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Más que indignación ideológica, lo que hoy les irrita es la pérdida de ese terreno de caza donde cultivaban el relato propagandístico de la ‘juventud despierta’ frente al ‘poder socialista’.
Por Lucio Martínez Pereda | 7/02/2026
La ultraderecha esta rabiosa con la medida de Sánchez para proteger a los menores de la manipulación psicológica en redes. No tanto por la medida en sí, ni por el pretexto moral de “la libertad individual” sino porque percibe que Sánchez les ha tocado un recurso estratégico: el acceso a la manipulación emocional de los menores. Estos últimos 5 años, las redes sociales han sido un campo de adiestramiento eficaz, donde la ultraderecha inocula resentimiento y trabaja la identidad juvenil desde el adoctrinamiento disfrazado de rebeldía. En ese territorio —TikTok, YouTube, X— habían identificado un filón, un yacimiento de futuros votantes.
La reacción se explica porque hiere una de sus tácticas más exitosas: convertir la vulnerabilidad adolescente en materia prima electoral. Son generaciones que no vivieron la Transición, ni la precariedad del 2008, ni siquiera la decepción cívica de 2011; generaciones sin referencias sólidas, expuestas al storytelling de la cólera, a la épica digital de la “resistencia” contra un sistema que no conocen. Que el Estado intervenga ahí, limitando la propaganda encubierta y la ingeniería emocional, desarma un dispositivo que la ultraderecha manejaba con mucha precisión.
Por eso, más que indignación ideológica, lo que hoy les irrita es la pérdida de ese terreno de caza donde cultivaban el relato propagandístico de la “juventud despierta” frente al “poder socialista”.
Lo que defiende Vox , en realidad, no es la libertad de los jóvenes, sino la libertad de manipularlos.
La ultraderecha además sabe que el adolescente carece en las redes de oportunidades para distinguir entre pluralismo y caos.
La ultraderecha no necesita argumentos, necesita plataformas que no pongan límite a sus mensajes de odio y confusión: cuanto más desorientado el joven, más dócil el votante. La confusión que hace dóciles a los votantes circula muy bien por las redes sociales, porque en la participación ilimitada la desinformación se confunde con pluralismo y la mentira encuentra una audiencia más predispuesta que la verdad: la crítica se sustituye por la adhesión emocional inmediata.
El objetivo de la ultraderecha no es convencer, sino saturar. Cuanto más caótico el flujo, más fácil es dirigir hacia la indignación: ese estado intermedio entre el miedo y el entusiasmo donde el juicio se adormece.
Por eso, cuando el Gobierno intenta interferir en esa maquinaria-proteger a los menores, introducir filtros, demarcar responsabilidades- la ultraderecha reacciona: Porque el caos informativo, la sensación de que todo es opinable, de que nada es verificable, constituye el terreno donde su discurso crece.
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