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Nosotros también hemos perdido cosas, la fe, sí, pero también la confianza en las instituciones, la creencia en el progreso, la certeza de que el esfuerzo conduce a algún lugar, y la mayoría tampoco lo hemos vivido con gran asombro.
Por Isabel Ginés | 11/03/2026
«Ya no creo en Dios», me dije sin gran asombro. Era una evidencia: de haber creído en él no hubiera aceptado alegremente ofenderlo. Siempre había pensado que frente al precio de la eternidad este mundo no contaba; contaba puesto que yo lo quería y de pronto el que no pesaba en la balanza era Dios: para eso era necesario que su nombre sólo sufriera un espejismo. Desde hacía tiempo la idea que me hacía de él se había depurado, sublimado, hasta el punto que había perdido todo rostro, todo lazo concreto con la tierra, y poco a poco el ser mismo. Su perfección excluía su realidad. Por eso me sorprendí tan poco cuando comprendí su ausencia en el corazón y en el cielo. No lo negué para liberarme de un importuno: por el contrario, advertí que ya no intervenía en mi vida y comprendí que había dejado de existir para mí”.
Simone de Beauvoir, fragmento Plenitud de la vida.
Hay algo que llama la atención en este párrafo antes incluso de entender lo que dice y es el tono. Beauvoir anuncia que ha dejado de creer en Dios y lo hace con la misma calma con la que uno constata que se ha terminado el café. Sin gran asombro, un tramite más. No hay angustia, no hay alivio, no hay rebelión. Solo el reconocimiento sereno de algo que ya había ocurrido mucho antes de que encontrara las palabras para nombrarlo.
Eso es lo primero que nos interpela desde hoy, no el hecho de que perdiera la fe, sino la manera. Porque nosotros también hemos perdido cosas, la fe, sí, pero también la confianza en las instituciones, la creencia en el progreso, la certeza de que el esfuerzo conduce a algún lugar, y la mayoría tampoco lo hemos vivido con gran asombro. Lo hemos vivido, simplemente, como el estado natural de las cosas.
La diferencia es que Beauvoir sabía lo que había perdido. Nosotros, muchas veces, ni eso.
Vivimos en una época de desesperanza difusa. No la desesperanza dramática de quien ha apostado todo a algo y lo ha visto derrumbarse esa, al menos, tiene dignidad, tiene historia, sino una desesperanza más cotidiana y más insidiosa esa de la de quien nunca apostó del todo a nada porque aprender a no apostar pareció, desde el principio, la postura más inteligente.
Lo llamamos lucidez. Decimos que no nos hacemos ilusiones, que no somos ingenuos, que ya sabemos cómo funciona esto. Y hay algo de verdad en esa postura ya que hemos visto suficientes promesas incumplidas, suficientes ídolos caídos, suficientes causas que se corrompieron antes de llegar a ningún sitio. La desconfianza no es gratuita; tiene sus razones.
Pero Beauvoir hace una distinción que vale la pena detenerse a considerar. Ella no niega a Dios para liberarse de un importuno. No lo expulsa porque le moleste, porque le impida hacer lo que quiere, porque resulte incómodo. Lo pierde porque, al mirarlo de frente con honestidad, descubre que ya no está. Y esa diferencia — entre rechazar algo activamente y simplemente constatar su ausencia— define dos actitudes ante la vida que no son iguales.
Rechazar algo implica haberlo tomado en serio. Constatar una ausencia puede ser, simplemente, no haber estado nunca del todo presente.
La desesperanza contemporánea se parece más a lo segundo. No hemos peleado contra nada ni hemos perdido nada en combate. Hemos llegado ya a un mundo que se presentaba a sí mismo como postilusorio, y hemos aceptado esa descripción sin haberla ganado.
Lo que describe Beauvoir en su proceso de pérdida de fe es un mecanismo que reconocemos, aunque lo apliquemos a otras cosas. Dice que fue depurando y sublimando la idea de Dios, quitándole todo rostro concreto, todo lazo con la tierra, hasta que no quedó nada. La perfección del concepto acabó con la realidad del ser.
Nosotros hacemos eso con casi todo lo que podría importarnos. Con el amor, del que esperamos tanto que cualquier cosa real resulta insuficiente. Con el trabajo, del que queremos que sea vocación y pasión y propósito y sustento económico y comunidad, y que acaba siendo, con tanto peso encima, algo que inevitablemente defrauda. El capitalismo ahogándote y pisándote el cuello, Con la política, a la que pedimos representación perfecta y cuando no la encontramos concluimos que toda política es corrupción o promeses incumplidas o una guerra de fango terrible. Y entonces decimos que todo es una decepción, cuando en verdad hemos construido criterios que ninguna cosa concreta puede cumplir.
Beauvoir llega a la conclusión de que Dios no existe para ella. Nosotros llegamos a la conclusión de que nada merece la pena, que es algo muy distinto. Ella encuentra libertad en la ausencia. Nosotros encontramos, con demasiada frecuencia, parálisis.
Hay una frase en el fragmento que debería leerse despacio: contaba puesto que yo lo quería. El mundo importa porque ella lo quiere. No porque sea perfecto, no porque cumpla ningún criterio previo, sino por el hecho bruto y suficiente del deseo. Quiero este mundo, luego este mundo cuenta.
Esa frase es, en su sencillez, profundamente contracultural en este momento. Porque el gesto más común que vemos a nuestro alrededor es el contrario, el mundo no cuenta porque no es lo que debería ser, porque me ha decepcionado, porque no está a la altura de lo que esperaba o de lo que merecería. La relación con la realidad se vuelve una lista de agravios.
Beauvoir no dice que el mundo sea bueno. Dice que lo quiere. Y de ese querer — no de ninguna garantía exterior, no de ninguna promesa divina— extrae la única razón que necesita para habitarlo.
Eso es lo que la desesperanza contemporánea ha perdido: no la fe en Dios, sino la capacidad de querer las cosas concretas sin que ese querer necesite estar respaldado por algo más grande. Hemos aprendido a esperar que las cosas nos convenzan antes de comprometernos con ellas. Y las cosas, que son imperfectas y frágiles y temporales, rara vez convencen a quien necesita ser convencido.
Beauvoir pierde la fe, pero no pierde la exigencia. Eso es quizás lo más extraño de este texto leído desde hoy que es la solemnidad con la que lo trata. Una mujer de veinte años descubre que ya no cree en Dios y siente que eso le impone algo una responsabilidad, una honestidad, una manera de estar en el mundo que ya no puede delegar en ninguna instancia superior.
Nosotros hemos llegado a la misma falta de fe en Dios, en las instituciones, en los grandes relatos pero sin esa solemnidad. La hemos llegado a tratar como el punto de partida cómodo desde el que no hay que hacer nada, porque para qué. Si todo es relativo, si todo decepcionará, si al final nada cambia realmente, entonces la postura más razonable parece ser la de gestionar las expectativas y protegerse de cualquier cosa que pudiera dolernos.
Pero la ausencia de fe no libera automáticamente a nadie. Libera a quien, como
Beauvoir, la reemplaza por algo igualmente serio: la responsabilidad propia, el compromiso con el mundo concreto, la decisión de querer las cosas a pesar de, o precisamente por su imperfección.
Sin eso, la ausencia de fe no es libertad. Es simplemente un hueco.
Beauvoir escribe: «advertí que ya no intervenía en mi vida». La pregunta que nos deja ese fragmento, años después, es esta: si tampoco interviene nada en la nuestra —ni Dios, ni el sistema, ni ninguna promesa—, ¿qué somos nosotros los que intervenimos?
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