El caballo del polígono

Por Salva Solano | Ilustración de SrPotatus

Suelo correr por la playa, pero no imaginéis el típico paseo marítimo: corro por la arena. Tengo la suerte de vivir cerca de una playa virgen, preciosa, de la que ya os he hablado porque está en el punto de mira de políticos y constructores.

Pero si hace demasiado frío, como hoy, allí suele ser peor, el viento azota más y no hay construcciones que lo frenen, así que en esas ocasiones me acerco a un polígono. El entorno no se puede comparar, pero al menos no hay gente, ni coches. O los mínimos.

Trotando por el polígono semidesierto, paso indefectiblemente por uno de los solares de tierra, uno que tiene una esquina vallada, un cantero en el que alguien ha plantado un caballo blanco.

Los primeros días, al oírme llegar, taptaptaptaptap, solía sobresaltarse. Un humano corriendo hacia mí, ¿qué querrá? Levantaba una rodilla y se alejaba un poco del sitio, a tirones, sin dejar de observarme. Tampoco se alejaba mucho, porque no tiene espacio para correr. Soy muy malo con las mediciones, pero así a ojo, quince por diez. Y una buena parte de ese espacio lo ocupa su alimento, un inexpugnable muro de balas de paja cubierto en su parte superior con una lona de plástico, porque en la parcela no hay ningún tipo de techumbre que proteja del sol o la humedad.

Digo que solía sobresaltarse porque ya hace tiempo que no es así. Aunque sólo voy allí como sucedáneo de la playa, los años han hecho que la excepción se haya dado muchas veces. Tal vez esas fosas nasales del tamaño de tubos de escape le permitan identificar mi olor, o sus prominentes orejas le sirvan para reconocer la cadencia de mi zancada. El caso es que ya no se asusta, se limita a mirarme y yo lo miro también, y me da pena. Seguramente lo antropormifizo, o como se diga, pero juraría que cuando cruzamos las miradas en sus grandes ojos hay nostalgia y un punto de envidia, un deseo de correr, de desahogarse como yo. Incluso hace un tímido intento cuando llego a su altura, pero enseguida se encuentra con la cerca y su carrera ha de truncarse sin haber comenzado.

Me anima y me entristece ver los coches de caballos por el centro del pueblo, el alegre sonido de los cascos contra el asfalto, los animales asustados por esos enormes depredadores de olor nauseabundo

Da unas cabezadas de disgusto en los límites de su presidio. Parece que si pudiera hablar, relincharía un monólogo a la manera de Segismundo: ¿Qué ley, justicia o razón / negar al caballo sabe / privilegio tan suave…?

Sigo corriendo, él queda atrás y pienso en sus antepasados, los caballos salvajes, y en esa noble raza de las que nos habla el joven Werther, que «cuando están enardecidos y agobiados en exceso, se muerden ellos mismos una vena por instinto, para respirar con más libertad», una válvula del impulso vital que les mueve o les movía a correr libres, sin motivo, sin huir ni perseguir nada, por el simple hecho de bombear su corazón de cuatro kilos, trece veces más pesado que el nuestro.

Dejo vagar la mente, que para eso corro, para soltarla, librarla de controles, de imposiciones, corriendo estoy yo solo, las piernas y los pulmones en modo piloto automático, y la cabeza escapa de su alambrada como se escaparía ese caballo si pudiera, como reaccionan los perros que permanecen encerrados todo el día en un piso o en un patio diminuto cuando los sueltan en un solar o en el parque o en la playa; saben que el paseo va a ser breve y corren frenéticos de aquí para allá, midiendo con las almohadillas de sus patas todos y cada uno de los rincones del terreno que les ha sido prestado, corriendo a toda velocidad, no como yo, que hoy llevo un ritmo más tranquilo que otras tardes que parece que corriera para castigarme, para prensar con cada pisada las preocupaciones, o la ansiedad, o los sueños que se alejan conforme te acercas a ellos, igual que la utopía de Galeano, y no hay manera de alcanzarlos; para llegar a casa y estirar y ducharme y caer más tarde muerto en la cama, sin soñar siquiera.

Si no pudiera correr, yo también tendría que abrirme una vena para respirar. Entonces el modo aleatorio del mp3 decide que suene Wings of Destiny, y aprieto los dientes, aumento el ritmo y cabalgo con la manada salvaje, ese tipo de guitarras heavys siempre me han hecho visualizar una manada de caballos al galope o al trote, tacatán, tacatán, tacatán…

Pero esto me hace acordarme del caballo Segismundo, pobre, y el sentimiento se esparce por el suelo y me asquea un condón como la muda de una serpiente junto a un arrugado paquete de tabaco y tres litronas, tres bolos derribados. Y no puedo generar el delicioso crujido póstumo al pisar los pequeños cementerios de hojas porque no hay, es febrero y las moreras están desnudas. La cosa no mejora si miro al frente: las moreras han sido podadas cruelmente, mutiladas, y veo allí alguno de los horribles grabados de Goya.

Más adelante hay un cartón de huevos (¿cómo habrá acabado eso allí?) que no es de cartón, es de plástico. Lo piso a propósito, con un punto de irritación, y cruje, cruje incluso más que las hojas, pero no es lo mismo.

El sentimiento se extiende igual si levanto la mirada. No hay ni una gaviota en la cima de las altísimas farolas, a las que aún les falta una hora para tener que encenderse. En otras épocas del año hay calles donde cada farola tiene su gaviota. A veces me ha ocurrido que al aproximarme corriendo la gaviota ha salido volando a posarse en la siguiente farola, y cuando he llegado allí, ha repetido el vuelo para posarse en la siguiente, y así hemos jugado a la par durante cien metros, yo por abajo, ella por arriba.

Taptaptaptaptap… Vuelvo a comprobar que, tras años en los que todo estaba parado, han empezado a construir de nuevo. En una zona donde hay multitud de casas vacías todo el año, hemos desempolvado las grúas con las que nos ahorcaremos a nosotros mismos. No aprendemos nada.

 

Tras una hora doy por terminado el ejercicio y me dirijo, respirando hondo para recuperar el aliento, al solar del caballo.

Me detengo al otro lado de la valla y me recibe haciendo un sonido con movimiento de belfos; no llega a relinchar, es un bufido, que aquí en Murcia es también estufido, y que por extensión se ha quedado para designar los desplantes verbales. Cuando alguien te contesta mal sin motivo, se dice que te ha soltao un estufío.

Me quito los auriculares para contemplarlo mejor. Es la primera vez que puedo verlo con tranquilidad, normalmente paso por allí corriendo, y cuando termino enfilo por una calle distinta.

Está bien cuidado, aparentemente. No se le ve sucio, aunque por el suelo hay restos de su propio estiércol.

Para beber dispone de una bañera de casa, mediada.

¿Para qué lo tendrán ahí? Luce unas bridas con los colores de la bandera de España. Quizá lo saquen en «las sevillanas». En los pueblos de la zona, acaso por ser comunidades limítrofes (aunque los andaluces no hacen un Bando de la Huerta), se suele celebrar una mala copia de la Feria de Abril, con los mismos ingredientes: sevillanas, mujeres vestidas de flamenca, salve rociera, rebujitos y paseo de caballos (creo que por aquí todavía no los explotamos hasta la muerte, pero dadnos tiempo).

Me anima y me entristece ver los coches de caballos por el centro del pueblo, el alegre sonido de los cascos contra el asfalto, los animales asustados por esos enormes depredadores de olor nauseabundo que pasan a su lado rugiendo o se les acercan mucho a la grupa, impacientes. Si te fijas se les ve el miedo en los ojos muy abiertos, y se les acumula la baba en el bocado, que debe de ser tan molesto, incluso doloroso.

Si no pudiera correr, yo también tendría que abrirme una vena para respirar

Nuestro caballo es un macho blanco, pero tampoco imaginéis un blanco brillante, al estilo de los caballos de los príncipes de los cuentos. Blanco mate, blanco humo, blanco roto.

Por sus largas crines del mismo color, lacias con algunas ondas, serpentean mechas grises. Me recuerda al cabello de esas mujeres mayores que se liberan de la esclavitud de la plancha o la peluquería y se dejan la melena suelta, natural, sin cardados ni tintes.

Los ojos son convexos, como el caparazón de un escarabajo de cristal húmedo, protegidos por unas pestañas muy largas. Y puede que lo esté antropomorfizando, pero siento que ese cristal refleja sentimientos que no difieren mucho de los míos.

 

Me voy, me estoy enfriando. Antes de doblar la calle miro hacia atrás, sin volverme del todo, y la casualidad hace que él se vuelva a la vez a mirarme de espaldas. Me trae a la memoria la cubierta de mi viejo ejemplar de Platero y yo, la postura es idéntica.

El recuerdo de ese libro tan tierno despeja los nubarrones (el ejercicio también ha tenido mucho que ver), y el ánimo termina de aclararse ante la perspectiva de releer algunos fragmentos olvidados, o de escribir esto al llegar a casa. La literatura como refugio, la de otros y la propia.

¿Cómo se las apañará la gente que no lee ni escribe ni corre? Igual les vale con beberse unas litronas en el polígono, echar un polvo en el coche y fumarse después un cigarro, dejando todo perdido.

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