Marc Vandepitte: ‘Toda una generación de presidentes estadounidenses ha buscado acabar con Cuba’

Entrevistamos al economista, periodista y escritor Marc Vandepitte, colaborador habitual de NR, que desde sus artículos nos ofrece una visión lúcida y comprometida de la geopolítica mundial, con especial interés en América Latina.

Por Jayro Sánchez | 25/05/2026

Marc Vandepitte (Bruselas, 1959) es un periodista y escritor belga especializado en Cuba y Venezuela. Coautor del libro El factor Fidel: el pensamiento político del Comandante (Txalaparta, 2016) junto a Katrine Demuynck, es un gran conocedor de América Latina y de sus complicadas relaciones con EE. UU. Hablamos con él sobre: la invasión de Venezuela, las amenazas del presidente Donald Trump contra Cuba y sus vínculos con la contienda ilegal en Irán.

El año 2026 ha comenzado con nuevas intervenciones estadounidenses a lo largo de todo el globo. En enero, Trump ordenó a sus tropas invadir Venezuela y secuestrar a su principal mandatario, Nicolás Maduro, para propiciar un cambio de régimen. Casi dos meses más tarde, declaró la guerra a Irán junto con sus aliados en Oriente Medio. ¿Qué cree usted que lo ha motivado a actuar así?

Hay que fijarse en el marco general en el que estas acciones se han producido. Los bombardeos contra Caracas y los ataques contra Teherán no son crisis aisladas, sino parte de una lucha más amplia por el control del mundo.

Este está cambiando con rapidez. La vieja hegemonía de los Estados Unidos y de sus aliados occidentales se debilita, y el sur global está constituyéndose como una alternativa con grandes capacidades económicas, tecnológicas y políticas.

Solo hay que ver que el Producto Interior Bruto (PIB, en sus siglas en español) conjunto de los miembros del G7 es cada vez menor dentro de la economía mundial, y que los BRICS han adquirido una gran influencia en ella.

Ese cambio desequilibra los pilares del poder de Occidente. Amenaza sus beneficios, sus mercados, su acceso a materias primas baratas y su primacía política sobre el resto del planeta.

Está claro que EE. UU. está moviendo sus fichas sobre el tablero para remediarlo. ¿Cómo planea hacerlo?

Mediante la militarización. Ese es su plan de respaldo cuando el dominio económico empieza a fallar. Su principal objetivo es aislar a China y Rusia.

Por supuesto, Pekín es el primer blanco. Washington ha estado construyendo un anillo militar contra él en estos últimos años: Taiwán, Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia… etc.

Y con Moscú pasa lo mismo. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se ha expandido a su alrededor durante las 3 últimas décadas, y ahora Ucrania se ha convertido en la primera línea del frente de guerra en Eurasia.

¿No se ha buscado el conflicto de otras maneras más sutiles?

Claro. Los estadounidenses han intentado hacerlo desde un punto de vista comercial. Cuando Trump llegó al poder por segunda vez, elevó las tarifas arancelarias de China al 140% para ponerla de rodillas. Sin embargo, no previó que sus líderes contraatacarían restringiendo la exportación de minerales y tierras raras.

Esos elementos químicos son cruciales para crear y desarrollar las investigaciones del complejo industrial-militar de EE. UU, sobre todo en los sectores de la alta tecnología y del armamento. Washington tuvo que dar marcha atrás. Iniciar una contienda a gran escala en aquel momento era demasiado arriesgado por su dependencia económica de las cadenas de suministro chinas.

Estando las cosas así, necesita controlar Latinoamérica. Es la única manera de que consiga fuerza de trabajo y recursos baratos. El ataque a Venezuela se ha dado porque esta: tiene las reservas petroleras más grandes del mundo, está en el centro geográfico de la región latinoamericana y poseía una independencia política inaceptable.

Bajo esa misma lógica se debe contemplar el renovado interés norteamericano en Groenlandia, el canal de Panamá y Canadá. La vieja doctrina Monroe está de vuelta.

El imperialismo estadounidense está revelando su verdadera cara no solo en el exterior, sino también en el interior. Lo demuestran, por ejemplo, la segunda victoria electoral de Trump y las violaciones de derechos humanos cometidas por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, en sus siglas en inglés). ¿EE. UU. ya no puede mantener su máscara?

No lo creo. Obama, Biden e incluso Bush intentaron dar una mínima apariencia legítima a las guerras que provocaron cuando eran presidentes. Pero Trump ni siquiera se esfuerza en ello. Y, eso, para mí, es una señal del futuro fascista que podría estar esperándonos.

En los años 1930, Hitler tampoco se preocupó por dar falsas explicaciones. Solo dijo: «Necesitamos el Lebensraum. Queremos más espacio y lo tomaremos». Además, el problema no solo es el presidente estadounidense, sino quienes lo apoyan y lo han situado donde está: los oligarcas tecnológicos.

Estados Unidos es un país en estado de decadencia económica, y sus líderes quieren revertir ese proceso mediante la militarización y la colocación de la fracción más brutal de la clase capitalista al frente de sus ejércitos.

El neoyorquino se presentó a las últimas elecciones prometiendo poner fin a todos los conflictos en los que Washington se había visto involucrado por decisión del Gobierno de su antecesor en el cargo, el demócrata Joe Biden. ¿Mintió de forma consciente a sus votantes o ha tenido que cambiar sus planes?

Ha mentido todo el tiempo, como Hitler. Él y sus amigos quieren cambiar el equilibrio del poder mundial, y dirán lo que sea para hacerlo.

Una de las consecuencias más terribles de la invasión de Venezuela es el agravamiento de la crisis en Cuba, que ya no cuenta con el petróleo de sus vecinos para alimentar su sistema eléctrico ni su red de transportes. La Habana parece estar atravesando su mayor momento de debilidad desde la Revolución de 1959. ¿Podrá recuperarse?

Lo primero que tiene que hacer es sobrevivir. No obstante, es importante preguntarse por qué es atacada por Estados Unidos. Desde luego, no es por la utilidad que pueda tener dentro de sus dinámicas imperialistas, ya que no puede entregar trabajadores o petróleo a bajo coste a sus vecinos. La isla es demasiado pequeña para eso.

Desde mi punto de vista, hay dos razones por las que está produciéndose esta ofensiva contra ella. La primera es ideológica. La existencia de un proyecto socialista a 150 km de las costas norteamericanas es inaceptable. Y ya lo era en 1960.

Toda una generación de presidentes estadounidenses ha buscado acabar con Cuba a través del sabotaje, el aislamiento y la presión económica. Y eso es porque, en sus cabezas, el estallido revolucionario era un fenómeno que tenía que desaparecer. O, al menos, quedar tan dañado que no pudiera ser tomado como ejemplo de inspiración en otros países.

Asimismo, tras la caída de Batista en el año 1959, las clases altas y medias cubanas comenzaron a abandonar el territorio nacional porque el nuevo Gobierno eliminó los privilegios que estas tenían con la dictadura. La mayoría de sus miembros se mudaron a Florida.

Esa élite desplazada se ha transformado en un poderoso bloque de votos en un estado indeciso a nivel electoral. Y, de esta manera, se ha convertido en el principal condicionante de la postura agresiva de Estados Unidos hacia La Habana.

Por lo que usted me está contando, la pregunta que debería hacerle es la de si Cuba resistirá.

Si una sociedad como la española o la belga sufriera un bloqueo energético como el que está experimentando el pueblo cubano, colapsaría. Allí, ese colapso no se ha producido. Y hay varias razones para ello.

Para empezar, desde el triunfo de la Revolución, el Gobierno ha buscado y garantizado que el pueblo participase en el proceso de toma de decisiones a través de las empresas, las áreas locales y otros órganos de representación y discusión.

En segundo lugar, el liderazgo nacional es firme y estable. Incluso en la era posterior a Fidel y a Raúl. Miguel Díaz-Canel no es un hombre tan carismático como ellos, aunque los ciudadanos lo siguen.

Un tercer factor es la inexistencia de una oposición interna. Todos los adversarios del régimen están fuera de Cuba, ya sea en Miami, España u otros lugares de Estados Unidos y Europa.

¿La precariedad de las condiciones de vida en la isla no impulsa a la gente a rendirse y pedir un cambio?

La situación es muy difícil, pero todavía hay educación y sanidad buenas y gratuitas. Los cubanos poseen valores de fraternidad muy fuertes, y se están ayudando como pueden los unos a los otros.

Eso se suma a que el Ejecutivo está acostumbrado a dirigir la nación a través de senderos difíciles y a que ciertos países, como Rusia, China, Vietnam o España, están siendo solidarios con sus homólogos caribeños.

Lo que necesitan es energía. Sin ella no podrán recuperarse. Están reconvirtiendo todo su sistema para utilizar paneles solares chinos y no tener que depender de los combustibles fósiles. Sin embargo, la transición llevará tiempo.

El presidente Trump amenaza de manera continua a Cuba con una intervención militar similar a la que ha vivido Venezuela. ¿La Habana tiene alguna posibilidad de ganar un conflicto contra sus vecinos septentrionales?

Ya derrotó a los mercenarios enviados por Estados Unidos en 1961. Una invasión a gran escala contra ella no es factible, así que tendría una oportunidad. El Gabinete de Díaz-Canel está preparado para algo similar. Desde la década de 1960, Cuba puede movilizar a 2 millones de personas en unas horas.

La política estadounidense contra Cuba es complicada. Solo el 30% de los yankees está a favor de declararle la guerra a la isla. Y el mandatario que más dispuesto está a iniciarla es Marcos Rubio, que depende de la diáspora cubana para llegar a ser el próximo presidente en Washington D.C.

No obstante, Trump solo contempla un ataque contra Cuba como una ventana de oportunidad para engrandecer su prestigio tras la derrota que ha sufrido ante Irán. Las elecciones de mitad de mandato son el próximo mes de noviembre, y necesita éxitos con los que acudir a ellas.

Aunque, desde mi punto de vista, la presión sobre el ultraderechista es demasiado fuerte como para aplacarla con la derrota de Cuba.

Como bien dice, Teherán ha dejado en mal lugar a EE. UU. No es la primera vez que un país árabe vence a la mayor potencia militar del mundo. ¿Qué es lo que Occidente no comprende de la región?

El caso de Irán lo ejemplifica muy bien. Allí se están luchando dos guerras: la de Estados Unidos y la de Israel. Y sus objetivos no son los mismos.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha afirmado que su nación se lleva preparando para una confrontación con la de los ayatolás desde hace 40 años. ¿Y por qué? Bueno, ellos son los únicos actores regionales que han ayudado a los palestinos de verdad.

Y el hecho de que tengan movimientos afines como Hizbulá, Hamás y Ansar al-Islam en Líbano, Yemen y otros lugares desafía el equilibrio de poder regional y la hasta ahora superior posición de Israel en él.

Tel Aviv ha pensado que este era el momento oportuno para acabar con su gran enemigo de una vez por todas. Cree que, ostentando Trump la presidencia estadounidense, puede ser tan duro como considere necesario.

Si Washington no comparte ese propósito, ¿cuál es el suyo?

El petróleo. Irán es un enorme productor de crudo, y el gran suministrador de China. Así que el hundimiento de su régimen teocrático podría perjudicar a Pekín en el futuro. Pero lo que ninguno de sus enemigos ha sabido ver es que el pueblo iraní está librando una lucha existencial. Para cada uno de sus miembros, esta es una cuestión de dignidad, patriotismo y supervivencia.

Los estadounidenses siempre han desestimado esa clase de sentimientos, y eso los ha llevado a fracasar en Vietnam, Afganistán, Irak, Libia y Siria.

¿La remodelación de Oriente Medio que planeaban Trump y otros líderes ya no es posible?

No. Los países del Golfo pensaban que EE. UU. los protegería si estallaba un conflicto en la zona. Sin embargo, no lo ha hecho. Y, ahora, sus Gobiernos están empezando a tomar decisiones propias. Mira Arabia Saudita, que ha firmado un pacto militar con Pakistán hace casi un año.

Islamabad está cobrando un enorme protagonismo en la escena internacional por su posición de intermediario entre estadounidenses e iraníes. ¿Qué beneficios geopolíticos puede esperar de ello?

De momento, han mejorado su relación con Riad y con otras monarquías árabes. Además, yo estoy convencido de que su ofrecimiento de mediación ha sido provocado por China, que le habrá prometido algo a cambio.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.