Rezaré por ti

Me pregunto si el refugio en lo divino es una victoria sobre el mundo o una huida de sus aristas más afiladas. No tengo respuesta. Y quizá eso, también, es parte de la fe.

Por Isabel Ginés | 4/03/2026

Los domingos. Dir. Alauda Ruiz de Azúa. Siete Goyas 2025.

«Quien busca la verdad busca a Dios, sea de ello consciente o no.» Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz (1891–1942)

Fui a ver Los domingos un miércoles de hace bastantes meses. Hay algo paradójico en eso que, ahora que lo pienso, no es accidental. Una película que lleva el peso litúrgico del día del Señor, del día de la familia, vista en la anomalía gris de media semana. Quizá la fe funciona así: llega cuando no la convocas y aun así, encuentra el hueco exacto.

Hay una escena en la última película de Alauda Ruiz de Azúa que funciona como el eje de toda la obra. No es un momento de acción, sino de una quietud devastadora. La tía Maite —una Patricia López Arnaiz que parece quemarse por dentro— vomita toda su rabia, su incomprensión y su miedo sobre su sobrina Ainara. Y la joven, con esa calma que solo da el haber encontrado un puerto, responde: «Rezaré por ti». Es algo magistral, directo y la esencia. En ese instante, la película se convierte en una cúpula. Se detiene el ruido del mundo y aparece lo trascendente. No es un desafío, es caridad. Y para quienes hemos crecido en el seno de la fe católica, esa frase golpea en un lugar que creíamos haber olvidado.

El misticismo: donde la palabra no llega

El misticismo cristiano no es una forma de irracionalidad. Es, al contrario, la consecuencia extrema de tomarse en serio la pregunta por Dios: llevar el pensamiento hasta el borde donde el lenguaje se rompe y, aun así, seguir. En esa grieta entre lo que se puede decir y lo que solo se puede vivir es donde habita la experiencia mística. No en el dogma, sino en el contacto directo con lo sagrado. Y ese contacto, según quienes lo han descrito, no se puede argumentar ni transmitir. Solo ocurre.

Edith Stein, filósofa, discípula de Husserl, que pasó del ateísmo a la fe y murió en Auschwitz, articuló esta paradoja como nadie. Para Stein, la fe no es el resultado de un silogismo. Es una entrega, un «vaciamiento» del yo para hacer sitio a algo que no cabe dentro de los límites habituales de la conciencia. Sostenía que el misterio no es lo que no se puede entender, sino lo que, una vez entendido, no se puede agotar. Antes de su conversión, pasó años en lo que ella misma describió como un combate espiritual en total secreto, sin ninguna ayuda humana. No llegó a Dios huyendo de las preguntas: llegó atravesándolas todas, hasta que se quedó sin argumentos contra Él. Esa es la anomalía que plantea Ainara con diecisiete años. En un 2025 hiperconectado, donde el éxito se mide en impactos, ella elige el impacto del silencio. ¿Es manipulación? ¿Es el trauma de una madre ausente y un padre desbordado? La película es demasiado inteligente para darnos una respuesta masticada. Nos obliga a mirar el abismo de la vocación: esa llamada que, si es real, no tiene explicación lógica. Exactamente igual que el amor. La madre superiora del convento lo dice con una economía brutal: «La fe es un regalo de Dios: se tiene o no se tiene». No es un cierre; es una apertura honesta a lo inexplicable.

Mientras veía la película, no pude evitar que mi propia historia se proyectara en la pantalla. Me crié en esa fe de ritos y certezas, pero mi vínculo con lo sagrado tiene un rostro concreto: mi tía abuela. Fue monja misionera, desgastando la vida en tierras lejanas, para terminar sus días en la clausura, en ese no-lugar donde el tiempo se mide por rezos y no por horas.

Siempre la miré con una mezcla de dudas y un desconcierto casi físico. ¿Cómo se llena una vida entera con lo invisible? Entiendo la fe porque la he visto encarnada en ella. He visto esa paz que sobrepasa todo entendimiento. Y, sin embargo, como el personaje de Maite, yo también estoy habitada por la duda. Me pregunto si el refugio en lo divino es una victoria sobre el mundo o una huida de sus aristas más afiladas. No tengo respuesta. Y quizá eso, también, es parte de la fe.

La música de David Cerrejón en Los domingos no acompaña: revela. Cuando suenan el Aitormena vasco o la profundidad litúrgica del Ave Verum, la película deja de ser un drama familiar para convertirse en una experiencia sensorial. Pero es la inclusión de Into My Arms de Nick Cave lo que mejor define el espíritu de la obra: una oración laica que le pide a un Dios en el que quizás no se cree que cuide de la persona amada. Esa tensión —lo sagrado habitando lo profano— es exactamente la tensión que sostiene toda la película. La belleza como camino hacia la verdad, o al menos hacia la pregunta.

Los domingos nos lanza un jarro de agua fría. Nos creemos una sociedad tolerante, capaz de respetar cualquier identidad, cualquier camino vital. Hasta que ese camino es el de la cruz.

¿Respetaríamos igual el estallido de Maite si Ainara estuviera defendiendo su sexualidad o su ideología política? Probablemente la juzgaríamos de intolerante. Pero ante la fe, nos permitimos el lujo de la sospecha.

Consideramos la entrega a Dios una «rendición irracional», olvidando que la libertad también consiste en el derecho a pertenecer a algo más grande que uno mismo.

Ruiz de Azúa no toma partido por la institución, sino por el misterio. Su cámara observa sin juzgar, con la paciencia de quien sabe que no va a encontrar una respuesta pero que mirar bien ya es en sí mismo valioso. Nos deja en ese mundo terrenal, obligándonos a cruzar la calle y mojarnos bajo la lluvia de la incertidumbre.

Porque la fe —igual que el mejor cine— no está para darnos respuestas cómodas. Está para recordarnos que, tras el ruido de los platos y las discusiones de los domingos, siempre hay una cúpula de silencio esperando a que miremos hacia arriba. Y que a veces, en un miércoles cualquiera, algo te obliga a hacerlo.

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