Tercer fragmento de diario de Senlúa Arraiana: Tambores de guerra

Este cuarto fragmento del diario de Senlúa Arraiana fue recuperado y adelantado a nuestro tiempo por Noitepedralonga, fiel camarada del abuelo de la futura líder de la resistencia arraiana

Me llamo  Senlúa y son miembro de la resistencia  arraiana. Mañana partimos cara los territorios de la Colmena en la franja del oeste. Sin eventualidades que nos retrasen necesitaremos al menos 30 días para atravesar  Mortefría. No estaré sola, la Asamblea decidió que finalmente fuéramos dos los que nos me los había infiltrado en la Colmena y que en el viaje nos había acompañado una pequeña escolta que luego establecerá base el más cerca posible de los asentamientos  colmenitas para darnos apoyo y facilitar la extracción de disidentes. Todo este operativo sin precedentes ponen de relieve el crucial que es esta misión para la supervivencia del pueblo  arraiano. Un atento silencio se hizo eco de la exposición del Consejo de Sabios sobre los resultados de sus mediciones respecto a minoración del  desfase entre la rotación y traslación de la Tierra. Un murmullo  entrecortado por los sentimientos contrapuestos sucedió a las conclusiones del Consejo. Su dictamen fue contundente, el  acoplamiento de los movimientos del planeta será una realidad en menos de 10 años. Que la cara oscura de la tierra quede  estacionaria los librarán de vagar por la faz del asolado planeta esquivando el mortal sol naciente pero los obligan a hacer resonar los tambores de guerra mucho antes del debido. Distamos mucho de ser rival en una contienda abierta contra la Colmena, ni en número ni en armas. Somos un pueblo fundado sobre la repulsa a las armas y a la violencia que desatan pero el camino de la supervivencia es angosto y retorcido. Si no conseguimos la conquista de territorios en la frondosa franja ocupada por la Colmena nuestros días estarán contados. Apenas encontramos víveres en buen estado, ni siquiera registrando los soterrados aparecen ya conservas. La mayoría de los alimentos que rastreamos son los despojos de los asentamientos de la Colmena.  Sin necesidad de trasladarse para no ser alcanzados por la gélida noche de Mortefría no volverán a dejar plantaciones abandonadas.

Necesitamos debilitar la Colmena para estar en condiciones de negociar un reparto de los territorios. Este es el objetivo marcado por la asamblea, pero muchas nos tememos que tendremos que conjurar el arte del imposible para cohabitar pacíficamente con ese régimen  totalitario.

Espero que en el largo camino pueda aclarar la situación con Malatesta y rebajar la tensión entre ambos. A todos los sorprendió que se había ofrecido voluntario para ser el segundo infiltrado. Nadie cuestionó la idoneidad de alguien tan fuerte y  abnegado en la defensa de la comunidad como Malatesta, a pesar de que desde lo fatídico incidente se tornó cada vez más calado y esquivo. Su actitud silenciosa y por veces  hosca es soportada con comprensión por nuestra gente,  pero a mí me escuece tanto que aún hoy me impide suturar los sentimientos  desgarrados por la desgracia acaecida. Malatesta fue junto con su hermana Tenuesombra mis infatigables compañeros de infancia. Los tres éramos los niños más atrevidos de todos y en una de nuestras temeridades Tenuesombra se nos fue. Me los jugaba al límite, inconscientes del peligro, buscando sentirnos libres y vivos pero fue la muerte a que jugó la última mano. El tiempo no cura las penas solo las va enterrando en la memoria. Revivir el sucedido me prende la  comezón de la culpa. Aquel día era uno cualquiera de los que me los jugaba a ver quien se  adentraba más en  Mortefría rivalizando entre nosotros ante el miedo a perderse en la oscuridad. Como siempre los tres quedamos solos ante lo abandono de los demás chicos, pero ese día Malatesta más yo llevamos nuestra  fanfarronería más allá. Absortos en nuestra rivalidad olvidamos a Tenuesombra dejándola atrás. Ya nunca volvemos a ver su sonrisa. Ella nunca reía o lloraba siempre mantenía dibujado en su rostro un perenne croquis de sonrisa. Un  impertérrito  rictus con el que pretendía esconder el dolor por la reciente muerte de su madre. Nunca la encontramos, con ella se fue mi juventud, truncándose la profunda amistade que Malatesta más yo nos me los profesaba. Ella siempre pretendió que en esa amistade había anidado una relación más estrecha. Abandonar su ciclosolar e internarse en la gélida oscuridad hizo trozos su pretensión. Siempre temí que me habían señalado, pero nunca nadie nos recriminó nada. Pareció como se todos no esperaran otro desenlace para la corta vida de Tenuesombra. Como no me enteré? Cuantas veces a resonar en mi cabeza esta pregunta. Como no me enteré? 

Basta de  lamentos! Tengo que bajar a despedirme de mi madre, puede ser la última vez que comparta con ella mis inquietudes.  Me gustaría llevarme el diario que escribió mi abuela, mi madre lo atesora como un  códice vital pero a mí será un  asidero en los abismos que se avecinan. Mi abuelo fluía a través de la acción mientras mi abuela oficiaba de cronista de su época. Tengo pocos recuerdos de mi abuela, después del desastre se volvió adusta y  taciturna. Siempre estaba como era necesario pero la profunda aflicción por el sucedido  ensombrecía su rostro.  Se conozco bien la vida de mis abuelos y de la infancia de mis padres en su  amorriñada Tameiga natal es por la infinidad de veces que leí los diarios de mi abuela  Loiralei. Mi madre me dormía con los pasajes más alegres del diario y luego yo encontré alimento racional en sus  diatribas lo contra los gobernantes corruptos y la gente indiferente. Llevo siempre  conmigo una de las fotos que guardó en su diario, son portales mágicos que despiertan mi imaginación y me trasladan la aquel mundo verde.

Como se me va el tiempo cuando me pongo a escribir mientras los fragmentos de la luna alumbran en el oscuro cielo señalándome el destino que mañana vamos a emprender. Pero hoy quiero finalizar con unas palabras de mi abuela que desde hace tiempo retengo en la memoria: “…pero quien se cree que es? Como una rancia aristócrata se enfúnda en la bandera de nuestro ayuntamiento como si ella estuviera ungida por un halo divino y había sido nuestra luz en el abismo. Cuanto más grande es la bandera con la que se viste mayor es la necesidad de esconder su irritación por tener que tratar con la gente de lo corriente. Cómo es posible que casi la mitad del vecindario siga desayunando sus mentiras sin una onda de arcadas? Ella, en su embriaguez de sí misma, considera insólito y reprobable que alguien ose levantar la voz ante las deshechas de su deleznable codicia. Pero ella no es el problema, ella es superflua, son los indiferentes quien nos empujan por el tobogán de la extinción…”

 

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