Salud, alimentación y cambio climático

Por Carlos Sánchez Fernández
Miembro de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública


El informe de la IPCC, El cambio climático y la tierra, publicado en agosto ha hecho notar la influencia de nuestros hábitos alimenticios en el cambio climático y la necesidad de cambiarlos para detener el calentamiento global.

Desde la Antigüedad se conoce la importancia de una alimentación saludable y equilibrada, pero en un entorno en el que la mayoría de la población pasaba hambre, o estaba en riesgo de desnutrición, y en la que los alimentos disponibles eran bastante limitados, sujetos a las inclemencias locales del tiempo (sequías, inundaciones, guerras, etc) y difíciles de conservar, la búsqueda de alimentos, cualesquiera alimentos, y su consumo inmediato, eran el objetivo principal de la mayoría de las personas independientemente de que fuera mas o menos saludables porque lo importante era evitar el hambre.

Solo a partir de mediados del siglo XX, debido al desarrollo económico y social, una gran parte de la Humanidad empezó a considerar  el como se alimentaba y a buscar una dieta saludable, aunque conviene no olvidar que sigue habiendo una parte significativa de la misma que pasa hambre y esta desnutrida (un 10,8% en 2016 según la ONU), y por lo tanto tiene como objetivo prioritario el comer lo que pueda.

La Organización Mundial de la Salud (última revisión en agosto de 2018) establece como principios de una dieta saludable:

“Una dieta saludable ayuda a protegernos de la malnutrición en todas sus formas, así como de las enfermedades no transmisibles, entre ellas la diabetes, las cardiopatías, los accidentes cerebrovasculares y el cáncer.

En todo el mundo, las dietas insalubres y la falta de actividad física están entre los

principales factores de riesgo para la salud.

Los hábitos alimentarios sanos comienzan en los primeros años de vida; la lactancia

materna favorece el crecimiento sano y mejora el desarrollo cognitivo; además, puede

proporcionar beneficios a largo plazo, entre ellos la reducción del riesgo de sobrepeso y obesidad y de enfermedades no transmisibles en etapas posteriores de la vida.

La ingesta calórica debe estar equilibrada con el gasto calórico. Para evitar un aumento malsano de peso, las grasas no deberían superar el 30% de la ingesta calórica total).

La ingesta de grasas saturadas debería representar menos del 10% de la ingesta calórica total, y la ingesta de grasas trans, menos del 1%; para ello, el consumo de grasas se debería modificar a fin de reducir las grasas saturadas y trans, en favor de grasas no saturadas, con el objetivo final de suprimir las grasas trans producidas industrialmente..

Limitar el consumo de azúcar libre a menos del 10% de la ingesta calórica total forma parte de una dieta saludable. Para obtener mayores beneficios se recomienda reducir su consumo a menos del 5% de la ingesta calórica total.

Mantener el consumo de sal por debajo de 5 gramos diarios (equivalentes a menos de 2 g de sodio por día) ayuda a prevenir la hipertensión y reduce el riesgo de cardiopatías y accidente cerebrovascular entre la población adulta.

Los Estados Miembros de la OMS han acordado reducir el consumo de sal entre la población mundial en un 30% para 2025; también acordaron detener el aumento de la

diabetes y la obesidad en adultos y adolescentes, así como en sobrepeso infantil de aquí a 2025”.

En la pirámide de la dieta sana la OMS señala la conveniencia de tomar “ocasionalmente”, es decir no a diario, productos como las carnes rojas y embutidos, y solo de manera infrecuente los dulces y grasas (por ejemplo la mantequilla) y los productos que los contienen (en general la bollería industrial), y como esta dieta sana debe basarse en el consumo de verduras, hortalizas, legumbres y cereales (mejor si son integrales) y un consumo moderado de lácteos (leche, queso, yogur), pescado y carnes blancas (pollo, conejo, pavo). Esta dieta garantiza el aporte necesario de calorías, principios inmediatos y fibra que son imprescindibles para la salud, y que han demostrado efectos preventivos sobre enfermedades muy frecuentes como la obesidad, las cardiopatías, la hipertensión, la diabetes y muchos tipos de cáncer.

Pero además ahora conocemos que también es saludable para el planeta, porque el consumo excesivo de carne, que favorece la ganadería y agricultura intensiva es la responsable de una parte importante de las emisiones de C02 (el 23% si se tiene en cuenta solo la agricultura y ganadería y el 37% si se incluye la industria alimentaría).

El consumo de carne en los países desarrollados es claramente excesivo, cuatro países (EEUU, Australia, Nueva Zelanda y Argentina) superan el consumo de 100 kg/ habitante y año y el promedio de la UE supera los 80 kg, cuando lo recomendable se sitúa en los 21 Kg (en España se consumieron 46,19 Kg en 2018), si bien es cierto que el últimos años se ha producido una disminución especialmente en Europa aunque es posible que se deba solo a la crisis económica (los datos internacionales son de 2013).

Otros dos problemas relacionados con el consumo alimentario y el cambio climático son las emisiones derivadas del transporte de alimentos, que pueden ser muy elevados si el consumo es de productos que provienen desde muy lejos (América, China, Australia, etc), y el derivado de los alimentos que desperdiciamos que suponen en torno al 10% del impacto de la alimentación sobre los gases de efecto invernadero.

Las cosas pues están claras y los expertos nos están avisando, hacemos globalmente un consumo irresponsable, que genera un aumento de las emisiones de C02 y de otros gases de efecto invernadero, lo que acelera el cambio climático, a la vez que es peligroso a corto plazo para nuestra salud. Nuestra dieta es insalubre para nosotros mismos y para el planeta. Por eso tenemos que plantearnos seriamente un cambio en profundidad.

De todas maneras hay que tener cuidado con los mensajes que se centran en las conductas individuales porque encubren los potentes intereses económicos que favorecen esta situación y que hacen que la denominada “comida basura” se generalice y sea mas barata con lo que a veces acaba siendo la única opción de alimentación para las personas con bajos ingresos.

Un ejemplo de esta política de encubrimiento esta por ejemplo en los datos que se ofrecen sobre comida desperdiciada en España según clase social, así se dice que la clase alta y media alta desperdicia 242 millones de kg en 2018, la media 400, la media baja 305 y la baja 180, ahora bien si tenemos en cuenta el porcentaje de población de cada una veremos que cada 1% de población que pertenece la clase alta y media alta desperdicia un 2,14% del total, 1,18% la clase media, 0,33% la media baja y 0,2% la baja, lo que evidencia, como era de esperar, que quienes desperdician comida son sobre todo los ricos y que existe un gradiente en relación a la renta (cuanto mas pobre menos se desperdicia).

Actuar es necesario y hay que hacerlo a nivel individual, concienciándonos del problema, siguiendo las recomendaciones de la OMS, minimizando el desperdicio de alimentos y consumiendo productos locales, pero sobre todo a través de políticas públicas porque la industrialización agroalimentaria está fomentando el consumo de alimentos peligrosos para la salud, y las políticas de precios favorecen el consumo de estos alimentos, que (el estudio no lo analiza) que son las que tienen mayor impacto sobre los grupos social, económica y culturalmente más desfavorecidos.

Debemos reclamar con más fuerza unas políticas que fomenten una alimentación saludable y favorezcan el consumo de frutas y vegetales, y eso se hace desde la información, educación para la salud, la promoción, la regulación de la cantidad de sal o grasas trans que llevan los alimentos, y las políticas fiscales (bajando o quitando el IVA a los alimentos sanos y aumentándoselo a los que no lo son).  Para eso también necesitamos un gobierno que se preocupe de los intereses de la mayoría de la población y no de los beneficios de las multinacionales.


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