Programa de desorden absoluto

En esta obra Vergès pone especial énfasis en la manera en que los museos, particularmente emblemas como el Louvre, han desempeñado un papel central en el proyecto colonial europeo.

Por Dani Seixo | 19/10/2024

En su publicación «Programa de desorden absoluto: Descolonizar el museo», la autora francesa Françoise Vergès nos entrega una herramienta contundente y necesaria contra la hasta ahora inamovible institución del museo occidental, desenmascarando con ella su supuesto papel neutral como espacio cultural y educativo global. Desde una clara perspectiva decolonial, Vergès señala a lo largo de los capítulos que componen este volumen que estos museos son en realidad artefactos del colonialismo y la rapiña, herramientas históricas con las que Europa, mediante la violencia y la explotación, consolidó su poder global y su hegemonía cultural. No son simplemente lugares donde se preserva el patrimonio de la humanidad para su difusión, sino dispositivos de poder que refuerzan la narrativa de una Europa autoerigida como la guardiana del conocimiento universal frente a la supuesta barbarie del Sur global. Esta auto-otorgada universalidad, como Vergès denuncia, es en realidad un acto de apropiación cultural, una manera de enmascarar el despojo de los pueblos colonizados, cuyas culturas, arte y bienes fueron arrebatados y encerrados en vitrinas ajenas a su propia experiencia y legado cultural.

En esta obra Vergès pone especial énfasis en la manera en que los museos, particularmente emblemas como el Louvre, han desempeñado un papel central en el proyecto colonial europeo. Estos espacios no solo albergan objetos expoliados de otros territorios, sino que también son instrumentos ideológicos utilizados para perpetuar y difundir una narrativa eurocéntrica del mundo. Los objetos que se exponen en los museos occidentales no son solo vestigios de otras culturas, sino fragmentos robados, muestras de culturas sometidas militarmente y presentadas de manera fragmentaria y descontextualizada para lograr imponer el relato de los vencedores. El museo convierte estos objetos en meras piezas estéticas, eliminando cualquier rastro de la violencia, la resistencia y la memoria viva que acompaña a esos bienes. De este modo se crea un relato que coloca a Europa como el faro del saber y la civilización, mientras invisibiliza el saqueo y la destrucción que hicieron posible su prosperidad.

Otro de los puntos centrales de la profunda crítica de Vergès, es su desconfianza hacia los intentos de reformar los museos desde dentro. En demasiadas ocasiones los proyectos que buscan «diversificar» o «incluir» más voces y narrativas dentro del museo, únicamente terminan suponiendo gestos simbólicos, cínicas concesiones que nunca llegan a desafiar la estructura colonial de la propia institución. Estos intentos de subvertir el museo desde dentro acostumbran a fracasar al no abordar los fundamentos de poder y dominación sobre los que se erigen. Vergès sostiene en este título publicado por la editorial Akal, que estos esfuerzos son insuficientes, ya que el museo en sí es un espacio creado para perpetuar las jerarquías coloniales, y cualquier reforma superficial sigue reproduciendo las mismas lógicas imperialistas. La descolonización, tal como la entiende la autora, no es una cuestión de añadir nuevas voces a un sistema injusto, sino de transformar radicalmente la manera en que nos relacionamos con el patrimonio, la historia y el saber.

El proyecto de desorden absoluto que propone Vergès no es solo una reestructuración del museo, sino una profunda ruptura epistemológica que desafíe las jerarquías de poder y las estructuras coloniales en todos los aspectos de la vida. En este sentido, descolonizar el museo no es solo un objetivo cultural, sino un componente esencial de una lucha más amplia por un mundo sin imposiciones coloniales. Inspirado en las luchas del Sur Global, este último libro de Vergés nos invita a repensar el lugar del museo en nuestras sociedades y a imaginar un mundo que se proyecte en ellos como una realidad de conocimiento y el patrimonio compartido, que no sean herramientas de opresión, sino de liberación y resistencia.

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