Atlantes

Puede que la cera que va delante alumbre un rato, pero el precio a pagar es a menudo demasiado alto, y su luz dura desesperantemente poco.

Por Antonio Monterrubio | 18/04/2026

La obra de Max Weber La ética protestante y el espíritu del capitalismo estudia el papel histórico y sociológico jugado por ciertas corrientes reformadas en la génesis de la modernidad capitalista. Esto no significa contemplarlas como causas desencadenantes del desarrollo y triunfo del nuevo modo de producción; son un factor ideológico entre otros que contribuyeron a su consolidación. Weber postulaba la existencia de un vínculo que unía ascesis y riqueza, particularmente en medios puritanos, hijos espirituales del calvinismo. Estos emprendedores pioneros iluminados por su fe no asociaban la fortuna con el consumo lujoso, de aparato, aunque sí con una devoción algo irracional al trabajo unida al rigor en las costumbres. «El hombre no era más que el intendente de los bienes que Dios le había confiado, sería como mínimo reprobable gastar una parte de ese dinero en un fin que no fuera la gloria de Dios, sino el placer personal».

Si esto funcionó in illo tempore en sectores sectarios del capitalismo, hoy no queda gran cosa. Las corrientes herederas de aquellas ideas, no contentas con gozar de las ventajas de la opulencia, la usan para publicitar a la par sus credos religiosos y económicos. Uno de los puntales de la ofensiva ideológica de las pujantes iglesias evangélicas es el derecho y el deber de enriquecerse, aun a costa y despecho de los otros. Y, por supuesto, el disfrute del confort y las alegrías que una hacienda apropiada conlleva, en espera del más allá. La doctrina de la predestinación es una magnífica coartada a la vez que un estupendo cebo. El éxito material es el signo de una elección divina que asegura, aquí mismo, un buen paquete de acciones en la gloria eterna. En resumen, el negocio del siglo. Lo mejor de los dos mundos.

Claro que, para los menos afortunados, todo esto tiene sus inconvenientes. En junio de 1863, los periódicos londinenses difundían una trágica noticia. Los titulares rezaban «Muerta por simple exceso de trabajo». Mary Anne Walley, una modistilla de veinte años empleada en el taller de una tal Lady Elisa, proveedora de la real casa, acababa de fallecer tras pasar 26 horas y media junto a otras sesenta jóvenes en una habitación mal ventilada. Había que terminar a toda prisa y con rigurosa perfección los vestidos que un puñado de nobles debían lucir en el baile en honor de la nueva princesa de Gales. A no dudar, Lady Elisa, sus parientes y no pocas de esas damas eran fervientes protestantes, anglicanas o no. Marx comenta en el libro I de El Capital, donde se hace eco de esta historia, que «el nacimiento de la gran industria produjo en el último tercio del siglo XVIII una perturbación violenta que se llevó por delante como una avalancha todas las barreras impuestas por la naturaleza y las costumbres, la edad y el sexo, el día y la noche». En esa época, los propietarios ya se habían convertido en la élite dedicada al consumo ostensible que estudió minuciosamente Torstein Veblen en Teoría de la clase ociosa. La disposición de bienes y capitales crea compulsión a dilapidarlos.

Puede que la cera que va delante alumbre un rato, pero el precio a pagar es a menudo demasiado alto, y su luz dura desesperantemente poco. Lo que reza para individuos y pequeñas comunidades es extensible a colectivos más amplios. Civilizaciones grandes y menores se extinguieron por despilfarrar sus recursos. Naciones súbitamente enriquecidas (mejor dicho, sus clases privilegiadas) vivieron días de esplendor sin pensar en el mañana –véase la España de los tesoros de Indias–. Las hay que no supieron adaptarse a la hora de su declive, y continuaron sintiéndose en la cumbre mientras iban cuesta abajo, y a veces sin frenos. La humanidad en general, y la de los países prósperos en particular, vive por encima de sus posibilidades ecológicas, dirigiéndose con paso apresurado hacia el abismo.

«Poseían abundancia de riquezas como sin duda jamás poseyó linaje real alguno antes que ellos y como en el porvenir nadie llegará fácilmente a poseer». Así habla Platón de los Atlantes en Critias. Su invención del mito de la Atlántida tiene por objeto prevenir a sus conciudadanos de los nocivos efectos de la desmesura en el lujo, el poder y los bienes acumulados. Los desequilibrios provocados por la codicia, la avaricia y el orgullo conducen a una sociedad, pequeña o grande, a su pérdida. El catastrófico final de la legendaria isla es un serio aviso para la Atenas de su época y el mundo de la nuestra.

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