Un África vagabunda en el corazón de las tinieblas

El periodista tiene un cerebro ágil con el que reconstruye la convulsa historia de una de las regiones más australes de nuestro planeta

Por Jayro Sánchez | 20/08/2025

«África golpea en mi alma tanto que no sé muy bien cómo poner fin a este libro. Nunca puede darse por cerrado un libro de viajes, y cuando has regresado al hogar, tu corazón no termina de acostumbrarse a la rutina de todos los días. Y tardas meses en decidir quién debes ser», escribe Javier Reverte en el epílogo de su Vagabundo en África (Debolsillo, 1998).

El segundo tomo de su trilogía sobre el continente lo llevó a cumplir uno de los grandes sueños de su infancia: navegar el río Congo. Y, antes de ello, a iniciar un largo periplo en el que recorrió Sudáfrica, Zimbabue, Tanzania, Ruanda y la República Democrática congoleña.

En este volumen, el magistral Reverte narra una historia perfilada por la violencia, la determinación, el sufrimiento y la esperanza. «Con África siempre sucede lo mismo: la belleza palpita en la vecindad del espanto», reflexiona mientras habla de las horrorosas guerras coloniales entre zulúes, bóers y británicos o de la grandeza perdida bajo las ruinas de la civilización shona.

El periodista tiene un cerebro ágil con el que reconstruye la convulsa historia de una de las regiones más australes de nuestro planeta. Una conciencia compasiva que se plantea cómo acabar con la absoluta miseria en la que vive el continente más rico de la tierra. Y también una mano hábil que describe de forma precisa y minuciosa los paisajes que han cautivado a los grandes aventureros europeos de los dos últimos siglos.

«África me golpea el pecho y sacude todos mis demonios. Tal vez no vuelva nunca a aquellas selvas y sabanas, a los bellos ríos temibles y a los rudos desiertos desolados», parece admitir con amargura cuando ya ha vuelto a casa.

Pero, a pesar de toda su belleza y vitalidad, Reverte advierte de que las tierras africanas esconden «muchas noches sin luna, rudas noches de oscuridad donde las estrellas apenas logran echar una brizna de luz sobre la tierra».

Unas noches que él recorrió, siguiendo la estela del escritor Joseph Conrad sobre el Congo, hasta llegar al «corazón de las tinieblas». Allí, en un barco que «era un universo con alma propia, impregnado a veces por una tierna lírica y rodeado en ocasiones por la violenta épica del río más hermoso de África», estuvo a punto de morir.

Sin embargo, sobrevivió. Volvió a España y escribió este magnífico texto. En él se preguntaba: «¿Puede un río tener un alma?». Y llegaba a la conclusión de que, según los novelistas, así era. Pero la pregunta que sus lectores nos hacemos es: «¿Puede un libro tener alma?». La respuesta que nos dan todos y cada uno de sus textos está muy clara.

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