Zenobia Zamprubí, el fuego de Juan Ramón Jiménez

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Zenobia Camprubí Aymar, retrato de una mujer en la sombra

Por María Torres

María Teresa León decía que Zenobia había tomado una decisión hermosísima: «Vivir al lado del fuego y ser la sombra», pero Zenobia no fue sombra de Juan Ramón, fue un astro que brillaba con luz propia.

Mujer inteligente, culta, analítica, realista, cosmopolita, comprometida y llena de inquietudes intelectuales, desarrolló una labor literaria desde su adolescencia. En 1913, cuando apareció en su vida un autor desconocido en España, el poeta Rabindranath Tagore, comenzó a traducir sus poemas al castellano con la colaboración del que luego sería su esposo, Juan Ramón Jiménez, del que fue compañera inseparable  durante cuarenta años y colaboradora en todos sus proyectos literarios, a la vez que traductora, secretaria, enfermera y representante del poeta.

Zenobia Camprubí Aymar nació en Malgrat de Mar (Barcelona) el 31 de agosto de 1887. Su padre, Raimundo Camprubí, era un ingeniero nacido en Pamplona, miembro de una distinguida familia de militares catalanes. Destinado a Puerto Rico, allí conoció a Isabel Aymar, hija de un rico comerciante norteamericano que provenía de una rica familia de corsos que poseían hasta esclavos. Educada por su madre, abuela y tutores particulares, en 1902 la familia se trasladó a Valencia donde se produjo la separación de sus padres. Isabel Aymar decide irse a los Estados Unidos con su hija, estableciéndose en Newburgh (Nueva York). Zenobia se matriculó en la Escuela de Pedagogía de la Universidad de Columbia e inició el contacto con el feminismo americano. Conoció a Henry Shattuck, un abogado educado en Harvard y miembro de una importante familia de Boston. Él se enamoró de ella pero la consideraba muy joven y prefirió esperar. Cuando se decidió a expresarle sus intenciones Zenobia ya estaba comprometida con Juan Ramón Jiménez. Henry Shattuck nunca se casó. Durante toda la vida de Zenobia y Juan Ramón fue el albacea familiar.

Más tarde Zenobia regresó a España y se dedicó al estudio de la artesanía popular española. Conoció a Juan Ramón en 1913, en una conferencia que impartió Bartolomé Cossío en la Residencia de Estudiantes. El poeta se enamoró perdidamente de ella y aunque en un principio Zenobia se sentía atraída por él, tenía muchas dudas. Le reprochaba su carácter triste y su vestimenta siempre oscura: «¿Por qué está usted siempre con esa cara de alma en pena?».  Acabó rechazándolo influenciada por su madre a la que no le parecía el hombre adecuado para su hija. Ni a Zenobia ni a su madre les gustaban los versos de Juan Ramón. Les parecían insulsos.

Tanta fue la insistencia y el asedio de Juan Ramón,  que cada día se sentaba en un banco frente a la casa de Zenobia, le enviaba cartas apasionadas y preparaba encuentros nada casuales, que ella fue cediendo y formalizaron su noviazgo en el verano de 1915. El 6 de septiembre de 1915 le escribía: «Es absolutamente preciso que nos casemos pronto. No sabes la paz, la fuerza, la tranquilidad, el tiempo, que esto me daría. Piensa tú que tu presencia me es necesaria, Zenobia, que mi vida sin ti está falta de vida. La mañana que yo amanezca a tu lado, ¡qué nuevo va a parecerme el mundo! El porvenir, además, ¡nos traerá tanto y tanto! Ya tú verás».

A finales de ese año Zenobia regresó con su madre a Nueva York. Juan Ramón fue a buscarla en febrero de 1916 y se casaron el 2 de marzo en la iglesia católica de St. Stephen. Después de cuatro meses recorriendo diferentes lugares de los Estados Unidos, regresaron a España.

El primer libro que publicaron conjuntamente fue La Luna Nueva, que apareció con las iniciales de Zenobia y con un poema de Juan Ramón. Era el comienzo de una enorme tarea traductora. No sólo tradujeron gran parte de la obra de Tagore, sino también la de Shakespeare, Shelley, Poe, y Pound.

Zenobia no sólo era el soporte de Juan Ramón.  Fue una de las fundadoras de «Enfermeras a Domicilio» y colaboró con «El Ropero de Santa Rita, «La visita Domiciliaria» y «El Comité Femenino de Higiene Popular». Participó en la creación del «Comité para concesión de Becas a Mujeres españolas en el extranjero», fue miembro de la «Asociación Nacional de Mujeres de Acción Feminista, Política-Económica y Social» y trabajó incansablemente por las mujeres, llegando a ser fundadora junto a María de Maeztu y Victoria Kent del Lyceum Club, el primer club de mujeres creado en España y desde el que reivindicó constantemente una mayor presencia de la mujer en todos los ámbitos de la sociedad.

Tras el golpe militar de julio de 1936 y el estallido de la guerra, Zenobia y Juan Ramón decidieron salir de España hacia un exilio que se prolongó durante 20 años. Residieron en Nueva York, Puerto Rico y Cuba, a la que llegaron en noviembre de 1936 y aunque les recibió una isla comprometida con la República española, también es cierto según decía Zenobia que «si en la Habana no tiendes la mano y gritas ‘Viva Franco’ estás calificada del más reconcentrado comunismo». Zenobia dejó constancia en su Diario, que aquella no fue la mejor época de su vida. Habitan en el hotel «El Vedado», y aunque colaboraba en diferentes actividades, como el trabajo de voluntaria en las cárceles de mujeres y diferentes actos culturales, la vida en la isla se le hacía cada día más dura. Juan Ramón se encontraba muy involucrado en la vida cultural cubana, pero a finales de 1939 decidieron trasladarse a vivir a Miami, ciudad en la que el estado depresivo del poeta se agravó, teniendo que ser internado en varias ocasiones.

Juan Ramón no era una persona dócil. Su difícil carácter hacía sufrir a Zenobia y así quedó reflejado en sus Diarios. Decía que sin ella «el pusilánime, hipocondríaco, depresivo y neurasténico poeta se habría hundido en un pozo sin fondo (…), pero el día en que juntó su destino con el mío, cambió ese fin. Después de todo, yo soy en parte dueña de mi propia vida, y Juan Ramón no puede vivir la suya aparte de la mía. Y yo no acabo de ver ningún ideal que valga el arrojar una vida, pese a todo lo que se proclama. En esta empresa nuestra, yo siempre he sido Sancho».

La gran preocupación de Zenobia y Juan Ramón eran los niños que dejaron en España y su trabajo con el Consejo Nacional de Protección de Menores de la República. Se implicaron para recaudar fondos destinados tanto a los huérfanos de la guerra como  a conseguir la evacuación de los menores. No importaba -decía Zenobia- si eran hijos de comunistas o fascistas: «Son niños. Por el momento, lo que hay que hacer es cuidarlos física y mentalmente, apartarlos del peligro, evitar que mueran, quererles, cuidarles, hacerles felices. Como ya nosotros no podíamos ayudarles desde dentro, tenemos que ayudarles desde fuera y pedir al mundo de fuera que nos ayuden también»

En 1942 se trasladaron a vivir a Washington, pero con la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, las Universidades apenas tenían actividad.  Ambos tardaron en conseguir un trabajo, hasta que ofrecieron al poeta una serie de conferencias para promover el aprendizaje de la lengua entre los soldados. Más tarde los dos se incorporan como profesores universitarios de Lengua y Literatura.

Después de un viaje por Hispanoamérica, impartiendo distintas conferencias en Argentina y Uruguay, Juan Ramón recayó de nuevo en su enfermedad y sus ingresos hospitalarios se hicieron continuos.  Zenobia, aconsejada por los médicos, decidió buscar un lugar donde el poeta se sintiera como en su tierra y se establecen en Puerto Rico donde se instalan en 1951, consiguen trabajo como profesores y su vida social es prácticamente nula.

El último día del año 1951, Zenobia es intervenida en Boston de un cáncer. No era algo nuevo, la enfermedad había viajado con ella durante todo el exilio. Su gran preocupación no era la enfermedad, pero si «qué solución dar al cuidado de J.R. si a mí se me acaba la cuerda». Ella quiso poner fin al exilio y retornar a España, pero el poeta se negaba a volver a la España franquista. Tras el alta se incorporó  a su actividad universitaria, y continuó trabajando en la recopilación y publicación de la Tercera Antología Poética del poeta y a ordenar y colocar libros y objetos de Juan Ramón en la Sala que la universidad les había cedido. También sigue cuidándole, pues cada día estaba cada día más enfermo.

En 1956 la salud de Zenobia empeoró. Juan Ramón la propuso quitarse la vida, morir juntos, como recoge en su último Diario. El poeta la cuida dentro de sus posibilidades. «¡Qué haría yo sin él! Cuarenta años en que nos hemos ido queriendo cada vez más». Estando ingresada y agonizando fue informada tres días antes de su muerte extraoficialmente de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Juan Ramón. Ella fue quien trasmitió al poeta la noticia que él acogió con enorme tristeza. «Ella es quien lo merece».

Zenobia falleció el 28 de octubre de 1956,  en la clínica Mimieya de Santurce de Puerto Rico, no sin antes disponer algunas recomendaciones y peticiones a su sobrino sobre el cuidado de su marido. Su cuerpo fue expuesto en la Sala Zenobia-Juan Ramón de la Universidad, y posteriormente fue enterrada en el cementerio del Porta Coeli de Bayamón.

Juan Ramón Jiménez se sumió en una fuerte depresión y no volvió a escribir un solo verso. Cuando falleció casi dos años después, encontraron entre sus pertenencias una libreta en la que había un escueto texto: «A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz.  J.R. Sin fuerza ya».

Los restos de Zenobia viajaron a España junto a los de su marido y fueron depositados en el Cementerio de Jesús, en Moguer, el 6 de junio de 1958.


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