Nos siguen matando y quienes deberían protegernos siguen mirando hacia otro lado: todos los partidos son responsables

Todos los partidos han decidido que es preferible no incomodar a los proxenetas, no molestar a los consumidores de pornografía, no cuestionar la explotación reproductiva, no enfrentarse a la cultura de la dominación masculina.

Por Isabel Durán Báez | 11/12/2025

Los últimos asesinatos machistas no son un accidente ni una anomalía. Son la consecuencia directa de décadas de cobardía política, de parches, de postureo institucional y de una clase dirigente que vive más cómoda haciendo campañas moradas que abordando el monstruo estructural del patriarcado.  Aquí ya no cabe hablar de “errores”, “fallos”, “protocolos mejorables” ni de “avances”. Lo que hay es una cadena de muertes sostenida por la negligencia política de todos los partidos, de la A a la Z, sin excepción. Todos se llenan la boca de igualdad, pero ninguno ha tenido la valentía de hacer lo que salvaría vidas.

Tenemos una clase política que compite por el eslogan mientras las mujeres mueren. Cada nueva muerte desata lo mismo: Discursos vacíos, tweets indignados, minutos de silencio, declaraciones solemnes que no significan nada. En cuanto los focos se apagan, la maquinaria política vuelve a su rutina: pelea de sillones, insulto cruzado, cálculo electoral, “gestos”, migajas y humo. Ni unos ni otros han querido enfrentar el núcleo del problema porque resulta incómodo, porque les resta votos, porque exige valentía. Todos han participado en esta gran mentira consensuada: el ritual de aparentar que se hace algo sin hacer absolutamente nada que cambie la realidad.

La violencia machista crece porque se alimenta de sus renuncias. Cada feminicidio tiene muchos responsables además del asesino. Responsables por inacción, por falta de recursos, por políticas tibias, por discursos hipócritas, por mantener intacto el sistema que permite que un hombre siga creyendo que tiene derecho a matar a una mujer. Todos los partidos han decidido que es preferible no incomodar a los proxenetas, no molestar a los consumidores de pornografía, no cuestionar la explotación reproductiva, no enfrentarse a la cultura de la dominación masculina. Prefieren quedar bien antes que proteger. Prefieren la foto antes que la reforma. Prefieren el gesto antes que el conflicto real con la raíz patriarcal.

Hipócritas de izquierda, derecha y centro: todos han fallado

Da igual el color del cartel electoral. Cambian los discursos, cambian los logos, cambian los eslóganes… pero la realidad permanece idéntica. Ni uno ha impulsado la abolición efectiva de la prostitución, sabiendo que es el núcleo de la violencia machista organizada. Ni uno ha puesto freno a la pornografía, la mayor escuela de violencia sexual del siglo XXI.  Ni uno ha propuesto una legislación con fuerza contra los vientres de alquiler, una industria que cosifica el cuerpo de mujeres vulnerables.  Ni uno ha garantizado protección inmediata y real para las mujeres en riesgo.  Ni uno ha convertido la igualdad en prioridad central y no en eslogan electoral.

Todos los partidos, absolutamente todos, llevan años contentándose con gestos simbólicos, campañas publicitarias, talleres de una hora en colegios y leyes llenas de agujeros. Son corresponsables de cada asesinato porque han permitido que el patriarcado se mantenga intacto.

Muertes, orfandad y un país que normaliza la barbarie

Mientras ellos se tiran los trastos a la cabeza, las mujeres siguen siendo asesinadas de formas insoportablemente violentas. Asesinadas delante de sus hijos, acuchilladas, quemadas, estranguladas, golpeadas hasta la muerte, perseguidas porque intentaron escapar. Cada crimen es un recordatorio brutal: las mujeres estamos viviendo en un país que acepta la violencia machista como un daño colateral tolerable.  Y esa aceptación social no brota sola: se cultiva en la pasividad institucional, en la relativización política, en la cobardía legislativa.

El feminismo lo tiene claro: o se combaten las estructuras o seguirá habiendo muertas. No se trata de mejorar estadísticas. Se trata de impedir que un solo agresor tenga legitimidad cultural para ejercer violencia. Eso exige medidas que ningún partido ha querido asumir: abolición total del sistema prostitucional y pornográfico. Sin ambigüedades, sin discursos de “libertad de elección”, sin protección al proxenetismo disfrazado de “industria”. Hace falta protección inmediata, real y sin burocracia. Una mujer en peligro debe ser protegida ya, no dentro de tres semanas. Es necesaria educación que desmonte el género, no que lo repita. Nada de talleres superficiales. Formación profunda, continua y abolicionista.

Se debe poner el foco en la responsabilidad del agresor, no de la víctima. Basta de discursos que criminalizan a las mujeres por no denunciar. Para ello es imprescindible valentía política y ruptura con el consenso complaciente. Basta de tratar la violencia machista como un accesorio político. Debe ser una prioridad nacional, no un apartado en los programas electorales.

La verdad incómoda: la igualdad no será real mientras la política siga siendo cobarde. Los asesinatos machistas aumentan porque la violencia estructural sigue intacta, porque ningún partido se atreve a enfrentarse a ella de verdad. Mientras la clase política siga eligiendo el aplauso fácil antes que las medidas duras, el país seguirá llenándose de velas, de fotografías en blanco y negro, de homenajes y de lutos. Y nosotras seguiremos en riesgo. La paz para las mujeres no vendrá de la mano de la política complaciente. Vendrá de la lucha feminista abolicionista, que no negocia con la violencia ni con sus cómplices.

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