Los últimos días de Sadí de Buen Lozano o cuando la barbarie mata más que el paludismo

Sadí de Buen Lozano y Gregorio Marañón

La novela empieza con una sosegada voz que termina convirtiéndose en grito contra la ignorancia y el olvido. A lo largo de ella, el autor remarca la fidelidad y dedicación del médico a su trabajo.

Por Carlos Domingo | 30/10/2025

El libro de José María Kindelán Jaquotot (Doctor en medicina y especialista en infecciosos) novela los últimos días de este científico excepcional en una Córdoba de julio del 36, donde fue asesinado en la pared del cementerio de San Rafael en la noche del 2 al 3 de septiembre del mismo año.

No fue el único sanitario, médico, enfermera o personas del colectivo que también mataron en Córdoba, algunos sin saber aún donde reposan. Pero en el caso de Sadí, también fueron masacrados sin piedad todos los avances conseguidos contra la malaria, la investigación, las estrategias, el control y el entusiasmo. Pues esa era la única guerra de Sadí de Buen Lozano y la iba ganando.

Sadí, nacido en Barcelona el 18 de julio de 1893, se especializó desde joven en parasitología, junto a Gustavo Pittaluga investigador y catedrático italiano. Dirigió múltiples dispensarios contra la malaria, siendo notable la fundación del dispensario antipaludismo de Navalmoral de la Mata en 1924.

Portada del libro de José María Kindelán Jaquotot

Además, descubrió la bacteria origen de la fiebre recurrente española y la garrapata que la transportaba.

Era, pues, y así lo relata el escritor, un médico que navegaba y combatía en el mar de las enfermedades infecciosas producidas por protozoos, y lo hacía desde el ámbito científico y el real; del laboratorio a las quebradas, a los charcos insalubres, lagunas estancadas en esa España rural del 36.

Gozaba de prestigio internacional que le reconocía sus avances. Fue miembro de la Comisión de Paludismo de la Sociedad de las Naciones y presidente de la Cruz Roja. Colaboró con la Fundación Rockefeller.

Combinaba su trabajo con la responsabilidad del cargo de director general de instituciones sanitarias, se afilió al partido socialista en 1933, siendo ya de la UGT.

La novela empieza con una sosegada voz que termina convirtiéndose en grito contra la ignorancia y el olvido. A lo largo de ella, el autor remarca la fidelidad y dedicación del médico a su trabajo.

Esa infatigable labor inspeccionando hospitales y zonas rurales propensas a los parásitos fue la que le llevaron a estar en Córdoba en el 12 de julio del 36, aun a sabiendas que los tiempos políticos y su familia le desaconsejaran moverse de Madrid.

Familia de Odón de Buen y Rafaela Lozano. A la derecha de la imagen, Sadí de Buen.

Una de las intervenciones del científico, cuenta el libro, en el que colaboró su hermano Fernando (naturalista oceanográfico) fue el de importar peces extremadamente devoradores de larvas de mosquitos (las gambusias americanas) e introducirlas en nuestras zonas endémicas como la extremeña. Esto, que parece sencillo, se complicaba ante la dificultad de adaptación de las gambusias al clima de los lugares donde el número de infectados era alto, para ello se valió de su ingenio y perseverancia con la fabricación de recipientes apropiados que mantuvieran las condiciones de vida del pez hasta depositarlo en la charca o zona estancada. Logró, de esta manera, que las tasas de enfermos disminuyesen significativamente manteniendo un control in situ en la adaptación y reproducción de las gambusias americanas.

José María Kindelán divide el libro en dos claros hemisferios, antes del golpe y después.

En la primera parte, narra su llegada a Córdoba, describiendo a la vez que su trabajo el carácter humano, afable y empático con los necesitados, lo que a la postre le ocasionó su detención.

Relata en la segunda, el alzamiento en Córdoba, su arbitrario arresto, su vida en prisión, así como los acontecimientos que allí se produjeron durante los menos de tres meses que estuvo encerrado en el Palacio de los Reyes cristianos convertido en prisión provisional de los rebeldes.

Aporta el autor, fotografías, documentos y cartas de la época, entre las que se incluye una petición de liberación por parte de D. Gregorio Marañón desde Portugal al coronel Cascajo, (prolongación del firme brazo exterminador franquista que alimentó la cotidiana represión cordobesa en manos de dos personajes siniestros, D. Bruno y Luis Zurdo que practicaban la muerte por antojo)

Además de esta misiva hubo otras como la del presidente de la Cruz Roja, peticiones que no obtuvieron respuesta, silencio que presagiaba lo peor.

Muchos de los aspectos personales del libro son fruto de conversaciones con descendientes, rescate de archivos y otras fuentes.

Es pues, otra lagrima más derramada sin motivo más aparente que la práctica de terror, entre el exterminio, la venganza y la falta de cordura acabando con el asesinato de una excelente persona y médico. Casi cien años tuvieron que pasar hasta recuperar el nombre de su calle en Navalmoral de la Mata, usurpado por el de Joaquín Calvo Sotelo.

El libro es un tributo que José María Kindelán rinde, a una figura importante, olvidada, que estaba llamada a conseguir mejorar notablemente la salud de este país durante un tiempo revanchista en el que la barbarie del golpe de estado superó con creces todas las epidemias parasitarias juntas.

Traslado de los restos mortales de Sadí de Buen a Zuera donde fueron depositados junto a los de sus padres

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