‘No a la guerra’, pero ‘Sí a la OTAN’: la trampa de Pedro Sánchez

El pueblo español merece claridad y coherencia, no malabarismos discursivos por parte del gobierno.

Por Joan Balfegó | 7/03/2026

El gobierno de Pedro Sánchez ha vuelto a enarbolar la bandera del “No a la guerra”, un lema cargado de simbolismo histórico en la izquierda española. Sin embargo, al mismo tiempo, reafirma un rotundo “Sí a la OTAN”, exponiendo una contradicción que resulta insalvable en la práctica. España, como miembro pleno de la Alianza Atlántica desde 1982, está integrada en una estructura militar de carácter imperialista y jerárquico, dominada por Estados Unidos. Mientras permanezca en ella, está obligada a cumplir compromisos colectivos que, en momentos de crisis, chocan frontalmente con cualquier pretensión de neutralidad o pacifismo genuino.

El presidente intenta surfear esta contradicción apelando a un pacifismo retórico que suena bien en mítines y declaraciones institucionales, pero que se desmorona ante la realidad de las obligaciones aliadas. El “No a la guerra” se pronuncia con fuerza cuando se trata de rechazar operaciones directas de agresión —como ha hecho al negar el uso de las bases de Rota y Morón a Estados Unidos para sus ataques contra Irán—, pero se diluye rápidamente cuando la OTAN o la Unión Europea reclaman contribuciones “defensivas”.

La primera evidencia de esta cesión ha llegado a las pocas horas de aquella negativa. Por petición enmarcada en compromisos europeos y atlánticos, España ha enviado la fragata Cristóbal Colón (F-105), su buque más avanzado tecnológicamente en defensa antiaérea, hacia Chipre. El despliegue se integra en un grupo naval liderado por el portaaviones francés Charles de Gaulle, junto a otros buques griegos, con el objetivo declarado de proporcionar protección y defensa aérea a la isla mediterránea, tras ataques atribuidos a Irán (incluido el impacto de un dron en una base británica en Akrotiri). El Ministerio de Defensa lo presenta como una misión “estrictamente defensiva”, de solidaridad con un socio de la UE y refuerzo de su frontera oriental.

Margarita Robles ha insistido en diferenciar “misiones de ataque” de “misiones de defensa”, y Pedro Sánchez ha defendido el envío como compatible con el “No a la guerra”, argumentando que se trata de proteger a un aliado víctima del conflicto.

Pero esta distinción es puramente semántica. En un escenario de escalada bélica en Oriente Medio, donde las líneas entre defensa y ofensiva se difuminan con rapidez, cualquier despliegue naval en la zona contribuye a la dinámica del conflicto. Chipre no es miembro de la OTAN, pero el movimiento se alinea con los intereses estratégicos de la Alianza en el Mediterráneo oriental y refuerza la presencia militar europea en un teatro de operaciones ligado a la guerra más amplia. Es, en la práctica, una participación indirecta en el tablero geopolítico dominado por la OTAN, justo lo que el discurso pacifista pretende negar.

El pueblo español merece claridad y coherencia, no malabarismos discursivos. Si el gobierno realmente cree en un posicionamiento pacifista y no alineado, lo más coherente sería plantear la salida de la OTAN y el cierre de las bases estadounidenses en territorio nacional, que condicionan gravemente la soberanía española y atan al país a las decisiones estratégicas de Washington.

Curiosamente, el PSOE ya protagonizó un ejercicio similar en los años 80. Entonces, el partido de Felipe González impulsó la campaña “OTAN, de entrada NO”, que movilizó a cientos de miles de personas en contra de la integración en la Alianza. Tras el referéndum de 1986 —ganado por el “sí” con condiciones—, el lema mutó sutilmente y el PSOE pasó a defender la permanencia y la pertenencia plena. Hoy, en un contexto de nueva crisis internacional, el PSOE actual juega a dos bandas con un lema actualizado: “No a la guerra, Sí a la OTAN”. Un eslogan que pretende contentar el sentir pacifista mayoritario en la sociedad española mientras se mantienen intactos los compromisos atlánticos.

Este doble discurso no solo genera confusión, sino que debilita la credibilidad de cualquier apelación al pacifismo. La historia reciente demuestra que pertenecer a la OTAN implica, tarde o temprano, asumir riesgos y misiones que contradicen la neutralidad proclamada. El envío de la Cristóbal Colón a Chipre es solo el primer ejemplo visible de esta lógica inescapable. Si el gobierno quiere ser coherente con su retórica, debe ir más allá de los gestos simbólicos y abordar el debate de fondo: ¿puede España ser pacifista mientras forme parte de una alianza militar intervencionista? La respuesta, desde una perspectiva consecuente, apunta claramente hacia la salida de la OTAN y la recuperación de una soberanía plena en política exterior y de defensa.

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