Al traficante de bebés


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Por Puño en alto


Estimado Señor Casado,

Quería contarle un cuento. Érase una vez una mujer de ojos alegres que un día tuvo que desvanecerse de los brazos de su padre para emprender un largo viaje a un lugar lleno de esperanza. La mujer estaba muy ilusionada porque pensaba en todas las cosas maravillosas que le esperaba en ese nuevo lugar hacia donde iba en busca de una oportunidad, de un hogar, en busca de una vida digna. Pero ocho meses después de ese viaje, la mujer ya no tenía los ojos alegres y se convirtió en la mujer de los ojos tristes.

Esa mujer del cuento soy yo, señor Casado, mi nombre es Hashina.

Ocho meses. Ya han pasado ocho meses desde que dos hombres altos y con los brazos muy fuertes, me agarraron para que otro me violase. Han pasado ocho meses, pero lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Nunca podré olvidarlo, nunca podré olvidar como ese mismo hombre que le daba la mano a mi padre y me arrancaba de sus brazos, prometiéndole un buen futuro para mí, terminaba volcando su rabia sobre mi cuerpo.

Ocho meses, señor Casado, ocho meses llevo recorriendo las calles de su ciudad con bolsas llenas de cosas insignificantes, intentando vender un mínimo al día para que ese mismo hombre que me trajo aquí, no me golpee cuando llegue a la casa donde duermo con doce personas más a las que no conozco de nada. Ocho meses sin ver a mi padre y a mi pequeño hermano.

Quería contarle que pronto tendré a mi bebé, aún no sé qué nombre le voy a poner, pero eso no me preocupa. No me da miedo el no saber que nombre le pondré a mi bebé, lo que me da miedo es no ser capaz de darle todo aquello que necesite, me da miedo no tener para darle sus comidas, no poder comprarle pañales, no poder darle ropita o juguetes. Pero, entonces, veo pasear por las calles a muchas mujeres con sus niños y niñas de las manos, y se me viene a la cabeza el dulce recuerdo del suave tacto de las manos de mi madre. Y pienso: a lo mejor no tengo para comprar mucha ropita para mi bebé, a lo mejor no puedo comprarle juguetes, pero podré darle mi mano cada vez que lo necesite y, algún día, también recordará el suave tacto de mi mano sujeta a la suya. Eso es lo que necesito, señor Casado, estar con mi bebé, que alguien me ayude a comprarle ropita y juguetes, nada más, yo con mis manos haré el resto. Eso es lo que necesito, que me ayude a conseguir eso, no que me invite a entregárselo a unas manos desconocidas.

Usted no estuvo en mi pueblo cuando mi madre enfermó y empezó a debilitarse tanto que no podía ni levantarse de la cama. Tampoco estuvo cuando una mañana nos dimos cuenta de que ya no respiraba.

Usted no estuvo en mi casa el día que a mi pequeño hermano se le rompió los únicos zapatos que le quedaban.

Usted no estuvo el día que mi padre se abrazó a mí fingiendo que no lloraba de dolor al saber que su hija se iba a muchos kilómetros de su hogar en busca de una oportunidad que él no me había podido dar.

Usted no estuvo el día que me metieron durante interminables horas en un camión lleno de cerdos y cabras, como si yo fuera eso simplemente, un animal más.

Usted no estuvo aquella noche que me subieron a una barca demasiado pequeña con más de cuarenta personas que lloraban y gritaban de miedo, en medio de la oscura y fría noche. No estuvo ahí cuando una niña de tres años era arrancada de los brazos de su madre que se quedaba en la orilla porque no podía pagarse un viaje para ella.

Usted no estuvo cuando me encerraron en una habitación al llegar a su país, me desnudaron, y esos dos hombres altos y fuertes me agarraron mientras el otro me violaba. No estuvo el día que me di cuenta que estaba embarazada.

Usted no estuvo nunca ahí…

Y ahora va de héroe. Ahora va de héroe fingiendo que le importamos. Y lo único que se le ocurre es jugar con mi vida y quiere quitarme lo único que me quedará en unas semanas: mi pequeño bebé. Y luego, quiere me vuelva a mi país con mis manos vacías.

Yo no necesito que una familia rica le dé a mi bebé unos zapatos, unos pañales o comida, señor Casado. Lo que necesito es que me ayude a que sea yo quien pueda darle eso a mi pequeño, lo que necesito es que a mi bebé nunca se le olvide el tacto de las manos de su madre ¿entiende? ¿Recuerda usted, el tacto de la mano de su madre? Sí, seguro que sí, ¿verdad? ¿Y cómo es posible que quiera hacerme esto? Por favor, no diga que es para ayudarme.

¿De verdad, quiere ayudarme? Ayude a la madre de Amira, que está en su casa, acostada en la cama como estuvo la mía, esperando que sus ojos se cierren poco a poco porque no tienen medicinas para curarla.

¿Quiere ayudarme? Cómprele unos zapatos nuevos a mi pequeño hermano para que no tenga que ir descalzo por la calle.

¿Quiere ayudarme? Dígale a mi padre que su hija está bien y asegúrele de que es verdad todo aquello que le prometió aquel hombre que me arrancó de sus brazos.

¿Quiere ayudarme? Páguele un viaje a esa madre para que pueda estar con su niña de tres años a la que tuvo que dejar en una barca en medio de la negra noche.

¿Quiere ayudarme? No permita que las mafias se hagan ricas jugando con las vidas de miles y miles de personas como yo, jugando con su esperanza de llegar a un lugar mejor, a un país donde dicen que nos espera una oportunidad y donde lo único que encontramos es que somos tratadas como meros trozos de carne que tienen la suerte de haber atravesado el mar.

¿Quiere ayudarme? No permita que cientos y miles de niñas y mujeres sigan siendo violadas mientras espera esa oportunidad.

¿Quiere ayudarme? Deje de fingir que le importamos para ganar votos, señor Casado, deje de jugar con nosotras como si fuéramos meros objetos o monedas de cambio, deje de culparnos de la miseria que la gente como usted está creando, deje de empujarnos al filo del abismo donde nos va a terminar obligando que nos tiremos.

¿Quiere ayudarme? Deje de ser testigo y cómplice de cuentos donde las mujeres con los ojos llenos de luz, se terminan convirtiendo en mujeres de ojos tristes.

Señor Casado, yo no necesito que me quite a mi bebé.

¿No le parece que ya me ha quitado demasiadas cosas?

Sí, demasiadas cosas.


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