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España ha registrado en los últimos veranos miles de muertes asociadas a las altas temperaturas. Son muertes silenciosas, invisibles, muchas veces no contabilizadas como “calor”, pero que no ocurrirían si no se vivieran esas temperaturas extremas.
Por Isabel Ginés | 3/07/2025
Cada verano, el calor extremo vuelve a ocupar titulares como si fuera una novedad. Se habla de récords históricos, de noches tropicales y de consejos inútiles como “beba agua” o “no salga en las horas centrales del día”. Pero detrás de cada ola de calor hay algo más que grados: hay cuerpos. Cuerpos que caen. Personas mayores que mueren solas en sus casas. Trabajadores al aire libre que se desploman o mueren tras horas expuestas al sol y calor extremo. Personas sin hogar que sufre en la calle, sin un techo que los proteja. Mucha gente no puede permitirse un aire acondicionado y menos dejar de trabajar. Los vulnerables siempre los más perjudicados. Y todo esto ocurre mientras las instituciones repiten, una y otra vez, que todo está bajo control. Mentira.
España ha registrado en los últimos veranos miles de muertes asociadas a las altas temperaturas. Son muertes silenciosas, invisibles, muchas veces no contabilizadas como “calor”, pero que no ocurrirían si no se vivieran esas temperaturas extremas. Y la mayoría de las víctimas pertenecen a colectivos vulnerables: ancianos, personas con enfermedades previas, trabajadores pobres que no pueden permitirse parar, ni siquiera en los 40 grados de una tarde de julio. Trabajadores sin medidas y que sufren jornadas en horas que deberían parar y no trabajar.
Una de esas muertes tiene nombre: Montserrat. Tenía 51 años, trabajaba en el servicio de limpieza de Barcelona, y murió el sábado por la noche en su casa, poco después de terminar su jornada laboral. El suceso ocurrió en plena ola de calor. Aunque las causas exactas se están investigando, el Ayuntamiento ha confirmado el fallecimiento. Lo que nadie puede confirmar es cómo se puede seguir permitiendo que una persona con un trabajo tan físicamente exigente, en condiciones ambientales extremas, siga expuesta sin protección suficiente, sin medidas reales, sin pausas obligatorias.
Los más expuestos son, sin duda, los trabajadores al aire libre y los de servicios esenciales. Peones agrícolas, personal de la construcción, repartidores, barrenderos, limpiadoras. Su jornada sigue aunque el sol castigue con brutalidad. A menudo sin sombra, sin pausas adecuadas, sin agua suficiente. Porque para muchos empresarios, detener la actividad por el calor es “perder dinero”. ¿Y perder vidas? Eso no entra en su cálculo. La precariedad obliga a aceptar condiciones que matan.
Las olas de calor no son fenómenos naturales aislados, sino consecuencias directas del cambio climático, agravado por un modelo económico basado en la explotación y el crecimiento sin límites. Y mientras el planeta arde, nuestras medidas siguen siendo insultantemente tibias. Las autoridades lanzan campañas ridículas, y promueven apps para “informar del calor”. Pero no hay planes reales de adaptación. No hay protocolos estrictos para suspender trabajos al aire libre. No hay inversiones suficientes en climatización para residencias, centros de salud o viviendas humildes. No hay política seria para proteger a los más frágiles. Y eso no es un fallo técnico: es una decisión política. Y es una vergüenza.
Morir por una ola de calor en 2025 no es una tragedia inevitable: es el resultado directo de un sistema que antepone el beneficio económico a la vida humana. Cada muerte por calor es un crimen social. Una sociedad decente no deja que sus mayores mueran deshidratados en sus pisos, ni que sus trabajadores se achicharren en obras, campos o aceras sin protección. Montserrat no debería estar muerta. Y sin embargo, lo está. Y lo está porque no hemos hecho lo necesario para impedirlo. La pregunta no es cuántas muertes habrá este verano. La pregunta es cuánto más vamos a tolerar antes de decir basta. Porque si seguimos normalizando que el calor mate, lo siguiente que morirá será nuestra humanidad.
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