El árbol armenio, las raíces de un genocidio olvidado

‘El árbol armenio’ es una novela que devoras con la garganta seca del polvo del desierto, con la piel llena de heridas mal cicatrizadas, con el corazón devastado por un torrente de lágrimas vertidas ante un drama, el del genocidio armenio de hace cien años.

Por Angelo Nero | 27/01/2026

“Cayeron como flores secas, como estrellas fugaces, como cenizas, invocando a un dios que les había dado la espalda, cerrando los ojos como ese mundo que seguía tomando café en las terrazas, bañándose en las playas, llevando a los niños al colegio, tal vez como ahora mismo, cuando siguen cayendo a millares los gazatíes ¿Qué futuro tiene un mundo que repite una y otra vez el pasado, indiferente ante el exterminio de pueblos, comunidades religiosas o grupos políticos?.”

Vuelvo a hacerme esta pregunta, que me surgió cuando, en el verano de 2018, subía a la colina donde esta el Tsiternakaberd, el Memorial del Genocidio Armenio, en las afueras de Ereván, que recuerda a los dos millones de armenios asesinados por orden del gobierno turco, entre 1915 y 1918, cuando acabo de leer el estupendo libro escrito por G.H. Guarch, “El árbol armenio”, editado por Almuzara.

El escenario ya es conocido. Mientras se desmorona el imperio otomano, un inmenso crisol de etnias, pueblos y cultural pugnan por ser reconocidas, el gobierno de los Jöntürkler, los Jóvenes Turcos, planifica y pone el práctica el exterminio de la población griega, armenia y asiria. Este es el punto de partida de la novela histórica del escritor catalán, que arranca con el descubrimiento de unos viejos documentos familiares por parte del historiador Darón Nakhundian, de origen turco-armenio, a partir de los cuales el protagonista va reconstruyendo, como si fuese un enorme rompecabezas, la historia contemporánea del pueblo armenio, a través de su propia memoria familiar. Con un ritmo casi cinematográfico y una narrativa deslumbrante, Guarch, va dibujando un amplio fresco de una sociedad y de una época convulsa, mientras disecciona las emociones de una amplia galería de protagonistas, pertenecientes a tres ramas, los Aramian, los Nakhundian y los Cassabian, a los que el destino junta y separa en un drama que azota no solo a estas familias, sino a todo el Cáucaso, y cuyas consecuencias todavía son latentes en la actualidad.

“El árbol armenio” es una novela que devoras con la garganta seca del polvo del desierto, con la piel llena de heridas mal cicatrizadas, con el corazón devastado por un torrente de lágrimas vertidas ante un drama, el del genocidio armenio de hace cien años, que es demasiado parecido al genocidio que, actualmente, sufre el pueblo palestino. Porque es imposible no asociar uno y otro, los desplazamientos forzosos, la utilización del hambre como arma de guerra, la eliminación del legado cultural, el asesinato masivo de población civil, especialmente de mujeres y niños. Cómo no ponerse en la piel de las hermanas Alik y Marie, y de su madre Asadui, que escriben otro doloroso capítulo de la guerra contra las mujeres, y sentir un persistente malestar en el estómago cuando vas digiriendo cada una de las palabras en las que se relatan sus vidas, sabiendo que, ahora mismo, en Gaza, se escriben historias semejantes.

El árbol genealógico que ilustra las primeras páginas del libro ayuda a no perderse en este laberinto familiar, en la que los personajes aparecen, sufren, desaparecen y (en algunos casos) vuelven a aparecer, se enamoran o sufren cautiverio, alcanzan el exilio o son asesinados, olvidan sus raíces o las recuperan. En el libro acompañaremos a Darón Nakhundian en la busca no solo de sus raíces, sino de todas las ramas de este árbol armenio, y de las historias que, tras una exhaustiva investigación, en la que tendrá que recorrer distintos lugares del mundo, y distintas épocas, completaran su propia memoria. Una memoria familiar que se hace memoria colectiva, y que nos hace recordar a todos el terrible destino del pueblo armenio, cuyo penúltimo capítulo se ha dado hace tan solo dos años, cuando el ejército azerbaiyano (con la ayuda de sus hermanos turcos), invadió Nagorno Karabakh y cometió una limpieza étnica con la población armenia que habitaba la República de Artsakh.

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