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El exteniente critica la indiferencia de la izquierda hacia los derechos laborales de los soldados y su exclusión de la agenda política.
Por Héctor Bujari Santorum | 26/01/2025
Luis Gonzalo Segura es un exteniente del Ejército de Tierra de España, conocido por denunciar casos de corrupción y abusos en las Fuerzas Armadas. Tras publicar varios libros sobre estas irregularidades, fue expulsado del ejército y desde entonces ha sido un defensor de los derechos laborales de los militares y la transparencia en las instituciones militares.
En esta tercera parte de la entrevista, Luis Gonzalo Segura aborda temas cruciales como la cultura del silencio en el ejército, la precariedad laboral de los soldados y la desconexión entre las bases y los altos mandos. Además, reflexiona sobre el abandono de los militares por parte de la izquierda y las consecuencias de no democratizar las Fuerzas Armadas.
¿Existe una cultura del silencio en el Ejército en relación con los abusos y la corrupción? ¿Qué factores influyen para que esto persista?
En el ejército, en la izquierda, en España, en todos los sitios. La cultura del silencio es terrible. Sí, fíjate el ejemplo que te he comentado antes. Una persona que tiene miedo a ir a una presentación de un libro (insertar enlace de la segunda parte de la entrevista), que ya ni siquiera va del ejército español, sino que es un libro con un eje fundamental que es la geopolítica, pero, jolín, si voy y me identifican, ¿cuáles pueden ser mis consecuencias? ¿No?
A partir de ese miedo construyes el silencio, y es lógico, al final. Bueno, yo tengo una casa, tengo unos hijos, tengo que seguir viviendo… Muchas veces está muy bien guardar silencio, está muy bien denunciar, pero, ¿qué soporte tengo después? Claro, en este caso, en el caso de Marco Antonio Santos, en el caso mío, ha sido muy ejemplarizante.
Claro, te dejo en prisión, te dejo en la calle, acabas durmiendo en un coche, tu vida es un desastre… Claro… Ese ejemplo se transmite. ¿Para qué voy a dar el paso si después voy a terminar así? Fíjate, cuando hablabas de apoyo social. Yo te decía, si ha habido apoyo social, pero no ha habido apoyo social a nivel de las cúpulas sociales, como debería haber habido.
¿Cómo puede ser que haya sindicatos, que haya partidos, que no hayan apoyado al punto de decir: “Bueno, que esta persona no se muera de hambre, ¿no? O que no se tenga que buscar la vida”? Si queremos dar ejemplo, tendremos que tener lo que había antes, esas cajas de resistencia de no abandono a los míos. Ahora no hay ni míos, ni tuyos ni nada. Hay “mi sillón” y ya está, poco más.
¿Qué opinas de la situación de los derechos laborales y sociales de los militares, en comparación con otros sectores del servicio público y si hay una verdadera defensa de los derechos de los soldados?
No existe, obviamente. De nuevo, tenemos que señalar a la izquierda. La izquierda es fundamental en este sentido. Uno de los primeros problemas con los que nos encontramos es que la izquierda no considera a los militares como trabajadores. No sé si siquiera los llega a considerar personas; si los considera personas, ya es un éxito. Pero no los ve como trabajadores. ¿Cómo puede ser que un soldado que gana 800 o 900 euros, menos que el SMI, no sea considerado un trabajador? Ese tipo no es el enemigo, no es una fuerza opresora. Nos estamos confundiendo. Evidentemente, el general, el alto mando, ese tipo sí es un opresor. Pero el soldado raso es un trabajador más que, además, en muchos casos, entra en el ejército sin ningún tipo de ideología.
La ideología que traen es la del Real Madrid, el Barcelona, Belén Esteban, y poco más, porque esa es la ideología que domina este país. Ese tipo de soldado lo que quiere es comer. Muchas veces vienen de estratos sociales bajos, buscan un empleo y seguridad. Les da igual el ejército, la policía o cualquier otro lugar que les permita subsistir. Ese trabajador es con quien debemos estar. Y, sin embargo, la izquierda lo ha abandonado. Para mí, esto es un error.
¿Cuál es el problema? Que ese trabajador, que entra con una ideología superficial, termina convirtiéndose en un ultraderechista. ¿Por qué? Porque va al desfile del 12 de octubre y allí están todos aplaudiéndole con la bandera. Nosotros no tenemos que estar aplaudiendo ese desfile, obviamente. Pero tampoco estamos con ellos cuando piden derechos. No estamos con ellos cuando exigen un sindicato. La izquierda no está con ellos. Mandamos a dos o tres representantes para hacernos la foto, pero no estamos de verdad con ellos. No consideramos fundamental que los militares tengan derechos laborales como cualquier otro trabajador. No entra dentro de nuestra agenda política.
Entonces, claro, los estamos excluyendo. ¿Qué mensaje les enviamos? «No formas parte». Eso es lo primero que recibe alguien cuando entra al ejército: que no forma parte de la izquierda, que es el enemigo de la izquierda. Nos estamos equivocando porque esas personas, mañana, son quienes pueden matarnos o apalearnos. Aunque fuera por interés propio, lo más inteligente sería considerarlos de los nuestros. Básicamente porque es un suicidio que no sea así.
A partir de ahí, ni hay derechos ni se esperan esos derechos.
¿Qué papel crees que deberían jugar los militares en esos cambios estructurales?
Ninguno. Los militares no tienen que jugar ningún papel más allá del que he comentado antes, que es el de los trabajadores militares. Los trabajadores militares, pero para que jueguen un papel, la izquierda tiene que empezar a considerarlos suyos. Son míos porque son mis trabajadores. Tienen que empezar a realizar políticas que vayan dirigidas hacia ellos. Tengo que empezar a mostrarles que son trabajadores, que tienen sus derechos y que tienen que luchar por ellos, y que yo voy a estar con ellos siempre, como con cualquier otro.
De nuevo volvemos a esa izquierda que, desde mi punto de vista, es increíblemente torpe en el sentido de que la derecha intenta, como si fuera un Frankenstein, ponerse partes que no son suyas. Tú escuchas un discurso de cualquier líder de la derecha y te vendrá a decir que ellos son prácticamente el partido del pueblo: “Somos el partido del pueblo, el partido de los trabajadores”. Es completamente mentira, pero ellos se autoimplantan partes que no son suyas ni van a ser suyas nunca. Mientras, la izquierda se las está mutilando. La izquierda coge a sus propios trabajadores, que son los soldados, y dice: “Estos no son míos, fuera”. Esos no son míos, fuera. Las mujeres militares, esas tampoco son mías, fuera.
Se están reduciendo, al final, como izquierda. ¿Tú quién eres? ¿LGTB? Bien, por supuesto. ¿La mujer? Pero no todas, las mujeres que sean de izquierdas, sí, está bien. ¿Y el resto? ¿No pueden llegar a ser de izquierda nunca? ¿No vas a luchar por ellos?
Fijaos en la máxima del PP, incluso de VOX. Incluso del partido que hay por ahí que se llama Frente Obrero. ¿Hasta qué punto? Somos súper ultras, pero damos una visión del obrero. “Hay que expulsar a los migrantes.” Las mismas políticas ultraderechistas, pero desde el punto de vista del obrero, porque nosotros somos obreros, ¿no? O sea, es muy loco cómo la derecha, permanentemente, está acaparando terreno que no es suyo, y la izquierda, mientras tanto, está abandonando, gratuitamente, terreno que es suyo.
Cuando tú piensas en la Revolución Rusa, ¿los militares jugaron un papel, no? Allí donde ha habido una revolución, los militares han jugado un papel fundamental.
¿Cuál es tu visión sobre el futuro de las fuerzas armadas en España? ¿Ves posible una transformación?
El futuro es muy negro. Las posibilidades de cambio de las Fuerzas Armadas, si no de todo el sistema, son muy negras. En principio, cualquier proyección que tengamos que hacer, cualquier análisis que tengamos que hacer en base a los elementos o las variables más importantes que tenemos a día de hoy, son siempre negativas.
¿Qué es lo bueno? Que históricamente nunca se ha podido predecir ningún colapso. Nunca hemos podido anticipar prácticamente ningún evento importante. Nadie pudo pronosticar que el Muro de Berlín se cayera, que la URSS colapsara. Es decir, es muy difícil predecir estos eventos. La Revolución Rusa pilló con los pantalones bajados a todos los revolucionarios. Al final, el famoso viaje de Lenin ocurrió porque le pilló totalmente fuera de juego. Es normal que estuviera donde estaba; si él hubiera sido consciente de que había una revolución, habría vuelto al país antes para liderarla. Llegó tarde. Los revolucionarios casi siempre llegan tarde a las revoluciones. No siempre las lideramos, y esto es un hecho histórico. Es muy difícil predecir este tipo de eventos y de colapsos, y esa es la esperanza.
La proyección que podemos hacer con las variables actuales es absolutamente negativa. No hay ninguna variable que nos haga tener esperanzas. Pero, por otro lado, por debajo de esas variables siempre hay una serie de elementos que son dinámicos y que provocan colapsos, prácticamente como si estuviéramos hablando de terremotos. De movimientos de placas. Cuando ese movimiento de placas se produce, hay un terremoto y hay un colapso. A partir de ahí, se puede llegar a construir algo.
En ese sentido, la guerra de Ucrania o lo que está pasando en Israel… no podemos predecir que esto vaya a suponer un colapso o la Tercera Guerra Mundial, como se está diciendo. Eso son idioteces. Son idioteces porque, a lo mejor, acontece la Tercera Guerra Mundial. Espero que no, porque seguramente no sobrevivamos. Si aconteciera, al final lo importante es que no tenemos ningún elemento para poder predecirla. No sabemos si la guerra de Ucrania va a ser el detonante de la Tercera Guerra Mundial, como hay analistas que aseguran en base a que se han tomado dos cervezas de más en la cafetería y van a predecir que estamos en la Tercera Guerra Mundial, o si evidentemente puede acabar siendo un evento “intrascendente”.
Cuando nosotros miramos hacia atrás: la guerra de Vietnam, la invasión soviética de Afganistán… este tipo de eventos siempre eran «el fin del mundo». Y después de estos eventos, donde se suponía que se iba a producir el fin del mundo, no había fin del mundo. La historia continúa. Entonces, al final, es muy fácil que cuando vivimos un acontecimiento lo interpretemos como el fin del mundo. Pero el fin del mundo lleva aconteciendo desde antes del año 1000, y cada dos por tres. Pero el fin del mundo no ha llegado. Llegará, pero seguramente no será por la guerra de Ucrania.
Hablando del liderazgo militar, ¿hay una desconexión entre los altos mandos y los soldados?
Si, por supuesto, y no, por supuesto. Claro que hay una desconexión, ¿no? Es evidente que hay un nivel de desafecto, hay canales. Y por eso creo que la izquierda se equivoca, porque está desaprovechando una oportunidad histórica. En el ámbito militar hay un enorme desafecto, pero no porque los soldados tengan ideas democráticas o porque quieran un mundo mejor y todas estas cosas. A los soldados les da exactamente igual. Si mañana les mandan a Gaza a que masacren a todos los palestinos, lo harán encantados.
¿Cuál es su problema? ¿Qué subyace en ellos? Su precariedad, eso es lo que de verdad les molesta. «Oye, que yo gano muy poco. Es que yo tenía que ganar lo mismo que un guardia civil. Es que a mí, a los 45 años, me echan a la calle. ¿Por qué? Yo quiero tener 55, estar hecho papilla y seguir en el ejército y que me sigan pagando, o que me paguen lo mismo en la calle, mejor. Pero es muy injusto, porque ahí hay generales que están gordos como pelotas y están mandando una piscina militar y ganando 5.000 o 6.000 euros al mes. ¿Por qué a mí me echan con 45 años? Es injusto».
Entonces, en base a esos elementos de precariedad, hay una oportunidad histórica, y hay un desencuentro claro entre la cúpula y el resto de la clase de tropa. ¿Qué es lo que sucede? Que la izquierda no lo está sabiendo aprovechar. La izquierda podría trabajar todo ese plano de desigualdad, de precariedad, no ya solo para considerarlos como una parte, sino para llegar a esa democratización, a esa instrucción en el sentido de esa formación, a ese conseguir ese soldado humanista. Voy a trabajar para darle derechos, pero también voy a aprovechar ese trabajo para que, efectivamente, a mis soldados no los puedan llevar a Palestina y decirles que maten a todos los palestinos y se acabó.
Esa es la gran lucha. ¿Cuál es el problema? Que los soldados lo único que ven es a los ultraderechistas de banderita aplaudiéndoles el día 12 de octubre. Porque la izquierda no está nunca, y no tenemos que estar ese día. Pero vuelvo a lo mismo: cuando ellos tienen un problema, no estamos. Cuando ellos reclaman un sindicato, no estamos. ¿Habéis visto alguna vez alguna manifestación frente al Ministerio de Defensa? No ha acontecido nunca, ni siquiera por los presupuestos militares. Es decir, la izquierda se ha desconectado completamente del mundo militar.
Y claro, no estamos aprovechando esa oportunidad histórica para decir: «Vale, en base a todos estos elementos de precariedad vamos a trabajar por los soldados, vamos a crear conciencia. Vamos a llegar a ese soldado al que mañana le pueden mandar a un país a que masacre personas o que mañana nos puede masacrar a nosotros. Vamos a trabajar para que ese soldado sea un soldado con conciencia, para que esa persona se sienta parte del grupo, parte de los trabajadores, y de alguna manera conseguir desactivar ese elemento».
A mí me parece clave, y no lo estamos haciendo. Y lo podemos pagar muy caro. Fijaros en Chile. Chile, 2018-2019: suben el precio de un transporte y se producen una serie de revueltas muy importantes. Al final, no es el precio del transporte, son más cosas. El «milagro chileno» se derrumba, ese colapso que decimos que no somos capaces de predecir y que en cualquier momento puede ocurrir.
¿Qué es lo que pasa? Que esos chilenos que eran felices con la Constitución de Pinochet y con el ejército de Pinochet, de repente se encuentran al ejército de Pinochet. «Oye, mi ejército se ha democratizado, como en España, lo mismo». No, se ha modernizado, pero no se ha democratizado. ¿Qué es lo que pasa? Que ese ejército sale a la calle. ¿Y qué hace? Mata a su propio pueblo. Cogen a las mujeres y las violan. Y ya que estamos, a los rojos, si podemos, los matamos. Y a las rojas, además de matarlas, las violamos, porque es nuestro trofeo de guerra.
Claro, si no he trabajado en el ejército, ese ejército te considera ajeno, te considera como el enemigo, no te considera parte. Si en Chile hubiera habido un trabajo dentro del soldado, dentro del trabajador, se hubieran encontrado una serie de grupúsculos de militares que hubieran dicho: «Esos son los míos. Esos son los que han conseguido que a mí me suban el salario, esos son los que han conseguido mis sindicatos, esos son los que estaban ahí. Yo no voy a disparar a esos. Yo no voy a violar a las chicas que están en las manifestaciones y que me han apoyado».
Eso es fundamental. Y ese trabajo no lo estamos haciendo.
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