Matar al mensajero

Por Daniel Seijo

“Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias.”

Ryszard Kapuscinski

“El periodismo es libre o es una farsa.”

Rodolfo Walsh

Debo confesarles que quien escribe estas líneas no ha estudiado periodismo, en realidad  no he puesto nunca un pie como alumno en una Faculta de Ciencias da Comunicación más allá de las escasas tres semanas en las que permanecí matriculado en la Universidad Complutense de Madrid. Por suerte y precaución, regresé a Galicia justo antes de que la crisis económica estallase en las narices de gran parte de España y a tiempo para que mis padres se pudiesen ahorrar un considerable esfuerzo económico manteniendo a su hijo en Madrid- Un esfuerzo que a todas luces suponía un orgullo para una familia de clase obrera, pero que se antojaba una fatal empresa teniendo en cuenta que por aquel entonces compartía piso con siete Erasmus Italianos alcoholizados tras un cada vez más flexible fin de semana universitario.

Reconozco sin tapujo alguno que he cambiado mucho con el tiempo, los jueves ya suelen ser los jueves y los viernes suelen ser los viernes, pero también les garantizo que siempre he mantenido firmes ciertos valores éticos de clase. Eso de jugar con los ahorros y el sudor de tus padres es cosa de ricos, al hijo de un obrero tan solo se le permite el despilfarro justo. Es cierto que como miembros de tercera clase del primer mundo, ninguno de nosotros permanece libre de culpa a la hora de pecar en ciertos derroches, pero pagarse una vivienda en Madrid para un chico de Galicia es algo más que un derroche. Se trata por norma de un suicidio familiar cuando por desgracia termina teniendo lugar algún imprevisto. Vivir por encima de sus posibilidades para un obrero español suponía comprarse un Mercedes en lugar de un Seat, ir al estadio en lugar de ver el partido en la tele del bar del barrio o incluso más cocaína y alcohol o algún viajecito cada verano. No se trata de que por aquellos días desayunásemos gambas y pulpo a feira por estos lares del Sur de Europa, simplemente cada uno hacía con su vida lo que quería, más o menos lo mismo que ahora, pero con más colores en la cartera. Pero ya por aquel entonces, haber decidido quedarme en Madrid a estudiar periodismo por mucho que me gustase la idea suponía un error, yo no estaba centrado en mi futuro y no pensar en el dinero de mis padres hubiese sido lo que se dice tenerlos cuadrados. Yo no los tuve, no creo que muchos otros los tuvieran tampoco. Somos obreros, pero buena gente, sabemos lo que cuestan las cosas, nosotros no necesitamos lecciones de esfuerzo y de apretarse el cinturón de nadie, ni en la política, ni en los medios.

Hoy vuelven a pretender matar o amaestrar al mensajero para esclavizarlos, para arrebatarles su derecho a la información

Y acerté. Mi regreso de Madrid me llevó a estudiar Sociología y a una coyuntura económica en la que estudiar en Galicia, suponía ya en sí mismo un esfuerzo para el conjunto de la familia. Un encaje entre sacarle horas al día y ponerle motivación al asunto, que sinceramente se ha llevado en un hogar obrero con más libertades que el posible interés impuesto por un alquiler en la capital de España. Para el obrero ya entonces este no era un país para alquilados -resulta curioso ahora que lo pienso lo que nos cuesta localizar las burbujas en su momento y lo bien que llegamos a verlas con el tiempo-. Ciertamente,  nos acababan de joder. Los anuncios de coches de segunda mano regresaban a la televisión, al mismo tiempo que los estadios volvían a presentar malas entradas cuando no acudían  los turistas al espectáculo y los viajes se hacían al pueblo como en los viejos tiempos. En el caso de la cocaína y el alcohol, volvieron a transformarse para muchos en un profundo hoyo con difícil escapatoria. Un modernizado circo romano destinado para la plebe, al que se sumaron el juego y la heroína como viejos jinetes del Apocalipsis de los barrios obreros.

El problema ya no se trataba de que privatizasen gran parte de los servicios del estado, que lo era y gordo, sino que se privatizase y se regalase gran parte del capital del estado español a la ligera. Nos han obligado a adoptar políticas económicas y sociales inmorales y subyugantes para el conjunto de la sociedad, basándonos en informes y consejos de esos mismos organismos internacionales que en lo peor de la crisis en el Sur de Europa recomendaban a Grecia vender parte de su territorio para saldar sus deudas. Hemos votado y respaldado políticas en contra de nuestra clase social por encima de nuestras posibilidades. Hemos animado a Francia en un Mundial, ido con Federer en la final de un Roland Garros contra Rafa Nadal; nuestro Rafa, hemos votado repetidamente a Alemania en Eurovisión y en definitiva para que lo entendamos todos, sin ser parte de la realeza y sin padecer las peculiaridades propias de la sangre azul, nos hemos disparado una y otra vez en un pie elección tras elección. Que coño, vale que suele decirse que en España no tenemos a una clase obrera votando masivamente a la ultraderecha, pero eso de que el hijo de un albañil vote a Rajoy acompañado de su padre, estoy seguro de que también es para hacérselo mirar y pronto.

Y fue precisamente perdido entre Marx, Giddens, Weber y tantos otros autores del campo de la sociología, en donde regreso a mí el  interés por aquello que había estado latiendo en mi interior durante tanto tiempo. He de reconocer que La Sexta tuvo bastante que ver en ello, aunque se debata en ocasiones en pasar a la historia como una falsa alarma. Recuerdo que conocía la labor humanitaria de Cristina Saavedra y le di una oportunidad a los informativos, me atrapó la vuelta del debate político a las mañanas con Fernando Berlín, Ignacio Escolar, Esther Palomera o Jesús Maraña participando en tertulias serias y profundas en Al Rojo Vivo. El periodismo volvía a interesarme porque en medio de la tormenta política y social, necesitaba saber más de otras calles. Sabía de primera mano debido a mi origen popular que los libros de Wallraff, Kapuscinski o Tom Wolf estaban bien, pero que a veces descubrías más de la actualidad en obras de Welsh, Robert Sabbag o Bukowski, que en cientos de periódicos o tediosos informativos especiales. Con el paso del tiempo aparecerían Daniel Wizenberg, Alberto Arce. John Gibler o Nacho Carretero para demostrarme que el buen periodismo siempre debe desayunar en el bar de las esquina, aguantar en el último en los afters si es necesario y llegar justo a tiempo para la recepción del presidente o la rueda de prensa de el más humilde activista. El periodismo que llega a conectar con la gente de verdad es difícil de localizar hoy en día, en el pasado las libertades y las plumas eran otras. Yo lo personalizó en Hunter S. Thompson, pero también podría hacerlo en Gabriel García Márquez, Miguel Gil Moreno o en cualquiera de esos héroes anónimos que dieron su vida por amor a la profesión y todavía hoy la continúan dando silenciosamente en países como México, Siria, Afganistán, pero también Bratislava o Malta.

Supongo que es de recibo que todos aquellos que otorgaron más importancia a la ética de su profesión y a la tarea de descubrir la verdad, antes que a sus propias vidas, deberían al menos ser recordados por todos aquellos que deciden hacer periodismo. No tengo claro si he conseguido avanzar mucho en este oficio, ni tengo demasiado claro las fuerzas con las que la sinceridad se enfrenta al cinismo en esta definitiva batalla por el mensaje, pero sí tengo claro que periodismo no es medir nuestras palabras a la hora de decidir si lo que realmente hace Israel contra el pueblo Palestino se trata de una ocupación, un acto de legítima defensa o directamente un genocidio.  No se trata de ocultar que como europeos estamos dejando/condenando a morir a miles de migrantes en el Mediterráneo o que sucesos como los de Alsasua no son terrorismo, ser periodista se trata de denunciar que todavía hoy, en gran parte del mundo, las mujeres son maltratadas, explotadas y en muchos casos violadas o asesinadas, por el simple hecho de ser mujer. Ser periodista se trata de reconocer que en Euskadi, Israel, Venezuela o  Siria, al final lo importante son los muertos. No pueden importar nunca unos muertos más que otros, pero para ello debemos poder explicar su dinero, sus balas, sus banderas, su hipocresía, nuestra responsabilidad. No entiendo otro periodismo que no sea el periodismo objetivo y racional, no entiendo un periodismo que no sea libre.

Suele decirse que en España no tenemos a una clase obrera votando masivamente a la ultraderecha, pero eso de que el hijo de un albañil vote a Rajoy acompañado de su padre, estoy seguro de que también es para hacérselo mirar y pronto

Puede que fruto de las condiciones laborales, la concentración mediática, los despidos y la perdida de poder entre los lectores -aunque también puede tratarse únicamente de la decadencia de la ideología y la moralidad en las redacciones o la pura maldad- los periodistas se han dejado de hacer ya muchas preguntas, las notas de prensa de alguna agencia con financiación relacionada con algún gobierno se han convertido en un toca y vete generalizado y finalmente todos hemos terminado tenido que tragar con entrevistas que no responden nada y ruedas de prensa televisadas en diferido. Vuelven a Occidente los periodistas asesinados, los perseguidos por su ética profesional, por sus principios, por sus agallas. Hoy vuelven a pretender matar o amaestrar al mensajero para esclavizarlos, para arrebatarles su derecho a la información. El ciudadano despreocupado o mediáticamente manipulado de hoy, es el esclavo iletrado de siglos pasados. Resulta necesario un nuevo periodismo, resulta necesaria unión entre los profesionales. Pero también son necesarios ustedes, los lectores. A fin de cuentas deben ser los protagonistas.

“Hay que hacer un mundo protegido de la hipocresía”

Tom Wolfe

2 thoughts on “Matar al mensajero

  • 20/05/2018 at 12:08 am
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    El periodismo depende en gran medida de los lectores, por ello en Nueva Revolución seguimos avanzando, gracias a la comunidad que nos apoya. Un cordial saludo y gracias por su comentario.

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  • 18/05/2018 at 6:02 pm
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    Hermoso artículo,esto es lo que me hace pensar que todavía hay persona que entiende el periodismo como algo digno de contar ,pero contarlo con dignidad y veracidad! Estaré al tanto Daniel !!.
    Un saludo.

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