Pakistán, otro paso firme en el abismo

El pecado original del régimen de Sharif sigue siendo la forzada salida del primer ministro, Imran Khan. Él ahora se encuentra detenido en una prisión de alta seguridad, a pesar de su complejo estado de salud.

Por Guadi Calvo | 13/10/2026

Desde que forzaron la salida del primer ministro Imran Khan en abril del 2022, acusado de corrupción, un plan ejecutado entre la embajada norteamericana de Islamabad, el Ejército, un Estado en sí mismo dentro del país y el entramado político-empresarial-judicial, que históricamente han jugado como peones de Washington. Esta triada no ha hecho más que poner parches sobre parches, sin resolver ninguno de los graves problemas de los 240 millones de pakistaníes: Comenzando con la seguridad, que es no solo interna, sino que incluye a sus dos principales vecinos: al norte, Afganistán, su frontera conocida como la Línea Durand de más de 2500 kilómetros, trazada por los británicos en 1893, nunca fue reconocida oficialmente por Kabul; y al sureste, la Línea Radcliffe de más de tres mil kilómetros, trazada con suma urgencia y absoluta ignorancia de lo que tenía en su mesa de trabajo por el abogado Cyril Radcliffe, momentos antes de la partición del Raj Británico (India y Pakistán) en 1947. Aquella combinación de impericia y apuro sigue hasta hoy cobrando sus consecuencias con permanentes conatos de guerra, como las que ya hubo en 1948, 1965, 1971 y 1999, a lo que hay que agregar la del año pasado, de lo que se creyó ser uno más de los roces que se producen prácticamente de manera diaria; estuvo a centímetros de derivar en un conflicto de consecuencias imprevisibles, ya que ambas naciones cuentan con arsenales nucleares.

Si bien un choque de esa magnitud, en este contexto, es poco probable que se dé, tanto Nueva Delhi como Islamabad juegan con sus próxis.

Los indios utilizando no solo a los talibanes afganos, con los que el gobierno de Shahbaz Sharif está en una guerra de baja intensidad desde fines de febrero, y los movimientos separatistas de los grupos étnicos de Pakistán, baluchis del Frente de Liberación de Baluchistán (BLA) y los pashtunes del Tehrik-e Taliban Pakistan (TTP), ambas organizaciones financiadas en parte por el RAW (Research and Analysis Wing), la agencia de inteligencia exterior india. Lo que, según el representante permanente de Pakistán ante las Naciones Unidas, el embajador Asim Iftikhar Ahmad, informó al Consejo de Seguridad de la ONU el mes pasado: “El terrorismo procedente de Afganistán ha causado la muerte de 4.700 paquistaníes en tres años”. Agregando que la situación se “veía agravada por actores externos que apoyaban a grupos interpuestos dentro de Afganistán”, en obvia referencia a India, para operar en su país y otras naciones vecinas, mientras que el gobierno de mullahs no había actuado contra esas organizaciones. Instando a la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) a informar acerca del tráfico ilegal de armas pequeñas y ligeras y del blanqueo de dinero a través de redes de transferencia marginales conocidas como hawala (cambiar), un modo muy utilizado en el contexto del islāmico.

Mientras que Islamabad lo hace a través de Cachemira, donde la inteligencia pakistaní, el Inter-Services Intelligence (ISI), opera junto a grupos camuflados de fundamentalistas musulmanes dentro de la Cachemira india, al tiempo que ha comenzado a mover sus fichas en Bangladesh después del golpe de agosto de 2024 contra la primera ministra, Sheikh Hasina, a quien justamente Narendra Modi, el primer ministro indio, ha dado asilo.

India es el principal problema de Pakistán. Su crónico y estructural déficit democrático ha permitido índices monumentales de corrupción, sostenidos y abastecidos por la casta militar. Esto ha llevado a que el país con la mayor población islámica del mundo se convierta en uno de los principales deudores del FMI, después de Argentina, Egipto y Ucrania.

El pecado original del régimen de Sharif sigue siendo la forzada salida del primer ministro, Imran Khan. Él ahora se encuentra detenido en una prisión de alta seguridad, a pesar de su complejo estado de salud. Meses después de su destitución, intentaron asesinarlo por un marginal absoluto, inexperto y mal pagado, en medio de una multitudinaria caravana de apoyo en noviembre del mismo año de su derrocamiento. Cualquier similitud con el caso de la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, no es casualidad, solo falta de buenos guionistas en el Departamento de Estado.

El indeleble estigma colonial

En este contexto degenerativo que vive Pakistán (Tierra de los Puros), que, en verdad, recordemos, ha sido la creación artificiosa de una nación para los musulmanes, que se sospechaba no iban a tener espacio en una India hinduista después de la huida de los británicos, proceso que se conoce como la partición y que dejó muy mal contados entre dos y tres millones de muertos.

Ese Pakistán soñado por Muhammad Ali Jinnah, el Baba-e-Qaum. (En urdu, padre de la nación), junto a la Liga Musulmana, se construyó sobre naciones de características étnicas y culturales muy diversas, que más allá de haber habitado por siglos las mismas regiones jamás se unificaron, y que en su mayoría incluso han quedado divididas por los trazos espasmódicos de los Durand y los Radcliffe.

Los baluchis se quedaron entre Pakistán, Irán y Afganistán, mientras los pashtunes entre Afganistán y Pakistán y los punyabíes entre estos últimos e India. Además de grupos más pequeños, como los brahuis, sindh y saraikis, que se ubican en distintas regiones.

Esta creación forzada, algo similar sucedió con Afganistán, que surgió como un estado tapón en lo que se conoció como el “Gran Juego” entre el imperio ruso y el británico, que así intentaba defender India de las apetencias de Moscú durante el siglo XIX. No ha terminado de ninguna manera con las voluntades de estos pueblos de consolidar sus naciones como estados independientes, por caso como el Pashtunistán, que incluye a los pashtunes de ambos lados de la línea Durand. Algo equivalente, aunque más marcado, sucede con Baluchistán, y en menor escala con otras etnias como los punyabíes, que de alguna manera controlan Pakistán desde el comienzo gracias a su cerca de 45 por ciento de la población, que les ha permitido entrar en un proceso conocido como la “punyabización”, ocupando los lugares centrales en la estructura gubernamental y militar, responsables principales de la remoción de Imran Khan, de hecho un pashtún de la provincia de Punyab, por él que sus seguidores han comenzado una cadena de marchas y protestas, en busca de que se atienda con la urgencia del caso su salud, y que finalmente sea liberado.

En el marco de estas movilizaciones, las suelen ser extremadamente numerosas y, en previsión de que se dirijan a Islamabad, desde fines del mes pasado la capital ha sido militarizada y sus accesos terrestres bloqueados (Ver: Pakistán, el peor socio posible). La marcha por la liberación de Khan había comenzado en Khyber Pakhtunkhwa el pasado cuatro de octubre, ampliando las tensiones entre la sociedad civil y el gobierno de Sharif, cuyo apoyo se reduce al del ejército y el Establishment, mientras la embajada norteamericana parece no querer inmiscuirse en esta ocasión.

El gobierno de Sharif, ahogado por las protestas y sabiendo que no puede reprimir con la violencia de la que es capaz de ejecutar, ya que está siendo observado por el mundo en espera de una definición concreta de su participación o no en la guerra de Arabia Saudita contra los houthies yemeníes, en el marco del Acuerdo de Defensa Conjunta de la Meca, el partido de Khan, el Pakistan Tehreek-e-Insaf (PTI, Movimiento por la Justicia de Pakistán), denunció que el gobierno central dispuso el “estado de emergencia” para Khyber Pakhtunkhwa (K-P), la provincia noroccidental fronteriza con Afganistán, considerada el corazón del universo pashtún que estaba en manos del PTI, y definió la situación como un “golpe de Estado encubierto”.

Por lo que a partir del día once de octubre el gobierno provincial se encuentra bajo el control de un gobernador impuesto por Islamabad, mientras que los partidarios del PTI continúan con las protestas exigiendo la liberación de Khan.
Se conoció que el Primer Ministro (gobernador) provincial, en representación del gobierno federal, ejercerá los roles de las instituciones y funcionarios, mientras que todos los funcionarios y asesores del gobierno destituido cesarán en sus funciones. Mientras se ha lanzado una cacería de militantes del PTI, de los que se sabe ya hay cientos de detenidos.
Sharif ya había criticado en varias oportunidades al gobierno provincial del PTI por sus políticas antiterroristas, función que en verdad está en la órbita del gobierno federal, que parece haber dado otro paso firme en el abismo.


Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. 

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