archivo Federal Alemán, que antes solo se podían consultar restringidamente. Tiene millones de fichas de afiliación -4,5 millones en la Zentralkartei y 8,2 millones en la Gaukartei- que cubren a cerca del 90 % de los aproximadamente 10,2 millones de alemanes que se afiliaron al partido entre 1925 y 1945.
Durante décadas, Alemania -condicionada por su aceptación en el concierto democrático europeo post II GM- ha ensayado una pedagogía de la culpa que pese a lo que algunos historiadores consideran, no busca la expiación sentimental, sino la confrontación racional con los hechos. No se trata de pedir perdón en abstracto sino de asumir que la historia, cuando se abre en canal, no distingue entre héroes familiares y verdugos domésticos.
Porque el problema no es descubrir que hubo nazis- eso ya lo sabíamos- sino comprobar hasta qué punto lo extraordinario fue, en realidad, banal. Que el horror no siempre llevaba uniforme ni pronunciaba discursos racistas , sino que podía convivir con la respetabilidad vecinal y el saludo educado
En España, donde la memoria resultante del conocimiento histórico sigue siendo un campo de batalla semántico -“reabrir heridas”, dicen unos; “hacer justicia”, decimos otros-, iniciativas como esta resultan casi inconcebibles. Aquí, el archivo no se abre: se discute su existencia. Se relativiza, se pospone, se encapsula en debates parlamentarios que convierten la historia en una cuestión de oportunidad política.
Alemania ha entendido que la memoria no es un ejercicio de nostalgia ni un instrumento de propaganda, sino una forma de conocimiento. Saber quiénes fueron nuestros antepasados no nos condena, tampoco nos absuelve. Simplemente nos sitúa en una tradición que no se eligió pero que podemos -si lo queremos- conocer.
La historia no puede ser un mandato, algo que se imponga de arriba abajo. Es un instrumento de conocimiento científico como otro cualquiera y tiene que estar a disposición de la gente sin ninguna limitación. Voy a decir algo que para la izquierda puede resultar provocador: la Historia tiene que ser otro producto más, como el que pueda haber en cualquier supermercado y quien quiera lo compra y quien no, no. Pero claro hay un problema: la Historia es un producto que habla de otros productos
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