Adela Cortina: por qué su voz es clave en el debate sobre la inteligencia artificial

Cortina pone el foco en una paradoja inquietante: incluso los propios ingenieros reconocen que muchos algoritmos operan como cajas negras, imposibles de explicar en términos comprensibles.

Por Isabel Ginés | 19/12/2025

Hablar hoy de ética y de inteligencia artificial es adentrarse en un territorio saturado de promesas grandilocuentes, discursos tecnocráticos y futurismos que, a menudo, avanzan más rápido que la reflexión pública. En ese contexto, la figura de Adela Cortina resulta especialmente relevante. No solo por su trayectoria académica, sino por su insistencia en devolver el debate a un terreno que nunca debió abandonar: el de la responsabilidad moral y política de las decisiones humanas.

Catedrática de Ética y Filosofía Política, fundadora de la llamada ética cívica y una de las filósofas españolas más influyentes de las últimas décadas, Cortina ha trabajado desde posiciones clásicas pero nada acomodaticias. Su pensamiento bebe del universalismo cosmopolita kantiano y de la ética del discurso de Habermas, dos tradiciones que comparten una convicción fundamental: las normas que regulan la vida común deben poder justificarse públicamente, desde la razón y el diálogo entre iguales.

Esta perspectiva, que durante años ha aplicado a cuestiones como la democracia, la pobreza, la aporofobia o la justicia social, es la que ahora traslada al debate tecnológico. Y ahí radica buena parte de su importancia. Frente a discursos que presentan la inteligencia artificial como un fenómeno inevitable, casi natural, Cortina insiste en algo incómodo: la IA no es un destino, es una construcción humana, y como tal debe someterse a criterios éticos, políticos y democráticos.

En su ensayo ¿Ética o ideología de la inteligencia artificial? (Paidós, 2024), Cortina propone una reflexión que rehúye tanto el alarmismo como el entusiasmo acrítico. No se trata de demonizar la tecnología ni de idealizarla, sino de pensar con rigor qué estamos haciendo cuando la incorporamos a ámbitos cada vez más decisivos de la vida social.

Una de las primeras preguntas que atraviesa el libro es aparentemente simple, pero decisiva: cuando hablamos de ética de la IA, de qué estamos hablando exactamente. ¿De dotar a las máquinas de valores morales propios, en el hipotético caso de que algún día pudieran tenerlos? ¿O de reflexionar sobre la ética con la que los seres humanos diseñamos, usamos y regulamos estas tecnologías? La confusión entre ambas cuestiones no es trivial, porque desplaza la responsabilidad desde los actores humanos hacia entidades técnicas que carecen de voluntad, conciencia o libertad.

Ligada a esta cuestión aparece otra disyuntiva central: adoptar la IA como instrumento o como sustituto del ser humano. La pregunta afecta de lleno al mundo del trabajo, pero también a la esfera de las relaciones personales. En un contexto marcado por la soledad pospandémica y la digitalización acelerada, proliferan formas de vínculo mediadas por algoritmos, asistentes virtuales y bots que prometen compañía, escucha o afecto. Cortina invita a preguntarse qué perdemos cuando delegamos dimensiones profundamente humanas en sistemas que solo simulan comprensión.

Uno de los núcleos más críticos del libro es la advertencia frente a la aceptación acrítica de la llamada determinación algorítmica. Vivimos rodeados de sistemas que clasifican, recomiendan, filtran y deciden, a menudo sin que sepamos con claridad cómo lo hacen ni bajo qué criterios. La matemática y la ingeniería se presentan como lenguajes neutrales, cuando en realidad incorporan decisiones previas, sesgos y prioridades que rara vez se someten a deliberación pública.

Cortina pone el foco en una paradoja inquietante: incluso los propios ingenieros reconocen que muchos algoritmos operan como cajas negras, imposibles de explicar en términos comprensibles. Sin embargo, los usuarios tendemos a aceptar sus resultados como si fueran más objetivos o justos que el juicio humano. Esta resignación plantea una pregunta fundamental: qué lugar queda para la libertad en un mundo gobernado por decisiones automatizadas y opacas.

El problema no es solo técnico, sino político. La fantasía de sistemas que podrían gobernar empresas, instituciones o incluso países de forma “neutral” revela una renuncia peligrosa a la responsabilidad democrática. Delegar decisiones no es lo mismo que delegar tareas. Cuando se delega sin control, lo que se pierde no es eficiencia, sino autonomía.

El ensayo también se adentra en un debate cada vez más presente en la filosofía contemporánea: el estatus moral y jurídico de las máquinas. ¿Qué ocurriría si desarrollaran conciencia, autoconciencia o capacidad de sufrimiento? ¿Deberían considerarse personas no humanas? ¿Tendrían derechos políticos?

Aunque Cortina no esquiva estas preguntas, se muestra crítica con los planteamientos que diluyen sin más la especificidad humana. Desde su posición kantiana, defiende que la dignidad y la autonomía moral siguen siendo rasgos diferenciales de los seres humanos. Las máquinas pueden tener valor instrumental, incluso gran valor social, pero no pueden asumir responsabilidades morales porque no actúan por deber ni pueden reflexionar sobre sus propios motivos.

Este planteamiento la lleva a cuestionar tanto ciertas derivas del animalismo radical como las promesas del transhumanismo, al que acusa de estar guiado más por una ideología individualista que por evidencias científicas sólidas. La promesa de “superar” lo humano mediante la tecnología aparece así como un relato de salvación que oculta intereses económicos y geopolíticos.

Otro de los ejes más incisivos del libro es la distinción entre ciencia e ideología. Cortina alerta contra discursos que se presentan como científicamente inevitables cuando en realidad funcionan como herramientas de poder. La etiqueta de “progreso” sirve, en ocasiones, para atraer inversiones, moldear mentalidades y justificar decisiones que no han pasado por el filtro del debate democrático.

Esta crítica se extiende al análisis del espacio público digital. Los algoritmos que gobiernan plataformas y redes sociales están diseñados para maximizar atención, rendimiento y polarización. El resultado es un entorno donde triunfa la razón estratégica y se debilita la razón comunicativa, poniendo en riesgo los fundamentos deliberativos de la democracia. La tecnología no crea este problema, pero lo amplifica si se acepta sin cuestionamiento.

Frente a estos riesgos, Cortina no ofrece soluciones tecnológicas, sino criterios éticos básicos. Transparencia, trazabilidad, justicia, control democrático y deliberación pública aparecen como condiciones mínimas para una IA confiable. No se trata de moralizar las máquinas, sino de exigir responsabilidad a quienes las diseñan, financian y regulan.

Desde esta perspectiva, los algoritmos no entienden lo que hacen ni lo que dicen. Los modelos de lenguaje, por sofisticados que sean, operan mediante cálculo de probabilidades, no mediante comprensión moral. Los valores que incorporan no son propios, sino reflejo de decisiones humanas. Por eso, la pregunta decisiva no es qué valores tendrán las máquinas, sino qué valores queremos sostener como sociedad.

Un libro necesario

¿Ética o ideología de la inteligencia artificial? no es una lectura rápida ni complaciente. Es un libro que exige pausa, atención y disposición al desacuerdo. Pero precisamente por eso resulta valioso. En un debate dominado por el ruido, Cortina ofrece claridad conceptual y una defensa firme de la ética como práctica pública.

Más allá de compartir o no todos sus presupuestos filosóficos, el mérito del ensayo está en formular las preguntas correctas y hacerlo con precisión analítica. En tiempos de aceleración tecnológica, recordar que la democracia es conversación y no cálculo, que la ética no es un adorno y que la responsabilidad no se delega, es un gesto profundamente político.

La inteligencia artificial no decidirá por nosotros qué tipo de sociedad queremos ser. Esa tarea sigue siendo humana. Y no admite atajos.

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