La agenda política del neoliberalismo

Por Jaime Nieto

En una economía capitalista, el mercado tiene el rol de coordinar a todos los agentes que intervienen en él a través de la información que proporcionan los precios. Así, las decisiones sobre cómo y cuánto producir se tomarían de acuerdo a señales -los precios- plenamente emancipadas de la esfera moral o política. La suma de esfuerzos individuales por obtener el máximo beneficio posible -a través de la libre competencia- es la argamasa que solidifica en un sistema económico integrado que otorgaría a cada cual lo que se merece. El mercado es neutral ante las decisiones económicas de los individuos.

Esta supuesta neutralidad del mercado para encauzar las decisiones de producción y consumo se tambalea cuando se analiza quién toma esas decisiones. Por ejemplo, tan solo 147 sociedades controlan el 40% del valor de todas las empresas transnacionales. En palabras de Duménil[I], se trata de una gran “Internacional” del capital, con un grado de centralización difícilmente imaginable. Si el 40% del capital de las transnacionales pertenece a un mismo núcleo corporativo, ¿es la libre competencia una institución real o tan solo una ficción?

Por otro lado, una de las piezas fundamentales de una economía de mercado inserta en un régimen neoliberal es un banco central independiente. En tanto que los precios son la brújula que endereza el paso de la economía de mercado, el objetivo principal del banco central es el de garantizar su estabilidad. Una brújula estropeada oscilaría de un punto cardinal a otro, complicando a productores, inversores, consumidores, etc. su toma de decisiones. Para que un banco central marque adecuadamente el norte, cuenta la literatura, este debe ser independiente. El banco central no debe favorecer a unos agentes frente a otros, ni seguir la agenda política del partido gobernante de turno. Tan solo deben llevar a cabo las acciones técnicas necesarias para que los precios de la economía sean estables. Para ello dispone de instrumentos de política monetaria como las operaciones de mercado abierto, las facilidades permanentes y el coeficiente de caja. Todas ellas están encaminadas a inyectar o absorber liquidez de la economía y fijar los tipos de interés de referencia. Sin embargo, la suposición de independencia no es menor, a la luz de la historia.

La crisis económica provocada por la “Gran Recesión”, cuyas consecuencias no han terminado, nació en EE. UU. entre 2007 y 2008.  Sus causas tienen que ver con el propio modelo de acumulación neoliberal y de una agenda política muy concreta. El modelo de acumulación neoliberal, en marcha desde los años 80 y desatado desde los 90, se sostiene en la ampliación de los márgenes empresariales a costa del estancamiento de los salarios. Al disminuir la capacidad de consumo de la mayoría social, la economía sufrió un proceso de financiarización, y para mantener el dinamismo económico, la deuda y arriesgados productos financieros crecieron de manera insostenible. Pero estos mecanismos no siempre son tan sutiles. Es en situaciones de colapso cuando a los regímenes de todo tipo se le ven las costuras.

Alan Greenspan fue presidente de la Fed (el banco central de EEUU) entre 1987 y 2006. En 2007, cuando el crack ya había tenido lugar, afirmó lo siguiente: “Yo me daba cuenta de que el estiramiento del crédito hipotecario aumentaba el riesgo financiero […]. Pero he comprendido también que el aumento del número de propietarios reforzaba el apoyo al capitalismo de mercado […]. La protección de los derechos de propiedad, tan esencial en una economía de mercado, necesita una masa crítica de propietarios para lograr más apoyo político”[II]. Es cierto que la economía de mercado contiene en sus propias dinámicas internas contradicciones que conducen a la aparición de crisis periódicas. Pero también es cierto que hay una agenda política no explícita que moldea y configura qué tipo y de qué magnitud pueden ser estas crisis.

El Banco Central Europeo (BCE) también ha mostrado su particular visión de la independencia. Cualquier atisbo de desafección por el credo “austericida” debía ser castigado con contundencia. Así, tras la llegada de Syriza al poder en Grecia, en enero de 2015 el BCE retiró 20 000 millones de € en depósitos de los bancos griegos. De esta manera, el BCE condenó al nuevo gobierno progresista a elegir entre la bancarrota o seguir sus dictados. El mensaje era claro: no hay alternativa. Mientras, hizo caer los tipos de interés -el precio al que el BCE presta dinero a la banca- al 0’5 % a pesar de que esta no restableció el crédito a la economía real. Tampoco se han privado los bancos centrales de hacer recomendaciones de política económica. En España contamos con el ejemplo de Miguel Ángel Fernández Ordóñez, ex gobernador del Banco de España. Este, no solo ahora mismo está imputado por la salida a bolsa de Bankia (una decisión política en sí misma), sino que no dudó durante todo su mandato en exigir a los diferentes gobiernos reformas laborales más y más duras. Finalmente, las agencias de calificación, aquellas que fracasaron determinando los riesgos de los activos tóxicos que activaron la crisis financiera, se sumaron a la fiesta. Un grupo de economistas de JP Morgan afirmaron en relación a Portugal, Grecia y España que: “las constituciones y los órdenes políticos vigentes en la periferia meridional, instaurados tras la caída del fascismo, presentan una serie de características que no parecen adecuadas para una mayor integración de esos países en la región”[III]. Dicho sin paños calientes, a JP Morgan el Estado social y democrático le resulta incómodo para la marcha de las finanzas.

Si el 40% del capital de las transnacionales pertenece a un mismo núcleo corporativo, ¿es la libre competencia una institución real o tan solo una ficción?

Es en este contexto en el que Juncker ha propuesto vagamente (se darán más detalles en diciembre, afirma) la creación de un Fondo Monetario Europeo (FME) análogo al Fondo Monetario Internacional (FMI).  No conviene olvidar que las instituciones autodenominadas como independientes, tienen una agenda política. De sobra conocidos son los planes de ajuste impuestos por el FMI a los países periféricos, desarrollando en ellos un estricto programa económico neoliberal de desastrosas consecuencias. Menos aún que la ’troika’, que ha guiado el “austericidio” europeo, estaba capitaneada por la Comisión Europea, el BCE y el FMI. Aunque con graves deficiencias democráticas, al menos la Comisión Europea es una institución política. La suma de un nuevo agente “independiente”, el FME, sin duda serviría para apuntalar la agenda política de las instituciones que sostienen el régimen neoliberal. De momento, tan solo ha sido un aviso. En diciembre, más.

[I] Duménil, Gerard, and Dominique Levy. 2017. La Gran Bifurcación. Acabar Con El Neoliberalismo. Madrid. España: Fuhem.

[II] Greenspan, Alan. 2008. The Age of Turbulence: Adventures in a New World. Reprint edition. Penguin Books.

[III] Mason, Paul. 2017. Postcapitalismo | Planeta de Libros. Barcelona, España: Paidós Estado y Sociedad. Accessed September 14. https://www.planetadelibros.com/libro-postcapitalismo/207978.

 

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