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Es un patrón. Cuando el denunciado es un cargo político, un compañero de filas, un hombre con capital simbólico, la maquinaria se engrasa hacia el archivo, la absolución o la nada.
Por Isabel Durán Báez | 11/02/2026
La Fiscalía pide la absolución. No porque no haya hechos, sino porque —otra vez— los hechos no son constitutivos de delito. La fórmula es vieja, conocida, casi ritual. En cuanto el acusado pertenece al mismo ecosistema institucional que quien juzga, el Derecho se vuelve elástico, interpretativo, comprensivo. Perro no come perro.
La retirada de la denuncia por parte de Elisa Mouliaá, alegando motivos de salud mental, no debería sorprender a nadie. Es el final previsible de un proceso en el que la carga no recae sobre el presunto agresor, sino sobre la mujer que denuncia. Exposición pública, sospecha permanente, disección de su vida, de su coherencia, de su estabilidad emocional. El sistema no pregunta qué pasó; pregunta si ella es creíble. Y casi nunca lo es.
La Fiscalía no dice que los hechos no ocurrieran. Dice algo mucho más perverso: que aunque ocurrieran, no encajan. No entran en el molde penal estrecho que protege más al agresor potencial que a la víctima real. Un molde diseñado por hombres, aplicado por hombres y defendido por hombres que saben que mañana podrían estar al otro lado.
Porque este no es un caso aislado ni una excepción incómoda. Es un patrón. Cuando el denunciado es un cargo político, un compañero de filas, un hombre con capital simbólico, la maquinaria se engrasa hacia el archivo, la absolución o la nada. El mensaje es claro: denuncia si quieres, pero perderás. Y lo pagarás caro.
Mientras tanto, el discurso oficial sigue hablando de avances, de leyes pioneras, de compromiso feminista. Pero en cuanto el feminismo deja de ser consigna y empieza a señalar a los suyos, se convierte en un estorbo. Entonces aparece el buenismo jurídico, la prudencia institucional, la neutralidad impostada. Entonces, perro no come perro.
El resultado no es solo la impunidad de hoy, sino el silencio de mañana. Cada archivo es una advertencia a las que vienen detrás. Cada absolución sin reparación es un triunfo del orden establecido. Y cada vez que el sistema protege a uno de los suyos, deja claro para quién existe la justicia… y para quién no.
Porque no nos engañemos: no es que falten pruebas. Falta voluntad.
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