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El capitalismo tiene una extraordinaria capacidad para convertir lo indispensable en invisible, para transformar la tierra que nos rodea en meros recursos explotables.
Por Dani Seixo | 30/09/2026
Es realmente temprano y en la habitación de al lado hay una mujer que ya está de pie. No la ves. No la verás. Cuando llegues a la oficina, quizás a las ocho, el suelo estará ya brillante, las papeleras vacías, los cristales sin una sola huella. Y parecerá que nadie ha hecho nada, parecerá que las cosas permanecen limpias por naturaleza, como por arte de magia. Pero alguien ha fregado, ha vaciado la basura, ha clasificado los papeles encima de la mesa y ha tirado los restos de la reunión de anoche. Alguien ha puesto su cuerpo para que tú puedas sentarte a trabajar sin pensar en la mierda que produces.
El capitalismo tiene una extraordinaria capacidad para convertir lo indispensable en invisible, para transformar la tierra que nos rodea en meros recursos explotables. Comemos, pero desaparece quien produce los alimentos, vivimos en edificios limpios, pero desaparece quien los limpia, utilizamos hospitales, escuelas, oficinas y transportes, pero rara vez pensamos en la enorme cantidad de trabajo necesario para que todos esos espacios puedan funcionar con total normalidad. La sociedad capitalista presenta como naturales unas condiciones de vida que, en realidad, son el resultado de una gigantesca cantidad de trabajo humano. Y para ello, resulta necesario cargar todo este peso sobre la espalda de determinados cuerpos.
Por un mundo más limpio. Vidas desperdiciadas, medio ambiente desperdiciado y capitalismo racial, de Françoise Vergès, publicado por Akal, parte precisamente de ahí. No pretende descubrir una cuestión exótica escondida en los márgenes del capitalismo, sino que hace algo bastante más incómodo: obliga a mirar aquello que el propio funcionamiento del sistema necesita mantener fuera de nuestra vista.
Limpiar es trabajar. Y que una tarea sea imprescindible para la reproducción cotidiana de millones de personas no significa que vaya a recibir reconocimiento, buenos salarios o condiciones dignas. Al contrario, una de las grandes contradicciones del capitalismo consiste precisamente en que puede depender absolutamente de determinados trabajos mientras los remunera y los considera socialmente como si fueran actividades secundarias.
La limpieza forma parte de esa infraestructura invisible de la explotación.
Una fábrica puede detenerse si nadie limpia sus instalaciones. Un hospital se convierte rápidamente en un lugar inhabitable sin trabajadores de limpieza y una empresa no puede mantener sus oficinas en funcionamiento indefinidamente sin alguien que recoja los residuos, desinfecte los baños o mantenga los espacios. Una familia asalariada tampoco puede reproducir cotidianamente su existencia sin dedicar enormes cantidades de tiempo a cocinar, lavar, ordenar y cuidar.
El capitalismo, sin embargo, procura pagar lo menos posible por todo aquello que necesita para reproducirse. Y esto se aplica de forma idéntica a nuestros hogares, nuestros centros de trabajo o a la división Norte-Sur
Y es que esa relación de clase nunca está separada de otras formas históricas de dominación.
Vergès muestra cómo la división del trabajo se encuentra profundamente atravesada por el colonialismo y el racismo. Las sociedades capitalistas europeas no construyeron únicamente mercados y fábricas. Construyeron también jerarquías entre pueblos, territorios y cuerpos. La colonización permitió apropiarse de tierras y recursos, imponer relaciones de trabajo y construir una división internacional en la que determinados territorios quedaron subordinados a las necesidades de acumulación de otros.
Todavía hoy las trabajadoras racializadas ocupan una posición fundamental en sectores relacionados con la limpieza, los cuidados y la reproducción. No porque exista una supuesta inclinación cultural o natural hacia determinadas tareas, sino porque las relaciones históricas de clase, género y raza producen una oferta de fuerza de trabajo que puede ser explotada en condiciones especialmente desfavorables.
La cuestión fundamental no es, por tanto, que existan «trabajos sucios». La cuestión es quién acaba realizándolos y por qué esos trabajos pueden mantenerse mal pagados, precarizados y socialmente invisibilizados.
La ideología burguesa presenta frecuentemente esta situación como una suma de decisiones individuales. Una persona «elige» trabajar limpiando, mientras que otra «elige» contratarla. Pero esa apariencia de libertad oculta una desigualdad material evidente. Quien posee recursos puede comprar tiempo ajeno. Quien carece de ellos vende su fuerza de trabajo. La libertad jurídica de ambas partes no elimina la desigualdad económica que estructura su relación.
Per la suciedad no es simplemente aquello que se encuentra en un suelo o en una pared, sino que también supone una categoría social. Las sociedades capitalistas han producido históricamente determinados cuerpos asociados a la suciedad, al peligro, al mal olor o a la contaminación. El racismo no opera únicamente mediante leyes o instituciones explícitamente racistas, también puede reproducirse mediante percepciones aparentemente triviales: quién parece fuera de lugar en determinados espacios, quién es considerado limpio o respetable y quién es asociado con aquello que debe mantenerse apartado.
El trabajo doméstico constituye otra expresión fundamental de esta contradicción. El capitalismo heredó y reforzó una división sexual del trabajo que permitió descargar enormes cantidades de trabajo necesario sobre las mujeres sin reconocerlo como trabajo productivo en sentido económico. Cocinar, lavar, criar, limpiar y cuidar fueron presentados durante generaciones como obligaciones familiares, naturales o afectivas.
La ideología patriarcal hizo posible así una operación extraordinariamente rentable: obtener trabajo prácticamente gratuito. Y esta cuestión conduce directamente al problema ecológico:
El capitalismo no solamente explota a los trabajadores, sino que también transforma la naturaleza en un conjunto de recursos disponibles para la acumulación. Tierra, agua, bosques, minerales y energía son incorporados a circuitos de producción y beneficio. Cuando algo no puede convertirse inmediatamente en mercancía, el capital encuentra mecanismos para apropiárselo, cercarlo o someterlo a sus necesidades.
La ecología, por tanto, no puede reducirse a una cuestión de consumo individual.
Decirle a la población que recicle, que compre productos «verdes» o que reduzca su consumo puede desplazar la responsabilidad hacia el individuo mientras se mantiene intacta la estructura económica que determina cómo se produce. El problema fundamental no es solamente qué producto compra una persona, sino qué relaciones sociales determinan su producción, qué recursos consume, quién obtiene el beneficio y quién soporta sus costes.
El capitalismo tiene una capacidad notable para transformar incluso su propia crítica en mercancía. La crisis ecológica puede convertirse en un nuevo campo de inversión. Aparecen mercados verdes, tecnologías sostenibles, productos ecológicos y discursos empresariales sobre responsabilidad ambiental, pero una economía organizada alrededor de la acumulación no deja de estar organizada alrededor de la acumulación porque cambie el color de su publicidad.
Por eso debemos preguntarnos:
¿Quién contamina? ¿Quién se beneficia? ¿Quién trabaja en las industrias contaminantes? ¿Dónde se localizan los residuos? ¿Qué poblaciones viven junto a las infraestructuras más dañinas? ¿Quién dispone de recursos para escapar del desastre inminente?
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