¡Cuidado, cuidado!


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Por María José Robles Pérez

“Yo no soy racista, pero lo que no puede ser es esta avalancha de inmigrantes que están quitándole puestos de trabajo a mucha gente”, decía con gran entusiasmo una votante de ese grupo que montados a caballo vinieron a recordarnos que el fascismo nunca desapareció de nuestras instituciones. Y el galope de esos caballos se ha quedado resonando por las calles como un eco. Lo curioso, es que si luego alguien le hubiera pedido a esta persona que nombrara a un solo inmigrante que le haya quitado el trabajo a un conocido suyo, probablemente aún estaría pensando que responder. O tal vez hubiera soltado, simplemente, un ¡Arriba España!

No sería la primera vez.

Y es que el recurso más utilizado, desde los comienzos de los tiempos es, precisamente, ese, atacar al que menos tiene, ir contra el que no puede defenderse, pintarlo como un enemigo, crear crispación entre hermanos de trinchera, remover el odio, asesinar la fraternidad disparando a bocajarro. El enfrentamiento del pueblo contra el pueblo. El arma más utilizada y que, parece ser, sigue funcionando. Y lo preocupante no es que intenten utilizar esa arma, como digo, es vieja. Lo sorprendente es que siga funcionando. Ya saben, el divide et impera.

Resulta sorprendente y doloroso, sobre todo doloroso, ver a tanta gente preocupada por la llegada de inmigrantes a tierras que, según dicen, no son de esos extranjeros. Doloroso, porque resulta que no les preocupa el hambre por el que está pasando esas personas, doloroso porque no les preocupa que se hayan quedado sin un hogar, sin un techo donde vivir, doloroso porque no les preocupa que haya miles y miles de niños que se estén quedando sin familia y sin ninguna oportunidad de tener una vida digna, doloroso porque no les preocupa que las guerras que provocan “nuestros” líderes estén llevando a la muerte a tantas personas que son inocentes. Doloroso y desgarrador.

Me dirijo a ti, votante de la derecha que, bajo cuatro siglas distintas, pero votante del fascismo y la derecha, al fin y al cabo, intentas justificar lo que haces. A ti, votante de la derecha que repites una y otra vez esa frase que has escuchado “¡Cuidado, cuidado con los inmigrantes!” A ti que echas una papeleta en la urna solo porque has visto ondear la bandera roja-amarilla-roja y has escuchado el canto de ¡España!, sin más. A ti, que dices “cuidado” porque te preocupa que una persona que no tiene nada, pida una oportunidad. Y en cambio, ¿cómo no te preocupa que el político al que votas nos esté robando cada día? ¿Cómo no te importa las reformas que esos mismos están llevando a la práctica en lo laboral, en la sanidad o en la educación, que está dejando situaciones tan precarias que ni siquiera tú mismo estás siendo consciente de que esa situación precaria también es para ti? ¿Cómo no puede preocuparte esas reformas que está haciendo que la gente no pueda acceder a unos tratamientos y medicinas que les pertenecen, reformas que están haciendo que la educación solo sea para aquellos que se lo pueda permitir gracias al contenido de sus billeteras? ¿Cómo es posible que no te preocupe que las multinacionales se hagan ricas a costa de explotar al que menos tiene, donde curiosamente te encuentras incluso tú mismo? ¿Cómo no puede preocuparte que el mundo y las decisiones importantes que nos afectan a todos estén en manos de un grupo de personas que son los líderes porque tienen los bolsillos llenos? ¿Cómo es eso que no te importa que una institución llamada Iglesia derroche el dinero en lujos innecesarios y dominen con sus garras cada centímetro de nuestras vidas? ¿Y no te preocupa, ese que también viene de familia extranjera y lleva en su cabeza una corona, ese que vive como un rey, y al que no le va a faltar nunca de nada? Ay, tu España…

Claro que no, no te tienes que preocupar por nada de eso.

Preocúpate mejor por Anjum que con 14 años ha cruzado el mar con decenas de desconocidos para pasear cada noche por las calles de tu ciudad en busca de algún coche que pare, esperando con sus temblorosas piernas que el conductor le diga que se monte, mirando con miedo esos ojos que la persiguen a todas partes vigilando que no se escape. Sí, cuidado con ella…

Cuidado también con Said, que a sus 28 años trabaja más de 14 horas al día recogiendo fresas para no ganar más de 1.50 euros la hora. Said, que espera ahorrar lo suficiente para traer a su familia a la que dejó a muchos kilómetros hace ya mucho tiempo. Sí, cuidado con Said…

Vigila a Abdullah Kurdi, que al bajarse de la patera en la que se vio obligado a viajar, “sano y salvo”, decidió volverse a su país que se encuentra en guerra. ¿Por qué? Porque para él no tiene ningún sentido haber llegado “sano y salvo” a ninguna tierra si su familia se quedó en el mar. Cuidado con su esposa Rehan que se sujetó con todas sus fuerzas al filo de la embarcación hasta que ya no le quedaron fuerzas. Cuidado con su pequeño hijo Galip, que minutos antes de que una corriente de agua se lo llevara, miraba al cielo ansioso por encontrar un pajarito que trajera en su boca la ramita de la paz, como aquel cuento que le contaba papá donde había un señor que construyó un arca enorme. Cuidado también con su otro hijo Aylan, cuyo cuerpo de tres años apareció en una orilla una mañana de septiembre. Sí, mucho cuidado con ellos…

Cuidado con la peligrosa Baigui, que lleva a su bebé de 9 meses agarrado a su pecho mientras deambula de mesa en mesa con una bandeja sobre su cabeza, cargada de pulseras y collares que ella misma cose cada noche para que alguien se los compre. Sí, cuidado…

Escóndete de Rand, que nunca más podrá tocar su violín tan bien como lo hacía porque se hundió bajo el mar junto a sus notas musicales. Y de su hermana Gilnar, cuyos ojos se clavaron en los de su madre Maisaa que gritaba desesperadamente porque perdía a lo que más quería en esta vida. Sí, cuidado con ellas…

Ten miedo del niño que cosió sus notas bajo su chaqueta porque creyó que eso le daba alguna garantía de poder estudiar tanto como le gustaba. Sus notas, que fueron encontradas mojadas y casi ilegibles, en el fondo del mar. Su cuerpo, que aún no ha sido reclamado por nadie. Su nombre, que aún no se sabe. Sí, cuidado con él…

Asústate de Amira, que con sus seis años mira desde el puesto deambulante de sus padres, cada día, como los chicos y chicas de su edad pasean contentos con sus mochilas a la espalda para ir al colegio que –al parecer- ella no puede ir. Cuidado con Amira…

Tiembla ante la madre de Asqhian, que espera reunir el dinero suficiente para traer a su hijo aquí con ella. Su hijo, que murió con solo seis meses porque unas bombas cayeron sobre su casa y lo redujo todo a escombros y polvo. Ella, que aún no lo sabe. Sí, cuidado con esa madre…

Huye de Óscar, que cruzó el río a pie junto a su esposa Tania y su pequeña niña de dos años llamada Valeria. Óscar y su hija que aparecieron ahogados. Valeria, que aún no se había soltado del cuello de su padre. Tania, que se volvió a casa sola. Sí, cuidado con ellos…

Preocúpate por lo que pueda hacerte Raúl, que con solo cinco años se agarra a unos fríos barrotes viendo como su madre es empujada hacía no sabe dónde, quedándose él ahí solo junto con decenas de niños a los que no conoce de nada, que lloran de hambre, que lloran de miedo.

Vigila a Badra, que aún tiene puesto los mismos zapatos que trajo el día que llegó a esta tierra, esta tierra a la que tú llamas tuya pero que ella siembra con sus manos. Vigila a Badra que con su cabeza agachada y su mano abierta pide que alguien le dé una limosna. Badra, que creyó que aquí había alguna oportunidad para ella. Sí, cuidado…

Ten miedo del chico adolescente que murió congelado en un camión a 25 grados bajo cero, él que creía que ese camión lo llevaba a un lugar llamado esperanza. Miedo de los otros 38 cadáveres que aparecieron junto a él. Sí, cuidado…

Asústate por Hana y su familia, que llevan ya más de un año acampados tras una valla donde hay un cartel que pone “Frontera”, bajo el frío de la lluvia, bajo el viento, con cientos de desconocidos más a los que ya no les queda nada salvo ellos mismos. Sí, cuídate de ellos…

¡Cuidado, cuidado, cuidado!

Desgarrador, verte hablar contra ellos, es desgarrador.

Los datos son más alarmantes aun cuando una se para pensar en cuan curioso es esto de odiar al inmigrante. Porque cuando resulta que ese extranjero viene de otra tierra con los bolsillos llenos de dinero, parece que la inmigración ya no te molesta tanto. Claro que no. Y es que esas políticas de derechas y fascistas a las que votas, no quieren que odies al inmigrante. Quiere que odies al que menos tiene. Quiere que destruyas al que menos tiene. Quiere que odies al de tu lado. Quieren que tú cojas la pistola y aprietes el gatillo y, encima, lo justifiques y te sientas orgulloso de ello. Quieren que te vuelvas ciego y sordo y no veas lo verdaderamente importante. Y tú, le sigues el juego. Le sigues el juego y levantas bien alto la bandera con la que intentas tapar tantas cosas que están pasando.

No. Hana no ha venido a quitarte el trabajo. Ni Badra. Ni Raúl. Ni la madre de Asqhian. Ni Amira. Ni Óscar o su niña Valeria, ni su esposa Tania. Tampoco Rand ni su hermana Gilnar o su madre Maisaa. Ni Adbullah, ni su esposa Rehan o sus pequeños Galip y Aylan. Ni Said. Ni Anjum.

El trabajo no te lo quita el inmigrante.

El trabajo te lo quita tus ganas de no hacer nada. Tus ganas de quedarte sentado en casa mirando cegado las imágenes escogidas que la televisión tiene para ti. El trabajo te lo quita esos fascistas que salen ondeando la bandera cada vez que quieren tapar lo que de verdad debería preocuparte. Te lo quita ese grito que pegas diciendo ¡Arriba España!, mientras dejas que la sanidad pública se desmorone, mientras miras a otro lado viendo como los mayores se quedan sin sus pensiones, como tú también te quedarás sin pensión, mientras ignoras que cada vez es más difícil acceder a unos estudios porque precisamente les conviene mantener a una sociedad ignorante, mientras das palmas soltando los mismos discursos que te han comido la cabeza cuando ni siquiera te has molestado en pensar por ti mismo y reflexionar sobre lo que está ocurriendo. El trabajo te lo quita tu indiferencia ante lo que ocurre a tu alrededor. El trabajo te lo quita ese gesto que haces cada vez subes el brazo en alto y piensas que las políticas fascistas y de derechas es una solución.

Cuidado, cuidado cuidado…

Sí, cuidado con tu discurso aprendido de odio hacia el otro.

Cuidado con tu ceguera y sordera a voluntad.

Cuidado con tu falta de empatía.

Cuidado con tu frío corazón.

Cuidado con tu falta de humanidad.

 

 

 


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