Derechos | El arte de ser servil

Por Marta Monforte Jaén

La feminidad, esa esencia a la que todas debemos aspirar.

Tienes que ser más femenina, nos dicen. Sonreír más, sentarte con las piernas cerradas, no hablar demasiado alto, no ser tan mandona, no preguntar por dinero, no ser demasiado graciosa, no buscar prestigio ni ser agresiva. No destacar si no es por tu belleza. Pero sin exhibirte, ¿eh? ¿Cómo era el refrán? “Una dama en la calle y una puta en la cama”.  No decir palabrotas, claro. Ocupar el menor espacio posible. En general se trata de comportarse como alguien inferior y hacer de ello una esencia, un arte: el arte de ser servil.

Ver tu propio cuerpo como peligroso y provocativo que has de vigilar compulsivamente, mutilarlo y castigarlo para hacerlo “apto”. Necesitar validación externa para reafirmarte, pero sentirse humillada cuando te sexualizan. Maquillarte. Depilarte. Ponerte taconazos, aunque duelan. Porque para presumir hay que sufrir, ¿no? Tener un pelo sedoso. Follar, aunque no te apetezca (pero tampoco en exceso). Preocuparte más por cultivar tu cuerpo que tu mente. Vivir buscando una validación que en el fondo te hace esclava. Ejercer con éxito un rol social de objeto de contemplación, de deseo, de consumo, que anima a los hombres a valorar, a cosificar.

Llegamos a interiorizar esa cosificación sin querer porque nos han enseñado que eso es lo normal: verse, entenderse y validarse a través de la mirada masculina, porque es así como se ha constituido el mundo, bajo una perspectiva androcéntrica: el hombre como figura universal y la mujer supeditada a él.

Esa mirada no quiere personas complejas, quiere objetos hermosos que no sangran, que no protestan, conformes con sus condiciones laborales y familiares, que soportan el síndrome premenstrual, el mansplaining y el manterrupting, la violencia obstétrica, los piropos por la calle, los celos por “amor”, la explotación del cuerpo y la anulación de la mente. Objetos hermosos que paren y se reproducen felices y en silencio.

La feminidad se erige como un antivalor determinado por la exclusión: sumisión, pasividad, dependencia… Ocupar la posición de mujer es ser socializada a lo largo de toda una vida en la pertenencia a una clase sexual inferior.

Lo femenino es establecido por oposición a lo masculino, su negativo, el reverso, una otredad inexpugnable. Lo femenino es lo que no debe ser. De hecho, cuando – entre hombres-  se quieren hacer daño, utilizan ‘afeminado’ como insulto para deshonrar al rival.  La feminidad se erige así, como un antivalor determinado por la exclusión: sumisión, pasividad, dependencia… Ocupar la posición de mujer es ser socializada a lo largo de toda una vida en la pertenencia a una clase sexual inferior.

Estar acomplejada, he aquí algo femenino. Ser interrumpida, eclipsada. Escuchar bien lo que te dicen. No ser la protagonista ni de tu propia vida, esperar a que te salven o a que te maten, pero esperar. Tener la cultura justa como para poder entender lo que un tío tiene que contarte. Fingir. Exagerar. Ponerse histérica. Competir con otras mujeres. Conciliar. Ser paciente. Cotillear es femenino. Todo lo que no deja huella. Todo lo doméstico, lo que se vuelve a hacer cada día, lo que no lleva nombre ni merece compensación. Ni los grandes discursos, ni los grandes libros, ni las grandes cosas. Lo insignificante, lo añadido, lo otro. Las cosas pequeñas, las monadas. Femeninas.

Ser mujer es maravilloso, nos dicen. ¡Y una mierda! Abusos de poder, miedos, obligaciones, cánones, imperativos de silencio, llamadas a un orden que es el mismo desde hace tiempo, siempre cubriendo necesidades materiales y afectivas en un mundo predador basado en el privilegio de unos pocos, festival de limitaciones imbéciles y estériles. Explotadas y acosadas sexualmente, haciendo los peores trabajos, ignoradas en los estudios médicos y siempre asumiendo un perfil bajo. Pero ya lo decía Virginie Despentes en Teoría King Kong: “No somos nosotras las que tenemos más miedo, ni las que estamos más desarmadas. El sexo de la resistencia, de la valentía, siempre ha sido el nuestro. De todos modos, no hemos tenido elección.”

One thought on “Derechos | El arte de ser servil

  • 16/05/2017 at 12:10 pm
    Permalink

    Asi tenemos a la mujer, esclavizada y sumisa. Y en pleno siglo XXI vemos como esta vision torcida del rol de la mujer, continua, ya en europa se esta hablando de como hacer una version europea del islam. La religion que textualmente ordena al hombre para que golpee a su mujer, esta siendo debatida como implementarla en europa. En el cristianismo, en ninguna parte esta escrito que a la mujer se le podia pegar. ¿europa avanza o retrocede?. Que los politicos esten expresando que la mujer debe de usar tal o cual ropa, o color de cabello para no ser violada o golpeada, deberia de causarnos gran indignacion, solo algunos protestamos en internet por eso, y peor aun hay mujeres que lo apoyan.

    Reply

Deja un comentario

Uso de cookies

Nueva Revolución utiliza cookies, no podemos evitarlo. Al seguir navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las cookies y la aceptación de nuestra política de cookies ACEPTAR

Aviso de cookies