Lemoiz: el derecho a recordar

Me sorprende que las instituciones que hoy hablan con tanta facilidad de participación ciudadana y de «escucha activa» no hayan impulsado previamente un gran debate social sobre el destino de Lemoiz.

Por Txema García | 29/07/2026

Durante las últimas semanas he escrito sobre el olor del lindano que todavía emerge del monte Jata cuando el viento sopla en una determinada dirección. He escrito también sobre la decisión del Gobierno Vasco de impulsar una gran piscifactoría de lenguados en los restos de la antigua Central Nuclear de Lemoiz. Lo hice porque entendía que ambos asuntos no eran independientes. Al contrario: forman parte de una misma historia. La de un territorio donde, una y otra vez, los grandes proyectos han ido cubriendo con nuevas capas los errores de los anteriores, sin detenernos a mirar qué quedaba sepultado debajo.

Primero fue una cala extraordinaria convertida en un gigantesco complejo nuclear. Después llegó el silencio sobre uno de los episodios más traumáticos de la historia reciente de Euskadi. Más tarde aparecieron los residuos industriales y el lindano, encapsulados bajo toneladas de tierra, geotextiles y eucaliptos. Ahora llegan los lenguados. Siempre un nuevo proyecto sobre las ruinas del anterior. Siempre una nueva narrativa que invita a mirar hacia delante sin haber tenido el valor de mirar antes hacia atrás.

Y es precisamente ahí donde discrepo radicalmente de quienes presentan esta piscifactoría como una magnífica oportunidad para el futuro. Porque Lemoiz no necesita hoy una nueva actividad económica, al menos no de esta forma. Necesita algo mucho más difícil. Necesita un significado. Porque hay lugares como este que pertenecen únicamente a la geografía que los acoge y a algo muy importante si no queremos aprender de las lecciones que nos da el pasado: Lemoiz pertenece también a la memoria. Y los lugares de memoria no pueden gestionarse como si fueran un simple solar industrial pendiente de recalificación.

No estamos hablando de cualquier parcela. Estamos hablando del lugar donde una sociedad discutió durante décadas qué modelo energético quería, cuál era el límite entre desarrollo y destrucción del territorio, cuánto poder podían acumular las grandes empresas y hasta dónde debía llegar la capacidad de decisión de las instituciones frente a la ciudadanía. Ese debate no ha terminado. Es más moderno y necesario que nunca. Y, simplemente, se está intentando archivar. Y ahora se pretende sustituir por otro.

No comparto esa forma de gobernar. No porque me oponga por sistema a una piscifactoría. Sino porque me niego a aceptar que el futuro se construya amputando la memoria. Porque eso es exactamente lo que convierte un territorio en un “No Lugar”. Un espacio donde todo ocurrió y, sin embargo, nada parece haber ocurrido. Un paisaje sin biografía. Un escenario donde el pasado deja de ser una enseñanza para convertirse en un estorbo administrativo.

La memoria no es un obstáculo para el desarrollo. Es una condición para que el desarrollo sea democrático. Y por eso me sorprende que las instituciones que hoy hablan con tanta facilidad de participación ciudadana y de «escucha activa» no hayan impulsado previamente un gran debate social sobre el destino de Lemoiz. ¿Quién ha decidido que la mejor forma de cerrar este capítulo de nuestra historia consiste en criar lenguados? ¿Cuándo se preguntó a la ciudadanía vasca qué quería hacer con uno de los espacios más simbólicos de Euskadi? ¿Dónde estuvo ese proceso de reflexión colectiva?

No lo ha habido. Y, sin embargo, sí ha habido ideas, propuestas. Muchas. Desde hace años arquitectos, urbanistas, investigadores, historiadores, movimientos sociales y ciudadanos han imaginado alternativas para este lugar. Ahí están, entre otras, las propuestas de Carmen Abad o de Valentín Elortegi, fruto de una reflexión seria sobre el territorio y su memoria. Podrán compartirse o discutirse, pero al menos parten de una premisa que considero irrenunciable: antes de decidir qué hacer con Lemoiz hay que preguntarse qué significa Lemoiz.

Esa debería haber sido la primera decisión política. Porque el verdadero conflicto nunca ha sido arquitectónico. Ha sido democrático. Durante más de medio siglo las grandes decisiones sobre este lugar han descendido desde los despachos hacia la costa. Primero una central. Ahora una piscifactoría. Cambian los actores. Cambian los discursos. Pero permanece la misma lógica vertical. La ciudadanía aparece únicamente cuando llega el momento de aplaudir la decisión ya tomada. Y eso no es participación. Se llama escenografía.

Por eso creo que ha llegado el momento de plantear algo distinto. No una plataforma contra una empresa concreta. No una plataforma contra unos lenguados. Eso sería reducir enormemente el problema. Lo que necesita Euskadi es una plataforma ciudadana que defienda derechos cívicos por la memoria democrática, ambiental y social de Lemoiz.

Un espacio abierto donde puedan encontrarse personas de sensibilidades muy diferentes, incluso enfrentadas durante décadas, pero unidas por una convicción elemental: ningún proyecto económico debería imponerse sobre un lugar cuya memoria permanece sin resolver. No se trata de vivir eternamente instalados en el pasado. Se trata justamente de lo contrario. Se trata de poder construir un futuro que no necesite esconderlo. Porque las sociedades maduras no borran sus cicatrices. Las explican, estudian, enseñan a las jóvenes generaciones. Las convierten en patrimonio colectivo para que nuestras hijas-os, nietos-as comprendan de dónde vienen y por qué determinadas decisiones nunca deberían volver a repetirse.

Lemoiz podría convertirse precisamente en eso. En un gran espacio de memoria, naturaleza, conocimiento, cultura científica, reflexión democrática y educación ambiental. Un lugar capaz de integrar todas las dimensiones de su historia, incluidas las más incómodas. Un espacio donde nadie tenga que elegir entre recordar o avanzar. Porque ambas cosas pueden hacerse al mismo tiempo.

Lo verdaderamente moderno no consiste en levantar otra infraestructura. Consiste en ser capaces de reconciliarnos con nuestro propio pasado sin maquillarlo, sin esconderlo. He escuchado muchas veces que no podemos vivir permanentemente mirando hacia atrás. Estoy completamente de acuerdo. Pero tampoco podemos caminar hacia delante tapándonos los ojos. Eso no es progreso. Es amnesia. Y la amnesia nunca ha sido una buena política pública. Ha sido, casi siempre, una forma de evitar responsabilidades.

Por eso creo que este ya no es únicamente un debate sobre una piscifactoría. Ni siquiera sobre Lemoiz. Es un debate sobre el país que queremos ser. Sobre si aceptamos que las grandes decisiones continúen tomándose de espaldas a la sociedad o si, por el contrario, recuperamos el derecho colectivo a decidir el significado de nuestros lugares más emblemáticos. Porque existe un derecho a la vivienda. Existe un derecho a la educación. A un derecho a un medio ambiente sano. Y, por supuesto, también existe un derecho a la memoria.

Un derecho de la ciudadanía a que ningún gobierno, ninguna empresa y ningún interés económico conviertan en un simple activo inmobiliario aquellos lugares donde un pueblo escribió algunos de los capítulos más intensos, dolorosos y decisivos de su historia.

Las centrales nucleares pueden cerrarse. Los vertederos pueden sellarse. Las piscifactorías pueden desmontarse algún día. Lo verdaderamente irreparable sería que una sociedad aceptara convertir Lemoiz en un “No Lugar”. Porque el día que olvidemos el significado de nuestros territorios habremos empezado también a olvidar el significado de nosotros mismos.

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