Puertas giratorias de la realidad

Puertas giratorias de la realidad. Por @Iriagal

Por Iria Bouzas

Llevo varios días leyendo comentarios en Twitter de personas que no se sienten anímicamente bien y que se despiden por un tiempo de las redes sociales y la verdad es que me parece que está muy bien esto de poder tener una cuenta de Twitter que te permite crear un mundo que queda totalmente bajo tu control. 

En la realidad no puedes andar marchándote de la vida cuando te sientes hecho una zapatilla y volver otro día cuando ya te encuentras con un poco más de ánimo. 

Lo que no había pensado es que iba a terminar teniendo una crisis de fe y que esta iba a ser culpa de las redes sociales. 

Llevamos un año que está rozando ya lo infame. Un virus nos ataca, muchas personas enferman y otras muchas mueren. El bicho este se carga sin despeinarse todo nuestro modelo de convivencia, nos arrea tres patadas en la espinilla económica y cada vez que parece que lo tenemos bajo control, se revuelve como gato panza arriba y nos vuelve a subir a no sé qué ola transformándonos a todos en obligados surfistas. 

En los últimos meses he buscado una y otra vez una puerta giratoria que me permita irme y volver a placer a la realidad, pero no ha habido manera de encontrarla. 

Me cuesta entender que si un programador, probablemente muy joven, es capaz de crear un mundo con puerta de salida y entrada, no se le haya ocurrido lo mismo a un ser superior todopoderoso con más años de experiencia laboral que Jordi Hurtado. 

Así que he entrado en una crisis de fe que me ha obligado a aprender a relativizar las cosas para poder sobrevivir y seguir adelante. 

La primera conclusión a la que he llegado es que un virus es solo un virus y como ni tiene ni conciencia, ni razón, ni corazón, ni alma no tiene mucho sentido perder tiempo y energía poniéndole verde. 

No sé si las personas que se marchan de Twitter es porque están cansadas, tristes o deprimidas y creen que es culpa del virus. Puede ser que sea eso, pero en mi caso la segunda conclusión a la que he llegado en mi proceso de conocer todo lo que me está agotando realmente es que mi cansancio no es de origen vírico, es de origen humano. Lo que me quita la energía vital es el olor corporal que están desprendiendo algunas personas. 

No sé si esas personas a diferencia del virus si tienen conciencia, razón, corazón o alma, pero lo que sí sé es que huelen mal. ¡Huelen muy mal! 

Porque no sé yo cuánto gel hidroalcohólico estarán gastando para disimular la peste esas personas que van por la vida real vestidos de personas normales mientras llevan las manos escondidas en los bolsillos llenas de mierda. 

Si a ratos quiero cerrar mi cuenta de la realidad y desaparecer un rato es porque la vida es una red social gigante en la que hay empresarios que mandan a sus trabajadores a un ERTE y luego les obligan a trabajar igualmente. 

Porque hay políticos de países en los que están dispuestos a que no se repartan fondos para ayudar a los ciudadanos si les obligan antes a acatar las mínimas normas democráticas. 

Porque hay políticos en mí país, que después de llevar años privatizando la Sanidad, aún en estas circunstancias, siguen pensando y actuando como si fuera un juguete con el que dar satisfacción económica a su grupo de amigos. 

Porque no hemos salido mejores de todo este desastre que nos ha tocado vivir. Ni siquiera nos hemos quedado como estábamos antes. No es que hasta el año 2019 fuésemos una sociedad de ensueño, pero al menos parecía que íbamos manteniendo la compostura. 

La existencia de una crisis colectiva no ha repartido empatía ni ganas de tejer redes. Al contrario, ha sacado la alimaña que muchos tenían escondida y ahí se ha quedado, suelta y con hambre dispuesta a alimentarse del primero que se le cruce por medio y si el que aparece está indefenso y vulnerable parece que incluso será mejor porque las presas débiles son más fáciles de cazar. 

En fin, supongo que tendré que asumir con resignación y humildad mi crisis de fe y cuando el cansancio apriete mucho lo mejor será centrarse en las redes sociales, ya que al menos en ellas se puede cerrar y volver a abrir la cuenta a demanda y sin consecuencias. 

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