Mis queridos verduleros

George Grosz. Dentro y fuera, 1926.

En el mundo de hoy actúan cada vez más abiertamente fuerzas cuyo propósito es un cambio de época. Desean dar por clausurada la era de la democracia, el estado de bienestar, los derechos humanos, las libertades ciudadanas y el respeto a las minorías

Por Antonio Monterrubio | 18/10/2026

Las democracias parlamentarias viven un estado de crisis polimorfa y permanente que abona el campo para la proliferación de autoritarismos de intensidad variable. Su (aparente) ingenuidad, abundantemente regada por los aparatos ideológicos y coercitivos, facilita el acercamiento al poder de fuerzas autocráticas. A pesar de las trágicas lecciones del pasado, se ignora que su meta es desmontar todo sistema político que se asiente en las libertades, los derechos, la solidaridad y la participación. Su idea de organización social es el cuartel.

Su programa es rudimentario, pero bien clarito para cualquiera que no mire hacia otro lado. Una política económica de rigurosa obediencia al más trasnochado neoliberalismo, basada en la oferta y cuyo objetivo es acelerar el proceso de acumulación de capital. Esto exige suculentas rebajas de impuestos a grandes empresas y fortunas, asociadas, como no podía ser de otra manera, a una disminución del gasto público que dejará en cuadro los pilares del estado de bienestar. Sanidad y educación, pensiones estatales y ayuda a la dependencia corren el riesgo de convertirse en un paisaje en ruinas dando testimonio de un mundo que pudo ser y no fue. Se fomentarán las sensaciones subjetivas de ingobernabilidad, inseguridad y exceso de reivindicaciones, combinándolas con fuertes dosis de populismo punitivo. La idea es construir un consenso de masas favorable al autoritarismo y a la desarticulación de las instituciones del Estado. El feminismo, los colectivos LGTBI, los inmigrantes, los disidentes políticos y sindicales, la prensa independiente o las ONG contestatarias mutarán en enemigos del pueblo.

Hablar meramente de alternancia ante la formación de gobiernos de extrema derecha o con su participación es permanecer deliberadamente ciego. En el mundo de hoy actúan cada vez más abiertamente fuerzas cuyo propósito es un cambio de época. Desean dar por clausurada la era de la democracia, el estado de bienestar, los derechos humanos, las libertades ciudadanas y el respeto a las minorías. Y, ya puestos, abolir las preocupaciones ecológicas, humanitarias y éticas en general decretando la inexistencia de problemas y señalando como revoltosos a quienes plantean tales cuestiones. Una parte de las élites desconfía de la democracia, temiendo que se les pueda ir de las manos. El recurso al nacionalpopulismo es un elemento más en la recomposición de su estructura de dominación. Y si para asegurarse su concurso es necesario pagar, pues se hará, por ejemplo, disimulando las barbaridades proferidas por sus representantes. Tarea facilitada por unos medios de comunicación aquejados de parálisis moral e incapaces de reaccionar.

Ui: Pero, mis queridos verduleros, las cosas
no son tan sencillas. De balde es solo la muerte.
Todo lo demás cuesta. Y la protección también cuesta.
¡Y la tranquilidad, la seguridad y la paz!
(Brecht: La resistible ascensión de Arturo Ui)

Así enfrenta el gángster las reticencias del Trust de la Coliflor cuando se ofrece a solucionar sus asuntos. Del tenor de algunos de ellos nos informa el mayorista Clark:

Nuestros embaladores, cargadores y conductores,
incitados por elementos subversivos, cada día
piden más. Poner orden en todo ello
es lo que quieren el señor Ui y sus amigos.

Tras décadas en la cresta de la ola, el neoliberalismo económico está naufragando en la teoría y en la práctica. Sin embargo, algunos de sus dogmas más letales han encontrado un nido en las mentes de los hombres. Así, el thatcheriano lema de que la sociedad no existe, solo los individuos. Separarlos unos de otros, escindidos en grupos menores, y en último término aislarlos es la gran baza del turbocapitalismo. Privados de la solidaridad y el diálogo, presas de sus temores íntimos, alienados de la realidad social, quedan a merced de los manipuladores de servicio. Sin autonomía ni identidad, el sujeto delega la tarea de pensar.

Este objetivo se logra más fácilmente a través del halago que de la opresión. Se obtienen pingües beneficios con costes mínimos. El sueño del tiburón. La servidumbre es llevadera si se consigue ignorar que se vive en tan deplorable estado. «No intentes comprender, sigue la corriente» es el axioma de moda. El ciudadano, obnubilado por los brillos y oropeles del consumo y la tecnología al alcance de todos los bolsillos que puedan pagárselos, se convence de ser uno de los elegidos. Cuestiones como la injusticia social o la catástrofe ecológica se le hacen ajenas.

En esa tesitura, el ciudadano consumidor no tendrá inconveniente en mirar para otro lado mientras el prójimo pierde sus derechos. Y finalmente no vacilará en entregar los suyos a la autoridad (in)competente. Este entramado social se despacha con frecuencia mediante un diagnóstico equivocado y una cómoda etiqueta: cultura del narcisismo. Pero estamos ante «una pérdida de la propia identidad y no ante una autoafirmación […] un ego amenazado de desintegración por un sentimiento de vacío interior. […] acaso fuera mejor denominarlo cultura del supervivencialismo» (Lasch: Consumo, narcisismo y cultura de masas). En este proceso de disolución de la conciencia marcado por la desconfianza en el futuro, toda empatía se marchita. El pasado y el porvenir se convierten en países extranjeros. Solo el hoy y el yo importan.

 

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