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A pesar de su retórica en favor del sacrificio y el trabajo duro, no hay registro alguno de que Abascal haya trabajado de manera regular en el sector privado.
Por Joaquín Castro | 3/04/2025
Santiago Abascal, líder de Vox y figura prominente en la política española, ha construido gran parte de su discurso en la defensa de la empresa privada, el esfuerzo individual y la crítica feroz al supuesto parasitismo del Estado.
Sin embargo, un análisis de su trayectoria laboral revela una contradicción flagrante: Abascal no tiene ni un solo mes cotizado en una empresa privada. Su vida entera ha transcurrido en el ámbito político, sostenido por el dinero público, lo que lo convierte en un ejemplo paradójico de aquello que dice combatir.
Nacido en Bilbao en 1976, Abascal se afilió al Partido Popular (PP) a los 18 años, iniciando una carrera que lo llevaría a ocupar diversos cargos públicos desde muy joven. A los 23 años, en 1999, ya era concejal en el Ayuntamiento de Llodio, un puesto que marcó el comienzo de una vida profesional exclusivamente ligada a la política. Desde entonces, ha encadenado posiciones como procurador en las Juntas Generales de Álava, diputado en el Parlamento Vasco y, más tarde, director de entidades financiadas con fondos públicos en la Comunidad de Madrid, como la Agencia de Protección de Datos y la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social. Esta última, disuelta en 2013 —el mismo año en que fundó Vox—, llegó a pagarle un sueldo de 82.491,80 euros anuales por una labor que apenas dejó resultados tangibles.
A pesar de su retórica en favor del sacrificio y el trabajo duro, no hay registro alguno de que Abascal haya trabajado en el sector privado. Ni un empleo en una empresa, ni un negocio propio sostenido por su esfuerzo, ni un solo día enfrentándose a las vicisitudes del mercado que tanto dice defender. Incluso su breve incursión como autónomo, con la empresa Hammer Hostelería SL entre 2006 y 2010, no desmiente esta realidad: la compañía, que gestionaba una franquicia de Heineken, terminó en quiebra con deudas de más de 131.000 euros y condenas por no pagar a sus trabajadores. Lejos de ser un ejemplo de emprendimiento exitoso, este episodio refuerza la imagen de alguien cuya subsistencia ha dependido siempre del erario público.
Abascal ha hecho de la crítica a los «chiringuitos» políticos y al despilfarro del dinero público un pilar de su discurso. Sin embargo, su historial demuestra que él mismo ha sido un beneficiario constante de esos mismos fondos. Desde sus inicios como concejal hasta su actual posición como diputado en el Congreso, pasando por cargos de designación directa bajo el amparo de figuras como Esperanza Aguirre, Abascal ha vivido amamantado por el Estado. Sus ingresos —que entre 1999 y 2013 se estiman en más de 730.000 euros solo en sueldos públicos— contrastan con la ausencia total de experiencia en el mundo laboral privado, ese que tanto exalta frente a lo que llama «la casta» o los «parásitos» del sistema.
¿Qué autoridad moral tiene entonces para hablar de sacrificio, esfuerzo y trabajo? Ninguna, si atendemos a los hechos. Abascal no sabe lo que es buscar empleo, competir en el mercado o asumir riesgos sin la red de seguridad que le ha proporcionado el dinero de todos los contribuyentes. Su vida es la de un político de carrera, un parásito del Estado en el sentido más literal: alguien que ha prosperado gracias a los recursos públicos mientras predica una ideología que, en teoría, debería repudiar su propia existencia.
En un país donde millones de personas se levantan cada día para ganarse la vida en el sector privado, enfrentándose a la incertidumbre y el esfuerzo real, la figura de Abascal resulta un insulto. Su discurso suena hueco, una fachada que esconde una realidad incómoda: no es ejemplo de nada cuando se trata de hablar de trabajo duro. Más bien, encarna lo opuesto: un hombre que ha hecho de la política su único sustento, un beneficiario perpetuo del sistema que dice despreciar. Si hay un parásito en esta historia, no hace falta buscar muy lejos para encontrarlo.
La vida de Abascal resumido en su libro «memorias de una ameba»
Salud y anarkia