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La llamada ‘campaña de Navidad’ genera temporalidad, pero a menudo en condiciones precarias: turnos partidos, horarios imprevisibles y dificultades para conciliar. Así, muchas mujeres pasan estas fechas trabajando mientras sostienen el funcionamiento del hogar.
Por Isabel Durán Báez | 15/12/2025
La Navidad continúa presentándose como un tiempo de celebración, reencuentros y abundancia. Sin embargo, detrás del imaginario festivo se esconde una realidad menos luminosa: este periodo acentúa desigualdades estructurales que afectan de manera desproporcionada a las mujeres. Lejos de tratarse de un fenómeno anecdótico, los datos y los patrones sociales muestran que la Navidad es, para muchas, un tiempo de sobrecarga, tensión económica y desigualdad emocional.
La sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados
La llamada “doble jornada” se intensifica durante diciembre. Son las mujeres quienes, en la mayoría de hogares, asumen la organización de comidas familiares, la compra de regalos, la decoración, la planificación de viajes y la carga de la gestión emocional del grupo familiar. La Comisión Europea estima que las mujeres realizan de media dos tercios del trabajo de cuidados no remunerado, y diversos estudios sociológicos muestran que esta cifra aumenta notablemente en épocas festivas. La preparación de eventos navideños implica una cantidad de trabajo invisible que no se reparte de manera equitativa.
Para muchas mujeres, la Navidad no es descanso, sino el mes más exigente del año.
El impacto económico desigual
Diciembre es también uno de los meses de mayor gasto en los hogares. Dado que las mujeres suelen encargarse de las compras navideñas, son ellas quienes soportan la presión de gestionar un presupuesto ajustado, buscar ofertas, planear regalos y garantizar que “todo esté listo”.
A esto se suma la persistente brecha salarial: si las mujeres ganan menos de media, la carga económica de hacer que la Navidad “funcione” se vuelve aún más injusta.
La precariedad y el trabajo estacional
En sectores como comercio, limpieza, hostelería o atención al cliente —donde la presencia femenina es mayoritaria— el periodo navideño se traduce en jornadas largas, estrés laboral y contratos temporales.
La llamada “campaña de Navidad” genera temporalidad, pero a menudo en condiciones precarias: turnos partidos, horarios imprevisibles y dificultades para conciliar. Así, muchas mujeres pasan estas fechas trabajando mientras sostienen el funcionamiento del hogar.
La violencia machista: un riesgo que aumenta
Las fiestas también coinciden con un incremento de situaciones de violencia machista, motivado por un aumento del tiempo de convivencia, el consumo de alcohol, el estrés económico y el cierre de centros educativos o laborales, que a veces, funcionan como espacios de protección.
Las líneas de atención a víctimas suelen registrar picos de llamadas en los días posteriores a reuniones familiares. Para muchas mujeres, volver a casa por Navidad no es una tradición cálida y segura, sino una obligación peligrosa.
La presión emocional “que todo esté bien”
La Navidad exige alegría, unión y armonía. Y son las mujeres quienes suelen encargarse de que ese clima emocional exista. La responsabilidad afectiva —escuchar, mediar, consolar, sostener vínculos— recae mayoritariamente sobre ellas.
La exigencia de sonreír, incluso cuando se sostiene una carga desmedida, añade un componente de desgaste psicológico que rara vez se reconoce públicamente.
¿Qué cambiar para que las fiestas sean realmente igualitarias?
La Navidad no es el origen de estas desigualdades, pero actúa como una lupa que las amplifica. Transformar esta realidad implica:
Repartir equitativamente las tareas domésticas y de cuidados, también, en fechas señaladas.
Visibilizar el trabajo emocional que sostiene la convivencia familiar.
Garantizar mejores condiciones laborales para quienes trabajan en la campaña navideña.
Asegurar recursos de emergencia para víctimas de violencia machista, más aún durante las fiestas.
Impulsar campañas públicas que cuestionen los roles tradicionales que asocian la organización doméstica exclusivamente a las mujeres.
La Navidad puede ser un tiempo de celebración, pero solo si quienes sostienen silenciosamente su funcionamiento dejan de hacerlo en solitario. La igualdad también se juega en el reparto de tareas, cargas y tiempos durante las fiestas. Y reconocerlo es el primer paso hacia unas Navidades más justas para todas.
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