Poesía crítica | La Lozana andaluza

Una atalaya

se construye hacia lo alto.

Muy arriba.

Aunque si se mira desde abajo

aparece muy pequeña a la vista.

Se puede colocar a mucha distancia

de la tierra

o junto a una nube en el cielo.

 

Una atalaya

se levanta para vigilar

grandes extensiones de poder

y avisar con presteza

sobre un peligro o amenaza

que se acerca desde el pueblo,

justo antes del amanecer.

 

Esa torre erguida y de alto porte

fija sus raíces en el Arroyo de la Miel.

 

Celia, muy fresca y lozana ella,

crece acorde a los tiempos,

y cuando se hace mayor, decide

vivir de un sueldo bien exprimido

y acorde a sus pasatiempos.

 

Avanza con paso firme

hacia un retiro dorado.

 

La piel, curtida entre escaños

de cuero imputrescible

y los dedos adaptados a una Tablet

cubierta de juegos y proyectos,

instalados con la desvergüenza

de unos consejos ofertados

por quien vive tan alto, tan lejos,

son la herramienta de trabajo idónea

para resetear el bienestar

del que espera paciente

en el crepúsculo del día,

a la sombra del hogar.

 

Una alerta

frente a la incursión berberisca.

Un aviso

para colocar la bandera de España

sobre una muralla de espinos

encorvada bajo el peso del expolio

perpetrado junto al Tajo,

en una mañana oscura,

sobre una tierra agarrotada …

… abarrotada por la nada.

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