El negocio del deporte va al paraíso, ¿a costa de qué y de quién?

Por Daniel Albarracín

Escribía Rafael Sanchez Ferlosio[1] por el año 1986 un ensayo breve en el que trataba, entre otros asuntos, el significado de los desafíos y la deportivización del yo en el mundo que vivimos. Contaba, básicamente, que el sentido de los logros y retos deviene cada vez más marca de nuestro yo, para elevar nuestra imagen al Olimpo. El reto se muestra así como mito, mientras lo importante era nuestro ego. Al mismo tiempo, sugería, que, para glorificar esos logros, se apelaba a los sacrificios que traía asociados. Para ello relataba la historia del transbordador Challenger, que aquel mismo año explotaba por los aires, dejando sin vida a sus siete tripulantes.

El mundo del deporte durante todo el siglo XX, y más todavía aún en nuestro siglo, ha desplazado otros motivos de atención, hasta el punto de ser el centro de las inquietudes de cada vez más parte de la población. Un entretenimiento, un espectáculo, una exaltación de los desafíos humanos para sondear sus límites, para presentar un simulacro de batallas heroicas bajo normas incruentas. La excitación popular en torno al deporte ha sido extraordinaria. Su atracción se multiplicó por varios factores: la promoción de algunos gobiernos en su día, y cada vez más, un negocio mundial en el que fondos de inversión, agentes, clubes galácticos mueven cifras astronómicas que, con excusa de los trofeos, contratarán jugadores-mercenario, arrojarán ingresos por retransmisión, publicidad e imagen, venta de camisetas, y venta de entradas.

Lejos quedan los juegos tradicionales, y las pachangas y partidos de barrio. Para casi todos los que algún día practicamos un deporte, nuestros años de juventud quedarán grabados en la memoria. Entonces tuvimos ocasión de jugar en el equipo del pueblo para las fiestas, cuando pasamos por equipos del colegio, municipales o de tercera regional, en los que tuvimos la fortuna de realizar una experiencia de formación, compañerismo, y entrenamiento. Ahora, cada vez más, el deporte se ha convertido en otra cosa. Hemos pasado a ser telespectadores, adoradores de ídolos y marcas registradas. Y los que siguen jugando, compiten hasta el extremo, soñando que su ego marcará sus glorias ante los suyos y los que no lo son, abandonando el sentido saludable, colectivo y recreador del deporte.

A la luz pública recientemente han aparecido los casos del FootballLeaks, que estudia los desmanes del “deporte rey”, pero que sin duda afecta a tantos otros deportes. Detrás de los focos de los estadios, y del aura de genialidad heroica de los grandes deportistas de élite, se trata de cifras millonarias de ingresos. Los grandes clubes tratan de acaparar a los astros con todos sus recursos disponibles. Nada parecería extraño en un mundo donde la ley de la oferta y la demanda parecen gobernarlo todo.

Lo que rebela a cada vez más personas es haber convertido al juego en mercancía, a los jugadores en mercenarios, y a los equipos en grandes marcas, como práctica generalizada que está detrás de todo este atractivo teatro.

Países que establecen regímenes fiscales favorables, como el español, que ya reguló ad hoc la archiconocida Ley Beckham; paraísos fiscales que aceptan empresas pantalla para recibir ingentes fortunas para que paguen impuestos a niveles ínfimos; tramas de agentes que construyen arquitecturas societarias para desviar capitales de los ingresos de la publicidad y de otras remuneraciones de los grandes jugadores; fondos de inversión, de orígenes cada vez más exóticos, como Doyen Sport o Wanda, que manejan círculos de ojeadores, agentes, como Jorge Mendes, y representantes de clubes para, mediante mordidas, dominar los tejes manejes del mercado de fichajes e incluso clubes enteros; alcaldes, muchas veces empresarios, que en su día exoneraban a los clubes de su ciudad, o que les facilitaban concesiones para especular con los terrenos municipales, para dar viabilidad y rentabilidad a los equipos de su localidad, haciendo posible pelotazos…

Todas estas cosas parecería cosa de negocios que apenas tienen nada que ver con nuestras vidas, que son chiquilladas propias de piratas que, al fin y al cabo, nos permiten el regalo del espectáculo final.

Pues no, no es así.

Cabe preguntarse varias cosas. La primera es, cuántas instalaciones y recursos deportivos, cuántos equipos municipales podrían financiarse con el dineral pagado a los grandes jugadores o, cuanto menos, con todo el dinero que han dejado de aportar al fisco -por ejemplo, Cristiano Ronaldo que debió pagar 22,7 millones de euros por su declaración de 2014, finalmente sólo pagó un 4%- por los diferentes mecanismos de evasión y elusión fiscal que han ideado sus asesores legales y agentes deportivos, o incluso por los perdones fiscales que han disfrutado; cuántas estructuras de cantera podrían haberse animado y cobrado vida con la financiación empleada en la publicidad y los derechos de emisión en televisión; cuántas competencias ligueras han dejado tener atractivo por la sideral distancia de nivel entre diferentes equipos; cuántos jugadores habrán quedado manirrotos por las decisiones de terceros que decidían sobre sus vidas y luego quedaban desamparados en el camino; cuántos niños –descontando que apenas niñas pueden ni imaginar desarrollarse profesionalmente- han perdido el sueño de disfrutar saludablemente el deporte, castigados por una disciplina y rivalidad infernal si decidían continuar su vínculo a un club, abandonando sus estudios; cuántos chavales se habrán visto frustrados, cuando menos del 0,01% de los que quisieron proseguir con un deporte alcanzan los niveles profesionales que dan para vivir y, mucho menos, para competir en las altas esferas. Eso, sin hablar, de lo que podrían hacerse con el dinero de la evasión y los paraísos fiscales, sea en Suiza, Luxemburgo, el Caribe o en las islas dependientes del Reino Unido, para ampliar las políticas y servicios públicos como los de la educación, la sanidad, las pensiones y la atención a las personas dependientes, si tuviésemos un régimen fiscal más justo.

Cada vez más, un negocio mundial en el que fondos de inversión, agentes, clubes galácticos mueven cifras astronómicas

Nosotros amamos el deporte, como juego honorable, para hombres y mujeres,  que, haciendo amigos, quieren cuidarse, aprender del deporte para afrontar mejor la vida, más contentos, con físicos saludables que hagan posible tener mentes abiertas. Queremos que haya jóvenes practicando con estructuras de formación en las escuelas, queremos que los equipos dediquen recursos amplios a las canteras locales; queremos deporte para conocer otros lugares y personas… Y dudamos mucho que el negocio y el comportamiento y el tratamiento fiscal del que disfruta esta actividad nos facilite a todos disfrutar a los demás de algo tan importante.

[1]Rafael Sánchez Ferlosio (1986) Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado. Alianza Editorial

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