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El mundo nos educa para ser cautelosas, para limitarnos, para no ocupar espacio, pero mis viajes me enseñaron que también el mundo nos pertenece a las mujeres.
Por Isabel Durán Báez | 16/02/2026
Siempre me dijeron que viajar sola era peligroso. “Ten cuidado”, “no vayas sola”, “eso no es para una mujer”. Al principio, esas palabras me llenaban de miedo, pero también despertaron algo en mí que no podía ignorar: la necesidad de recorrer el mundo con mis propios ojos, de conocer quién soy cuando nadie más me observa y, sobre todo, de reivindicar mi derecho a ocupar el espacio que me pertenece.
Recuerdo mi primer viaje sola a un país que no conocía. Llegué al aeropuerto con el corazón acelerado y un nudo en la garganta. Me perdí entre calles desconocidas, hablé con personas que no entendían mi idioma y dormí sola en un hostal. Y, sin embargo, nunca me sentí más viva. Cada desafío me enseñó que podía cuidarme, decidir por mí misma y enfrentar el mundo sin depender de la protección o aprobación de nadie. Aprendí a escuchar mi intuición, a confiar en mi fuerza y a valorar la autonomía que muchas veces se nos niega desde la infancia.
En otro viaje, caminando sola por una ciudad al atardecer, sentí algo que nunca había sentido antes: una mezcla de miedo y libertad que me hizo reír y llorar al mismo tiempo. Viajar sola no es solo atravesar kilómetros, sino atravesar barreras internas impuestas por una cultura que nos dice cómo debemos actuar, cómo debemos ser cautelosas, cómo debemos pedir permiso para existir. Que una mujer se mueva libremente es un acto rebelde y feminista: no necesita permiso, no necesita protección masculina, no tiene que justificarse ni disculparse. Cada paso que doy sola me recuerda que mi vida me pertenece y que puedo decidir cómo vivirla, con independencia y dignidad.
Y precisamente por eso mis viajes, que son una elección, no una huida ni una obligación, no son desplazamientos forzados ni caminos impuestos por la necesidad o la violencia, porque entonces dejarían de ser libertad. Viajo porque quiero, porque puedo decidir moverme y también quedarme. La libertad no consiste solo en moverse, sino en tener la posibilidad real de elegir.
Pero si hay un viaje que marcó un antes y un después, fue mi viaje a Egipto, un sueño que tenía desde muy pequeña. Desde niña imaginaba caminar entre pirámides y templos antiguos y, finalmente, hacerlo en compañía de un libro que venía conmigo en cada momento, fue un acto de libertad indescriptible. Sentí un torbellino de emociones mientras recorría las calles de El Cairo, los templos de Luxor y la majestuosidad del Nilo. No hablaba de mandatos ni expectativas: hablaba de mí, de permitirme vivir sin restricciones, de desafiar lo aprendido culturalmente y de abrazar mi propia voz. Egipto me enseñó que la verdadera libertad no se pide, se tiene, y que cumplir un sueño personal puede ser un acto profundamente feminista y emancipador.
El mundo nos educa para ser cautelosas, para limitarnos, para no ocupar espacio. Pero mis viajes me enseñaron que también el mundo nos pertenece a las mujeres: calles, trenes, aeropuertos, mapas, experiencias, silencios, errores… Cada miedo que enfrentamos, cada decisión que tomamos, nos abre caminos para quienes lo hacemos y para las otras mujeres; hace que el mundo sea un poco más libre, seguro y propio para todas.
No hay que esperar a sentirse valiente. La valentía llega mientras avanzas, mientras cruzas fronteras, mientras descubres que eres suficiente para ti misma. Viajar sola es libertad. Cada mujer que decide moverse sola contribuye para convertir el mundo en un lugar más grande, más propio y más feminista.
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