Novecento, diagnóstico y autopsia del fascismo

Por José Aurelio Atenza

El pasado 8 de octubre, el partido político del espectro más a la derecha de la política española, acaparaba todos los titulares tras haber llenado el Palacio de Vistalegre (un edificio multiusos que alberga desde convenciones de todo tipo, hasta partidos de baloncesto) con nada menos que diez mil personas de aforo, y otras aproximadamente otras tres mil en las puertas. Una semana después, la sombra de la noticia sigue en el inconsciente colectivo más allá de la prensa, para algunos como un rayo de esperanza y regeneración, para otros como un metafórico Aníbal a las puertas del Congreso.

Parte de la culpa, la sorpresa y la agitación que han permitido esta situación, ha sido claramente culpa de medios de comunicación, al poner en el foco mediático a un partido que en las últimas elecciones sólo consiguió convencer con sus propuestas al 0’20% de los votantes españoles (no de toda la población). Sin embargo este artículo está muy lejos de hacer propaganda a un partido minoritario y excluyente; este artículo, una vez más, trata de cine.

“Novecento” es una película italiana de 1976 dirigida por Bernardo Bertolucci y protagonizada por Robert de Niro y Gerard Depardieu, además otros grandes actores de un riquísimo elenco como Donald Shuterland, o Burt Lancaster y la banda sonora de Ennio Morricone (autor entre otras de la célebre banda sonora de El Padrino). El film, recorre durante 5 horas divididas en dos partes la historia del siglo XX, de ahí su nombre, dado que en Italia los últimos setecientos años se refieren con el numeral y la palabra “cento”. La película narra la historia de dos niños nacidos el mismo día, uno en una familia acomodada y otro el hijo de una madre soltera que trabaja junto a toda su familia y muchas otras, a escasos metros del lujo de sus señores.

La película avanza lentamente llenándose de detalles, de guiños a la historia, a autores y pensadores clásicos, haciendo en momentos decisivos estructuras que recuerdan a la obra de García Márquez como un realismo mágico en sí mismo, y llega a su apogeo con el final. Mientras, en el plano argumental, Olmo y Alfredo, nuestros protagonistas, se conocen, se pelean, se hacen amigos, se hacen llamar “socialistas de pies descalzos”, conocen a las mujeres que no serán un amor en su vida y a las que sí lo serán, sufren las muertes naturales de familiares cercanos, y disfrutan de la juventud.

Mientras tanto, nace el fascismo tal y como lo conocemos hoy, no el nazismo como el exponente total, sino el fascismo italiano. La sombra de Mussolini recorre gran parte de la película sin que se nombre jamás. Surge como una reacción a las mayores organizaciones obreras del siglo y a una época en la que los atentados no respondían al nombre de “terroristas”, sino al de anarquistas. Un 28 de marzo de 1921, los camisas negras realizan su primer desfile, un año después, 25.000 de estos civiles paramilitarizados llevan a cabo la Marcha de Roma. Todo ello separa el destino de los amigos.

Alfredo Berlinghieri, sucesor de la hacienda y la fortuna familiar, se libra de la guerra, mientras Olmo vuelve de la I Guerra Mundial como un héroe para el resto de habitantes de su comunidad. Los obreros y campesinos de la finca, no han visto mejorar su vida con la guerra, al contrario, con ella sólo han llegado más beneficios para su patrón y más castigos para ellos si no rendían a un ritmo mayor para suplantar a los enviados al frente.

Alfredo, tras muchos años conoce a su tío, del que su familia le había alejado por “excéntrico”, “vago”, “bohemio” y de “dudosas compañías”, para que no decirle que era un homosexual huido del pequeño y entrometido entorno del mundo rural. Durante este tiempo, conoce a la que será su mujer, Ada, una vanguardista en todos sus aspectos al más puro estilo Dalí, que le descubrirá todo un mundo alienante y nuevo en el que él cumplirá el manido sueño de “ser uno mismo” más allá de su familia y sus responsabilidades.

Olmo, mientras tanto, sufre los abusos de un capataz al que el padre de Alfredo posicionó para dirigir a los trabajadores de la finca, un camisa negra cuyo única aspiración en la vida es el ascenso social a costa de infundir disciplina y miedo en los campesinos, y proporcionar a la despechada prima de Alfredo un consuelo sexual y amoroso, eso sí, siempre ansiando el poder y sabiéndolo esperar pacientemente. Ya que un único hombre infundiendo terror y forzando a un gran grupo para conseguir el beneplácito de unos pocos poderosos es el esquema clásico del fascismo.

Un partido con 46.781 votos en un país de 45 millones de personas es exactamente ese camisa negra. Llenar el Palacio de Vistalegre no es ni de lejos llenar el Santiago Bernabeu (o el Camp Nou), salones y eventos que van desde el manga hasta la automoción lo han llenado con gente de todos los lugares de España múltiples veces (estos, sin que una organización poco transparente les flete buses y no les cobre por el viaje). Muy pocas personas de las nacidas entre las últimas tres décadas del siglo XX y las primeras del siglo XXI ignorarían un discurso racista, o en una defensa a ultranza de el militarismo o la prohibición del aborto.

Como ya se mencionó antes, Novecento narra la historia de dos niños y su recorrido vital por el siglo XX, pero lo que cuenta es el auge, el contexto y la caída del fascismo, como bien resume en su escena más famosa:

Me hubiera gustado que el artículo tratase sobre otros tantos temas que se pueden extraer de Novecento, como si el cine de culto puede llegar a las clases populares, si es posible un amistad inquebrantable entre adversarios ideológicos, si la cultura debe ser entendida como un factor apartado de la política o si inexorablemente bebe de su calado, etc.

Sin embargo el tema ha sido una comparación de un desarrollo en una obra ficticia (la película de Novecento) y la ficción de una situación que no ha llegado a la realidad (Vox representando una opción política con probabilidades de influir llegar a cargos relevantes). Con todo esto, no digo que se ignore su presencia, ya que de no combatir sus principios en cada conversación con amigos, en cada red social, en cada bar, en los lugares de estudio y de trabajo, todos aquellos a los que la bota de ideología puede aplastarnos la vida, le estaremos dejando al alcance esa patada. Como cualquier enfrentamiento, la clave para salir lo mejor posible es mantener las distancias y golpear en su momento (y de ser posible huir y no volver a ver al agresor en la vida, que ya terminará mal él solo)

El miedo es el factor que convierte a un grupo de idiotas en una organización fascista, todo su ruido es sólo fuego de cobertura, no permitir su avance, y a su vez no precipitarse en la contraofensiva es la única manera de evitar que otro Mussolini llegue a un parlamento de cualquier país. Mientras tanto, una obra de arte de hace medio siglo, puede seguir siendo también un perfecto manual de instrucciones para una tarde de domingo.

 

Cartel promocional de Novecento en 1976

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