Donde habita la madre

Nunca fue tan fácil borrar a las mujeres del lenguaje y, al mismo tiempo, disponer de sus cuerpos. Para la prostitución, para la pornografía, para la explotación reproductiva, para la extracción de óvulos, para la compra de leche materna.

Por Teresa Domínguez | 3/05/2026

La ciencia lleva años estudiando el microquimerismo, ese fenómeno por el que células de la madre pasan al cuerpo de sus hijas e hijos durante el embarazo y pueden permanecer allí durante décadas, incluso en el cerebro y en el corazón. Y también ocurre al revés: células de quienes gestamos habitan en nosotras mucho después del parto. La biología, que no entiende de consignas, conserva ese rastro invisible. Una forma de memoria viva. Una certeza material de que el vínculo no se rompe del todo nunca.

Se diluye a la mujer en el discurso mientras se la intensifica como recurso

Y sin embargo, hay palabras que, cuando se pierden, no dejan solo un hueco en el diccionario: dejan un vacío en la realidad. “Mujer” es una de ellas. Y “madre”, quizá sea otra de las más erosionada en este tiempo extraño en el que nombrar lo evidente empieza a incomodar.

Vivimos una época que presume de avances espectaculares mientras desmantela lo básico. Una época que sustituye a las mujeres por perífrasis clínicas —“cuerpos gestantes”, “cuerpos lactantes”, “personas menstruantes”— como si el lenguaje pudiera amputar la historia, la experiencia y la materialidad de la vida de millones de mujeres. Como si nombrarnos fuera prescindible. Como si el sexo no importara, salvo cuando se explota.

Porque esa es la paradoja obscena de nuestro tiempo: se diluye a la mujer en el discurso mientras se la intensifica como recurso. Nunca fue tan fácil borrar a las mujeres del lenguaje y, al mismo tiempo, disponer de sus cuerpos. Para la prostitución, para la pornografía, para la explotación reproductiva, para la extracción de óvulos, para la compra de leche materna. La vieja lógica patriarcal, apenas maquillada, sigue intacta.

Y en medio de ese ruido —teórico, político, mediático— hay una figura que se intenta desdibujar con especial insistencia: la madre. La madre ya no es nombrada sin cautelas. Se la corrige, se la neutraliza, se la convierte en función sin sujeto. Se evita la palabra, como si al pronunciarla se invocara algo incómodo, “progenitor gestante”, “gestante subrogada”.… Y sin embargo, no hay nada más radicalmente real que una madre.

Conviene decirlo con claridad, sin excluir ni diluir: madre es también quien adopta, quien cuida, quien elige sostener una vida que no gestó y la hace suya con la misma entrega. La maternidad no es un único camino. Pero tampoco es una abstracción intercambiable. Y hay una verdad material que no admite rodeos: sin la realidad biológica de las mujeres, sin su capacidad de gestar y parir, la vida humana sencillamente no sería posible.

Ser madre —en cualquiera de sus formas— no es una categoría intercambiable. Es una experiencia encarnada, atravesada por el cuerpo o por el vínculo, por el tiempo, por la responsabilidad y por el amor. Es sostener, alimentar, cuidar. Es también resistir. Es una relación que no admite eufemismos que la vacíen.

Por eso duele este intento de borrado. Porque no es solo semántico. Es político. Ya está ocurriendo. En España, organizaciones de mujeres han denunciado que el Ministerio de Trabajo está introduciendo categorías identitarias en ámbitos donde el sexo es determinante, como la prevención de riesgos laborales, generando indeterminación, inseguridad jurídica y debilitando la protección específica de las trabajadoras. Incluso el lenguaje legal empieza a borrar a las mujeres embarazadas bajo fórmulas neutras como “persona trabajadora embarazada”, como si nombrarlas con precisión fuera prescindible.

Es material. Cuando se diluye a la madre, se diluye el proceso biológico, se diluye la experiencia, también la protección específica que necesita. Se invisibilizan sus riesgos, sus cargas, sus derechos. Se desarma la posibilidad de nombrar la desigualdad real que atraviesa la maternidad en un mundo que sigue exigiendo a las mujeres sin reconocerlas.

A pesar de ello, hay algo que resiste a todo eso. En estos días —como le ocurre a tantas personas en silencio— una aprende a medir el tiempo de otra manera. En viajes inesperados, llamadas que se alargan más de lo habitual. En visitas que ya no se posponen. En esa atención nueva, casi reverencial, los cuidados, hacia los gestos pequeños: una palabra, una pausa, una mirada, los recuerdos. Entonces todo se recoloca.

No hay teoría que compita con la fragilidad de una madre cuando su salud se vuelve incierta. No hay discurso que sostenga el peso de lo que una madre ha sido en la vida de alguien. Y es ahí, en ese borde íntimo donde lo público y lo personal se encuentran, donde se revela con más claridad lo que estamos dispuestas a perder cuando dejamos de nombrarlas.

Porque la madre no es un concepto. Es el origen, es la memoria viva, es la primera certeza. En vísperas del Día de la Madre, cuando el calendario empuja a la celebración ligera, conviene detenerse en lo esencial. Conviene pararse a nombrar. Defender la realidad y reconocer. Y también, quizás, sostener. Sostener a quienes nos sostuvieron.

Con una lucidez que no necesita proclamas, pero sí toda la sinceridad del mundo. Porque hay realidades que no pueden sustituirse sin que se rompa algo más profundo. La madre es una de ellas. Nombrarla, incluso en voz baja, sigue siendo un acto de justicia. Y de amor. Por todo ello y por muchas razones más, sigo resistiendo todo lo que convierte a las mujeres en algo disponible, en algo intercambiable, en algo que se pretende borrar.

Al final, lo que la ciencia describe como un intercambio celular es también una forma de permanencia. La prueba de que nunca estamos solas: las células de quienes nos dieron la vida —y de quienes trajimos a ella— siguen ahí, habitándonos. Nombrar a la madre es, entonces, hacer justicia a esa memoria biológica que nos constituye. Porque, contra todo intento de borrado, ese vínculo no es un concepto: es una certeza viva que se niega a desaparecer.

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