![]()
Cada mujer asesinada representa una vida truncada, una familia rota y un fracaso colectivo. La mejor manera de honrar su memoria no es únicamente guardar silencio cuando ya no están.
Por Isabel Durán Báez | 22/07/2026
En apenas unas horas, España ha vuelto a despertar con una sucesión de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. Málaga, Alicante, Toledo… Cambian las ciudades, cambian las circunstancias, pero la raíz del problema permanece intacta. No estamos ante una cadena de sucesos independientes, sino ante una violencia que se repite con una regularidad insoportable.
Cada vez que ocurre un asesinato, la reacción social sigue un guion conocido: minutos de silencio, concentraciones, declaraciones institucionales y mensajes de condena. Son gestos necesarios para honrar a las víctimas y acompañar a sus familias, pero resultan claramente insuficientes. Ningún minuto de silencio puede convertirse en la respuesta principal frente a una violencia que continúa cobrándose vidas. El verdadero compromiso exige actuar antes: educar en relaciones basadas en el respeto, detectar las primeras señales de control, reforzar la protección de las víctimas y asumir que la violencia machista no pertenece al ámbito privado, sino que interpela a toda la sociedad.
Sin embargo, cada nuevo crimen suele analizarse como si hubiera surgido de la nada. Se busca un desencadenante inmediato, cuando la realidad es mucho más compleja. Un asesinato rara vez comienza el día en que una mujer pierde la vida. Antes hubo control, aislamiento, amenazas, humillaciones, miedo o violencia psicológica. El crimen es el desenlace de una escalada que, con demasiada frecuencia, pasa inadvertida o se minimiza.
También resulta preocupante la rapidez con la que la actualidad desplaza estas noticias. Durante unas horas, la indignación ocupa titulares y redes sociales; después llega otro tema y las víctimas desaparecen del debate público. Pero las familias continúan viviendo el duelo, los hijos e hijas siguen afrontando las consecuencias y otras muchas mujeres continúan atrapadas en relaciones violentas. La violencia no desaparece cuando dejan de hablar de ella.
Otro aspecto que merece una profunda reflexión es el lugar donde se pone el foco. Demasiadas veces las preguntas recaen sobre la víctima: por qué no denunció, por qué no se marchó antes o por qué regresó con su agresor. Son interrogantes que, aunque puedan surgir del desconcierto, terminan desviando la atención de lo esencial. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿por qué sigue habiendo hombres que consideran aceptable ejercer violencia cuando sienten que pierden el control sobre una mujer?
Combatir esta violencia exige mucho más que respuestas de emergencia. Requiere una educación que desmonte la idea de que el amor implica posesión, una sociedad que no banalice los comportamientos de control y unas instituciones capaces de intervenir antes de que la violencia alcance su forma más extrema. Esperar al asesinato para reaccionar significa llegar siempre demasiado tarde.
Cada mujer asesinada representa una vida truncada, una familia rota y un fracaso colectivo. La mejor manera de honrar su memoria no es únicamente guardar silencio cuando ya no están. Es construir una sociedad que haga todo lo posible para que ninguna otra mujer tenga que convertirse en la siguiente noticia.
Se el primero en comentar