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Su narrativa está marcada por un realismo directo, un lenguaje sin eufemismos y un profundo interés por las zonas ocultas de la experiencia humana.
Por Isabel Ginés | 17/08/2025
Llevo un año trabajando en mi tesis doctoral dedicada a Concha Alós, y no ha habido un solo día en el que no me haya sorprendido su lucidez, su valentía y la vigencia de sus textos. Investigarla ha sido mucho más que un ejercicio académico: ha sido un diálogo constante con una autora que rompió silencios y pagó el precio de hacerlo. Cuanto más la leo y más descubro de su trayectoria, más claro tengo que sus obras deben reeditarse y volver a ocupar un lugar central en nuestra memoria literaria.
Para quien quiera acercarse a su vida y su obra, la biografía escrita por Amparo Ayora es una lectura imprescindible. No se limita a enumerar datos, sino que traza el retrato de una mujer compleja, que vivió en tensión entre el contexto histórico que le tocó y la libertad que exigía para sí misma y para su literatura. Ayora combina rigor documental con una sensibilidad especial para captar los matices de una personalidad que no se dejó domesticar.
Concha Alós Domingo nació en Valencia en 1926, aunque pasó su infancia en Castellón de la Plana. Su juventud estuvo atravesada por los años de la Guerra Civil y la posguerra, lo que marcó su sensibilidad y su visión crítica del mundo. Se formó como maestra y comenzó a ejercer en pueblos pequeños, pero la docencia nunca fue su único horizonte. Muy pronto empezó a escribir, primero cuentos y relatos, y después novelas. También empezó a escribir en revistas y periódicos, una impronta que puedes ver en las hemerotecas.
Se trasladó a Barcelona, ciudad que sería decisiva para su carrera literaria. Allí se integró en el ambiente cultural de la época, colaboró en prensa, se relacionó con otros escritores y empezó a publicar con regularidad. También trabajó como traductora, sobre todo del catalán, y apoyó a autores que entonces estaban dando sus primeros pasos, como Baltasar Porcel, con quien mantuvo una relación personal y literaria.
Ganadora del Premio Planeta con la obra novela El sol y las bestias, aunque tuvo que renunciar a él por estar vinculada contractualmente a otra editorial, un episodio poco común que habla de su complicada relación con el mundo editorial.
Dos años después, en 1964, obtuvo nuevamente el Premio Planeta con Las hogueras, y esta vez sí pudo recibirlo. La novela, ambientada en un entorno urbano y asfixiante, indaga en el deseo, la represión y las tensiones morales bajo el franquismo. Fue un éxito de crítica y ventas, y consolidó a Alós como una autora de primera línea.
A lo largo de su trayectoria publicó títulos como Los cien pájaros (1963), El caballo rojo (1966), La madama (1969), Rey de Gatos (1972), Os habla Electra (1975), Argeo ha muerto, supongo (1982) y El asesino de los sueños (1986). Su narrativa está marcada por un realismo directo, un lenguaje sin eufemismos y un profundo interés por las zonas ocultas de la experiencia humana.
En sus novelas aparecen mujeres que desafían los roles impuestos, hombres atrapados en sus propias contradicciones, comunidades cerradas que vigilan y castigan cualquier diferencia. Abordó temas que el franquismo prefería ignorar: sexualidad femenina, prostitución, homosexualidad, desigualdad de clases, violencia doméstica, corrupción institucional. Todo ello con una mirada que no juzga desde fuera, sino que se mete en la piel de los personajes.
Su estilo combina frases claras, diálogos realistas y descripciones que condensan atmósferas enteras en unos pocos trazos. Tiene la capacidad de transmitir sensaciones físicas, un olor, un calor sofocante, la tensión de una mirada, para que el lector sienta que está dentro de la escena.
Como tantas escritoras de su tiempo, sufrió la censura. Algunos pasajes de sus novelas fueron modificados o suprimidos, y parte de sus artículos periodísticos no llegaron a publicarse en la forma en que los escribió. Aun así, su obra circuló y tuvo un público fiel durante los años sesenta y setenta.
Sin embargo, a partir de los años ochenta su nombre comenzó a desvanecerse del panorama literario. Las reediciones se interrumpieron, las librerías dejaron de tener sus títulos, y hoy muchas de sus novelas solo pueden encontrarse en librerías de segunda mano o bibliotecas.
Reeditar a Concha Alós no es un ejercicio nostálgico, sino una necesidad cultural. Sus novelas ofrecen una visión de la España franquista que complementa y a veces contradice la versión oficial. Son textos que hablan de libertad, deseo, dignidad y resistencia, con un realismo que sigue resultando incómodo y actual.
Además, recuperar su obra es reconocer el lugar que le corresponde en el canon literario. No puede ser que autoras que ganaron el Premio Planeta dos veces, que exploraron territorios narrativos inéditos en su época, y que dejaron una obra sólida y coherente, sigan siendo invisibles para la mayoría de lectores.
Concha Alós murió en Barcelona en 2011, lejos del ruido mediático, pero su literatura permanece como un territorio fértil para quienes quieran adentrarse en ella. Leerla hoy es encontrarse con un espejo incómodo, que refleja tanto el pasado como las tensiones que siguen latentes.
Porque Concha Alós no es una autora olvidada por falta de valor literario, sino por una combinación de censura, prejuicios y desinterés editorial. Y eso es algo que, como lectores y como sociedad, podemos y debemos corregir.
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