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Entrevistamos al periodista Txema García Paredes, autor de ‘La maleta de Urdaibai’, donde denuncia el proyecto del nuevo museo Guggenheim, que amenaza la Reserva de la Bioesfera de Urdaibai.
Por Angelo Nero | 17/12/2025
Txema García Paredes, licenciado en Ciencias de la Información por la Euskal Herriko Unibertsitatea (EHU-UPV), ha trabajado como periodista durante tres décadas en los diarios Egin y Gara. Fue también coordinador del portal cultural Kulturklik, de 2009 a 2017. Autor de los libros “El Salvador: de la lucha armada a la negociación. la huella vasca” (Txalaparta, 1993); coautor junto con Ramón Zallo de “Miradas en torno al Procés: del tablero catalán a la encrucijada vasca” (Txertoa, 2018); y de “Lava y ceniza” (Txertoa, 2019) sobre la Revolución Sandinista. Aunque dice que está jubilado, sus artículos siguen apareciendo en medios como Gara (Naiz) y Nueva Revolución, donde se ha destacado últimamente en la denuncia del proyecto del nuevo museo Guggenheim, que amenaza la Reserva de la Bioesfera de Urdaibai. Este es el tema central también del libro que acaba de publicar, “La maleta de Urdaibai” (IPES, 2025), una inquietante distopía, que nos hace reflexionar sobre la ecología, el compromiso, la cultura, el turismo y ese capitalismo que parece sobrevolar sobre todas estas cuestiones.
Justo en el momento en que estamos haciendo esta entrevista se acaba de anunciar que el proyecto de Museo Guggenheim, con dos sedes, queda desestimado finalmente por parte del Patronato de esta entidad, que agrupa a patrones fundadores (Gobierno Vasco, Diputación de Bizkaia y The Solomon R. Guggenheim Foundation) así como a otros patronos estratégicos empresariales y corporativos. ¿Una gran noticia, no?
Pues sí. Por segunda vez en la historia más reciente de este pueblo se consigue una gran victoria por parte de la sociedad civil organizada frente a las imposiciones de estas instituciones. La primera fue la paralización definitiva de la construcción de la Central Nuclear de Lemoniz, así como los intentos de implantar otras tres centrales nucleares en Euskal Herria en la década de los setenta del pasado siglo, y ahora, de nuevo, las instituciones concernientes y responsables del ecocidio que querían perpetrar en la Reserva de la Biosfera han tenido que recular ante el rechazo mayoritario de la sociedad civil organizada.
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La narración de esta novela de signo distópico, transcurre en el año 2036 y el Museo Guggenheim ya se ha construido en Urdaibai. A la vista de lo que ha ocurrido, es decir, de que se desestima su construcción, ¿gana la realidad y pierde la ficción?
Pues sí, me alegro mucho de que la Literatura, es decir, en este caso la ficción que se refleja en “La maleta de Urdaibai”, sucumba ante el empuje de una sociedad que no acepta imposiciones por parte de unos gobernantes sin escrúpulos que anteponían sus intereses a los de un pueblo que repetidamente y de forma mayoritaria se ha manifestado, de muchas formas, contra este proyecto ecocida. Eso sí, que no se instale el Museo Guggenheim en Urdaibai, no quiere decir que no haya aún muchos motivos para seguir luchando…
¿A qué te refieres con esto?
Pues a cuestiones que sobrepasan esta victoria popular que, a mi modo de entender, necesita de nuevas luchas para defender este territorio de otras muchas agresiones en curso. Citaré solo una pocas: la creciente ola de turistificación masiva que se cierne sobre él y que ya está causando impactos importantes al ecosistema como es la pérdida creciente de la biodiversidad en la Reserva; el hecho de que el Astillero que opera en Murueta está ilegal desde el año 2018 cuando se le acabó el permiso de concesión del terreno 75 años que le fue otorgado por la administración franquista de la época; que esta empresa ha contaminado gravemente los suelos que ocupa desde entonces y que es responsable único de su limpieza y adecuación sin que se utilicen para ello fondos públicos; que ha de abandonar esa localización sin indemnización alguna por parte de las administraciones; que el recientemente aprobado Plan de Reactivación Económica de Busturialdea se centra básicamente en cierta adecuación de infraestructuras viales más que en una verdadero plan de impulso sostenible de carácter ecosocial que ofrezca trabajo estable y digno a los jóvenes; que hay graves problemas de acceso a la vivienda; o que todo el estuario necesita de saneamiento frente a la proliferación de especies invasoras o; también, de atajar la deriva en la gestión forestal basada en el monocultivo del pino y el eucalipto, etc. Resumiendo: La sociedad civil ha ganado la batalla contra el Museo Guggenheim, pero la lucha continua con muchos frentes abiertos.
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Durante estos dos últimos años hemos podido leer en tus artículos un buen montón de razones para oponerse al proyecto de ese nuevo museo que pretenden construir sobre una reserva natural, ¿crees que este libro, en el que te adelantas a un futuro en el que ese proyecto ya se ha materializado, puede ayudar a hacernos visualizar sus efectos más nocivos, no solo a nivel ecológico, sino también a nivel social y cultural?
Soy muy consciente de que un libro hoy día, salvo excepciones vinculadas a los best-sellers, suelen tener un alcance bastante limitado. Y una cosa es la intención del autor y otra, a veces muy distinta, el efecto que su contenido pueda tener en un determinado público. El sector editorial es una verdadera jungla y un escritor como yo, periférico, y no vinculado a ningún grupo de poder, nunca va a concitar un seguimiento apreciable, algo que, por otra parte, me trae al pairo. Sin embargo, soy de la opinión que en esta sociedad tan segmentada, tan cuarteada en torno a los procesos de conformación de conciencia ideológica, cualquier esfuerzo puede ayudar, y creo que hay que estar activo en todos lo frentes posibles: redes sociales, medios tradicionales, artículos de opinión, libros, conferencias, etc. No están los tiempos como para desdeñar nada. Así que esta novela pretende ser un granito de arena en la lucha contra un proyecto ecocida -uno más entre los miles que nos asolan en este atribulado planeta- de forma que pueda ayudar a desenmascarar algunas de las múltiples estrategias que utiliza el poder para someter a la sociedad civil.
En la novela das un salto en el tiempo, no tanto como para que se nos antoje una historia lejana, de ciencia ficción, y sitúas la acción dentro de diez años. ¿Es una señal de alarma de un futuro no tan lejano, que todavía podemos evitar?, ¿qué cambios auguras en el libro en la sociedad vasca, dejando que se imponga este modelo de turistificación masiva de su territorio?
Creo que si algo nos sobra en este sistema capitalista son señales de alarma. Están por todos los lados y afectan a todas las dimensiones de la vida. No hace falta ir al futuro para imaginar una sociedad distópica. Ya vivimos en ella. Y en algunos lugares del mundo, como en Palestina, en Sudán… ha alcanzado límites difícilmente superables en esta carrera extractivista que nos aboca a la destrucción. Y una consecuencia de ella es, precisamente, la turistificación creciente que afecta a cada vez más lugares y pueblos de este planeta. Y en Euskadi no es que vaya a llegar, ya está aquí. Y esto no es una predicción sino una realidad: van a convertir, ya están convirtiendo toda la costa cantábrica desde Iparralde (Euskal Herria) hasta Galiza en el nuevo Mediterráneo 2.0. Y si la sociedad civil no se organiza pronto, si la izquierda real no toma cartas en este asunto y lo coloca entre una de sus principales prioridades, acabaremos hormigonados, gentrificados y masificados por este tipo de turismo invasivo y destructor que esta acabando con paisajes, culturas e identidades en numerosos lugares el mundo y que ahora pretende conquistar todos aquellos que están menos humanizados. Así que los cambios ya han llegado y solo serán reversibles si tomamos conciencia de ello y nos organizamos frente a este extractivismo feroz.
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Antes de seguir con el libro, recuerdo que en una de nuestras primeras conversaciones, hablamos de la similitud de la lucha que en Galicia mantenemos contra la instalación de la papelera Altri, y con la lucha contra el proyecto del Guggenheim. A priori parecen luchas muy distintas, pero, tiene mucho que ver con la gestión que hacen nuestros gobiernos autonómicos de nuestra tierra y de nuestra agua, ¿no es cierto?
Galiza y Euskal Herria hemos sido y seguimos siendo pueblos colonizados de muy distintas maneras, algunas similares y otras más singulares de cada una de estas dos naciones sin Estado. Además de eso, nuestros dos pueblos están sometidos por la colonización exterior que sigue los dictados del gran capital multinacional en esta época de globalización de la economía y, por otra parte, por los intereses de las élites locales que también quieren repartirse una parte del botín. Ahí, tanto el PNV como el PP son similares, a veces con la inestimable ayuda de la franquicia del PSOE local, que se supedita siempre a los sacrosantos principios de la unidad de la patria “única y grande”. Así que las luchas contra estas dos imposiciones (Altri y Guggenheim Urdaibai) se nutren de elementos comunes de defensa del territorio, del impulso a una economía local no supeditada a intereses foráneos, y de una voluntad de salvaguardar las identidades propias frente a un cosmopolitismo vacío de raíces y consumista. Y en este contexto, el agua, los bosques, los recursos, el paisaje mismo, es meramente instrumental y al servicio de todas estas élites locales y transnacionales.
En ‘La maleta de Urdaibai’ dibujas una juventud precariza, donde el futuro laboral parece estar ligado al turismo masivo, mientras que se conserva una cierta resistencia en la generación en aquellos que se involucraron en la oposición al nuevo museo. ¿Quisiste materializar un debate entre esa juventud que representa la protagonista, Irati Odriozola, y su aitite Txerra Martín, para establecer una línea de continuidad en la misma lucha, entre ambas generaciones?
Cada vez estoy más alejado de esas líneas de pensamiento en las que los adultos se quejan de que los jóvenes no hacen nada y, viceversa, de los jóvenes echando la culpa de sus males a sus antecesores. Ese presunto debate no lleva a ninguna parte. Y sí, “La maleta de Urdaibai”, entre otras muchas cuestiones, también quiere reflejar la necesidad de la transmisión en los saberes y en las luchas. Somos la suma de los que nos precedieron antes y, por tanto, si queremos avanzar, no sobra nadie: ni los jóvenes, ni los de mediana edad, ni los más mayores.
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Por cierto, en el libro Txerra Martín tiene algo de tu biografía, aunque me parece que tu alter ego es Ahoztar Zelaieta. También he descubierto algunos personajes reales, como mi paisano Héctor Pose, con el que publicaste uno de los libros más hermosos que he visto sobre un lugar sobre el que compartimos la misma pasión: la Costa da Morte. Háblanos un poco de estos personajes a los que has querido homenajear en ‘La maleta de Urdaibai’, y de tu vinculación con este trozo del litoral atlántico gallego.
Así es. Los escritores vivimos en la mente, y a veces incluso hasta en el cuerpo, de nuestros personajes. Como autor de esta novela me desdoblo y me identifico con Ahoztar Zelaieta, un antiguo ex compañero en el Equipo de Investigación de Pepe Rei (en Egin), y con el que mantengo lazos de amistad y de conspiración periodística, o con Juan Tomás Enziondo, destacado activista contra la Central Nuclear de Lemoniz; y con otros personajes reales a los que he querido rendir un homenaje de reconocimiento. Y así es también en el caso de mi amigo el escritor galego Héctor Pose, a quien admiro no solo por su calidad literaria sino por su inclaudicable defensa de la identidad galega y por la ética que anima su trayectoria en todos los órdenes de la vida. Haber colaborado con él en “Atlas emocional dunha Costa da Morte” me enseñó a apreciar aún más el “alma galega” y a identificarme más con la problemática que atraviesa vuestro pueblo.
Hay muchos personajes interesantes en tu historia, cada uno con sus propias motivaciones y estrategias para combatir o no esa aberración urbanística, pero hay un protagonista que, y no quiero hacer spoiler, también tiene que decir en todo esto: la misma Naturaleza. ¿Crees que, al final, si no reaccionamos nosotros, será ella la que tenga la última palabra?
Los seres humanos no somos absolutamente nada sin la Naturaleza. Creernos los reyes de la creación es uno de los mayores males que nos aquejan como especie y demuestra la escasa por no decir nula “racionalidad” que hemos desarrollado. Nos estamos comportando como la especie más dañina y destructora que hay sobre la faz de la Tierra. Hemos perdido la conciencia de dónde venimos y a qué nos debemos, que no es otra cosa que la extraordinaria interdependencia que existe entre toda esa trama maravillosa y compleja que es la Vida. Así que en “La maleta de Urdaibai” he querido dejar esto muy patente dando a la Naturaleza, de alguna manera, el papel principal de la novela.
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También pones sobre la mesa el modelo cultural que se quiere imponer, al servicio del capitalismo, donde el arte deja de ser cultura para convertirse en mercancía. ‘El artista, en lugar de ser creador con plena libertad, puede terminar convirtiéndose en un participante sumiso dentro del sistema, sin capacidad real de confrontación frente a los poderes establecidos’. Dice uno de tus protagonistas. ¿Cuál es la alternativa a ese modelo subvencionado, que está domesticando el mundo de la cultura y dirigido a un consumo masivo?
La única alternativa posible es salirse de la domesticación, de las prebendas, del parasitismo, del “clientelismo”, enfermedades cada vez más extendidas en el ámbito de la cultura. Subvencionismo y consumismo son dos caras de una misma moneda en los sectores culturales. Se está banalizando el arte y la cultura desde el Poder pero, también, desde muchos creadores que han dejad de lado el potencial transformador de la cultura en pos de un mundo mejor, aunque todavía sigue habiendo creadores rebeldes que no se someten a los dictados de un sistema que nos quiere sumisos, obedientes con el poder establecido, algo que es diametralmente opuesto el papel que debe jugar el artista o el creador.
‘¿A quién le gusta que su paisaje se vea reducido a un decorado de selfies que se difunden por todo el mundo?’, se pregunta otro personaje en tu libro. ¿Crees que el impacto del turismo está modificando no solo el paisaje, sino la misma sociedad de lugares como Bilbao o Vigo, donde los sectores productivos van retrocediendo ante el sector servicios?
Ya somos sociedades de servicios, de pura intermediación en la cadena de dependencia a la que nos someten los grandes poderes oligárquicos del mundo. Esa es la mejor manera de mantenernos como esclavos. En Galiza y en Euskal Herria ya no somos capaces de producir ni una parte mínima de nuestros alimentos diarios. El sector primario está en trance de desaparecer y no pintamos absolutamente nada en los nuevos campos económicos surgidos al calor de las nuevas tecnologías digitales. Somos economías subsidiarias de otras metrópolis. Franquicias en el mejor de los casos. Y en este marco de degradación absoluto, nuestros gobernante parece que han encontrado la gallina de los huevos de oro en el turismo, cuando vemos a qué está llevando en otros lugares esta forma de economía no productiva y meramente consumista, aparte de altamente destructora de paisajes e identidades.
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Llama la atención, que el Gobierno Vasco se haya empeñado tanto en llevar adelante el proyecto de Urdaibai, cuando la misma Fundación Guggenheim de Nueva York no se ha manifestado a favor del mismo. ¿A que crees que se debe este empeño por parte del Gobierno, pese a la creciente oposición ciudadana, y a que el silencio de la Fundación?
Aunque a veces fuera de Euskadi pueda parecer lo contrario, estamos gobernados por una clase política que mezcla la ineptitud con la vanidad, y el nepotismo con grandes déficits de democracia. Solo saben imponer. Y se muestran débiles y solícitos con sus “patrones”, la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York, y altaneros frente a quienes debieran servir, que no es sino la sociedad civil vasca. Y si bien no habido ningún posicionamiento oficial de la matriz, lo que queda claro es que el trabajo “sucio” lo han hecho nuestras propias instituciones.
Otro factor que tratas en ‘La maleta de Urdaibai’ es la especulación urbanística, la gentrificación que expulsa a la población autóctona, el problema de la vivienda, sobre todo para los jóvenes como Irati. Parece que hablamos de cosas distintas, el arte, el turismo, el urbanismo y la política, pero, ¿al final todo está unido, como si hubiera una agenda oculta?
Los gobiernos, y el vasco está a la cabeza, se han convertido en expertos en “vender” productos caducados o en mal estado, haciéndolos pasar por inmejorables. El panorama social es bastante deplorable y no es de extrañar que de esto se aprovechen unas fuerzas de ultraderecha cada vez más envalentonadas y fuertes. Mires para donde mires esta democracia hace aguas por todas partes debido, sobre todo, a la incapacidad de unos gobiernos que solo piensan en la gestión neoliberal de la economía y en generar clientelismo político para perpetuarse en el poder. Con una economía dependiente, una sociedad cada vez más narcotizada, con un mercado laboral precario, con los servicios públicos (sanidad, educación, dependencia, cuidados…) en franco deterioro, con una cultura y un arte lastrado por las subvenciones, y con una supeditación a los nuevos poderes imperiales emanados tanto del decadente mundo USA como de una Unión Europea que actúa como su criado más dócil. ¿Agenda oculta? Para nada, todo está a la vista, ante nuestros ojos, sin necesidad de vestirlo con falsos ropajes. Ahí está el militarismo creciente, el genocidio contra el pueblo palestino en Gaza y Cisjordania, o las amenazas constantes de ese matón de barrio que es el inquilino de la Casa Blanca contra Venezuela, Colombia, México, Cuba o contra cualquier otro país o dirigente que no le siga la corriente.
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Te he leído en una entrevista que ‘este libro no busca tanto lectores como cómplices. Gente que se atreva a mirar lo que no se muestra. A escuchar lo que no se dice. A tocar lo que incomoda’. ¿Al abrir ‘La maleta de Urdaibai’ buscas que el lector se meta en la piel de la protagonista y utilice las herramientas que tenga en sus manos, a través del arte, del ecologismo, o del activismo social o político para que no se impongan proyectos como este sin contestación?
Este mundo necesita “lectores de la realidad”, personas que se rebelen, gente que tenga claro que la Revolución comienza por uno mismo pero que sigue con el vecino de al lado, la compañera del instituto, el trabajador de la construcción o la médica de familia. Necesitamos expandir el horizonte de la Utopía posible y hacer decrecer el consumismo que nos lleva a la decadencia y, quizá, a la desaparición de nuestra especie. Y eso significa sumar energías, aunar voluntades, confiar en que la victoria es posible, que todos somos necesarios pero nadie imprescindible.
Sin desvelar el contenido de tu novela, ¿qué hay en esa maleta?
En esta novela se entrelaza ficción y crónica, memoria familiar y conflicto estructural, para narrar el choque entre una comunidad que resiste y un sistema que fagocita biografías, culturas y paisajes. Así, Urdaibai no se convierte solo en un entorno amenazado sino en un espejo de lo que el mundo contemporáneo está dispuesto a perder. Por otra parte, en “La maleta de Urdaibai” hay esperanza, sueños, ecología que no se pinta de verde,fe minismo que se practica, hay piedras en forma de argumentos y razones para defenderse. Que cada cual decida si las lanza o las recoge.
¿Dónde se puede comprar tu novela?
Como el sistema de distribución es muy local, más centrado en Bizkaia, una opción posible es dirigirse a la página web de la editorial IPES (https://ipes.eus/denda/) donde se puede comprar vía online sin ningún problema tanto en versión en castellano como en euskera (traducción a cargo de Iñaki Aurrekoetxea).
Tengo entendido que los beneficios obtenidos tienen un fin solidario. ¿Es cierto?
Así es. Tal y como figura en los créditos de la novela, esta obra se ha realizado en auzolan, es decir, ninguno de sus creadores va a recibir cantidad alguna por su trabajo, de forma que los beneficios obtenidos por la venta de la versión en castellano irán destinados a la iniciativa ciudadana Gernika Palestina (https://www.gernikapalestina.eus/es/) y a las actividades que promueve de solidaridad activa con este pueblo brutalmente agredido por el Estado genocida de Israel.
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