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En la novela, la violencia no es azarosa: es un sistema diseñado por hombres. Los talibanes deciden cómo deben vestirse las mujeres, si pueden estudiar, trabajar, caminar solas, aparecer en la calle.
Por Isabel Durán Báez | 25/02/2026
Volví a leer Las golondrinas de Kabul veinte años después y comprendí algo que entonces se me escapaba: no estaba leyendo una novela sobre Afganistán, sino sobre el poder de los hombres armados y legitimados por instituciones políticas y religiosas para decidir sobre la vida de las mujeres.
Lo más inquietante no es solo la violencia en Kabul: es la facilidad con la que el mundo observa esta opresión como si fuera inevitable, mientras reproduce sus formas bajo distintos nombres y geografías.
Yasmina Khadra (seudónimo del argelino Mohammed Moulessehoul) escribió sobre mujeres silenciadas en un mundo donde los hombres tienen derecho a controlar cuerpos, deseos y destinos. Que un hombre tuviera que esconderse tras un nombre femenino para poder expresar libremente esa denuncia subraya la brutal paradoja: las mujeres reales siguen sin poder existir plenamente, ni siquiera en su propio nombre.
Kabul como laboratorio del poder masculino
En la novela, la violencia no es azarosa: es un sistema diseñado por hombres. Los talibanes deciden cómo deben vestirse las mujeres, si pueden estudiar, trabajar, caminar solas, aparecer en la calle. Cada restricción tiene un objetivo político: mostrar quién manda.
Esta dominación no es un accidente ni una “tradición cultural”: es estrategia de gobierno. Y lo que Khadra describe no se limita a Afganistán: es un manual sobre cómo los hombres consolidan poder sobre las mujeres en todo el mundo, legitimados por leyes, religiones e instituciones cómplices.
La responsabilidad masculina
Uno de los aciertos más importantes de la novela es cómo nombra a los responsables: no son monstruos excepcionales, sino hombres ordinarios. Funcionarios, vecinos, maridos, creyentes: todos los hombres que justifican castigos, aplican órdenes o guardan silencio sostienen la opresión.
La violencia se vuelve cotidiana cuando los hombres dejan de sentirse responsables. La sumisión de las mujeres no surge por fanatismo cultural: se construye por la obediencia masculina, por la complicidad social, por el consentimiento silencioso de quienes se benefician del sistema.
El miedo como herramienta
Cuando leí el libro por primera vez, me sorprendía la aparente resignación de las protagonistas. Hoy entiendo: el miedo sostenido destruye la imaginación de la libertad.
Cuando la violencia es pública y ejemplarizante, la obediencia deja de ser elección y se convierte en instinto de supervivencia.
Kabul no es una excepción; es un espejo: donde los hombres ejercen control y las instituciones lo legitiman, la opresión se naturaliza.
Veinte años después
Hoy ya no veo la novela como la historia trágica de un lugar remoto. La veo como un aviso: los mecanismos del poder masculino se repiten en distintas latitudes y formas. Líderes que convierten la moral en herramienta de control, instituciones que avalan desigualdades, hombres que callan y obedecen: estos son los responsables de que las golondrinas sigan desapareciendo.
Nombrar a los culpables es el primer paso para romper el ciclo. Y la responsabilidad no puede recaer solo en quienes sufren la opresión: los hombres que sostienen, toleran o legitiman el control deben responder.
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