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¿Dónde está la “escucha activa” ahora? ¿Era solo para el Guggenheim en Urdaibai? ¿O era la cortina de humo perfecta para gestionar una derrota y ganar tiempo y, en realidad, no hubo ni “escucha” ni fue “activa”?
Por Txema García | 30/04/2026
Corría el año 1978 y Xabier Arzalluz, entonces ya figura de peso del PNV, amenazó a la sociedad vasca con algo terrible: si no aceptaba la Central Nuclear de Lemoniz, acabaríamos comiendo berzas y convirtiéndonos en una especie de Albania aislada de su entorno. Era el chantaje emocional de toda la vida con sotana tecnocrática: acepta el progreso que te impongo o muere de hambre. La sociedad vasca dijo que no. Y aunque pagó un precio muy alto por ese no, el tiempo le ha dado la razón.
Casi cincuenta años después, el lehendakari Imanol Pradales ha comparecido en la cala Basordas para ampliar el menú. Las berzas han pasado a la historia. Ahora toca lenguado made in Euskadi. Lenguado de piscifactoría industrial en las ruinas de la central nuclear que nunca funcionó, gestionado por un fondo valenciano con sede en Madrid, financiado con dinero público europeo y vasco, adobado y presentado con el vocabulario de la modernidad más sofisticada: hatchery y nursery (etapas iniciales críticas en la producción acuícola), sistemas RAS de recirculación de agua, criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG), “economía azul”, Pacto por el Océano… Todo muy increíblemente espectacular, como dijo el CEO de la empresa adjudicataria. Siéntense, por favor. Que empieza el banquete. Vamos a dar cuenta de cómo el Gobierno Vasco lleva medio siglo cocinando el mismo plato con distintas salsas.
Primer plato: ¿participación ciudadana?
El Gobierno Vasco lleva años hablando de “escucha activa”. De participación ciudadana. De procesos abiertos donde la gente puede opinar sobre qué se hace con su territorio. Recordarán el proceso de participación del Guggenheim Urdaibai: meses de consultas, plataformas digitales, grupos de trabajo, informes de expertos, y al final la propuesta fue retirada ante la presión ciudadana. Un ejercicio modélico de democracia participativa, dijeron todos. O eso pareció.
Ahora tenemos el caso Lemoiz. En febrero de 2026, las alcaldías de Mungialdea y Uribe Kosta solicitaron públicamente al Gobierno Vasco y a la Diputación de Bizkaia la puesta en marcha de un proyecto participativo y de escucha para definir el futuro de este espacio. Los municipios firmantes incluían Bakio, Fruiz, Gatika, Meñaka, Gorliz, Lemoiz, Plentzia, Sopela y Urduliz. El propio documento de presentación del proyecto reconoce, casi de pasada, que el Gobierno vasco ha seguido adelante “ajeno a la opinión pública» y «al margen del propio Ayuntamiento de Lemoiz y de los del entorno”. El lehendakari no aceptó preguntas de la prensa al término de la presentación del lunes en Basordas.
Así que la pregunta es obligatoria: ¿dónde está la “escucha activa” ahora? ¿Era solo para el Guggenheim en Urdaibai? ¿O era la cortina de humo perfecta para gestionar una derrota y ganar tiempo y, en realidad, no hubo ni “escucha” ni fue “activa”? ¿Se la encargarán de nuevo a Agirre Lehendakari Center? Porque la escucha activa que solo se convoca cuando el resultado ya está decidido no es escucha activa. Es anestesia ciudadana. O, dicho de otra forma más elegante: “teatrillo de consulta”. Y ya conocemos esa parodia: tiene cinco actos, folletos en papel reciclado y pantallas de powerpoint, pero el guion está escrito antes de que empiece la función.
Segundo plato: el pescado que se hundió
Hay algo profundamente irónico en que un Gobierno Vasco que ha asistido durante décadas al hundimiento progresivo del sector pesquero artesanal vasco —la reducción de cuotas, la pérdida de barcos, el envejecimiento de las tripulaciones, la falta de relevo generacional, la crisis de rentabilidad que ha dejado puertos cada vez más silenciosos— decida ahora que la solución al problema del pescado en Bizkaia es criar lenguados en tierra, en una piscifactoría industrial, en las ruinas de una central nuclear.
No se les ocurre preguntar: ¿y si en lugar de criar pescado en hormigón hubiéramos invertido esos 170 millones en sostener y modernizar al sector que ya existía? ¿En dar futuro a los arrantzales de Bermeo, Ondarroa, Getaria, Hondarribia…? ¿O en los puertos que llevan décadas vaciándose y ahora se convierten en deportivos para impulsar un turismo de élites? No, la lógica es otra: el sector tradicional se hunde, lo dejamos hundir, y cuando ya está lo suficientemente hundido como para no molestar, presentamos la alternativa industrial como si fuera una novedad y no la consecuencia directa del abandono previo.
El pescado vasco ha alimentado a este territorio durante siglos. El lenguado de laboratorio de un fondo valenciano lo alimentará a partir de 2030, si el proyecto funciona, si los ciclos biológicos responden, si las condiciones climáticas del enclave —que ya hicieron retirarse a un consorcio anterior— no vuelven a ser un problema. Mientras tanto, los puertos siguen vaciándose. Y las cofradías siguen peleando cuota a cuota su supervivencia en Bruselas.
Tercer plato: la colaboración público-privada
El proyecto contempla una inversión «público-privada» de 170 millones de euros en diez años. Suena equilibrado en plan amiguetes bien avenidos. Conviene desmenuzarlo.
La parte pública corre a cargo del Gobierno Vasco, que en marzo de este año transfirió los terrenos de la central a Azpilur Euskadi —la empresa pública encargada de las obras de adecuación— y que ya ha adjudicado por 2,85 millones de euros las obras de reparación del dique exterior. Es decir: el ciudadano vasco paga la preparación del solar, las obras de adecuación, la infraestructura básica y la cesión de los terrenos. Es decir, todo. A partir de ahí, la empresa privada —Sea Eight, del grupo valenciano Atitlan— entra a explotar el negocio.
Atitlan es un fondo de inversión propiedad de Roberto Centeno y Aritza Rodero —este último, yerno de Juan Roig, presidente de Mercadona—, con sede en Valencia, con intereses en acuicultura, agricultura, inmobiliario, logística y hostelería, y con un capital gestionado que supera los 500 millones de euros. No es exactamente una empresa local con arraigo en este territorio. Es un fondo inversor que ha encontrado en Lemoiz una magnífica oportunidad de negocio que el Gobierno Vasco le ha puesto en bandeja —literalmente, en bandeja de hormigón ya construida— con dinero de los contribuyentes vascos. Sea Eight ya tiene piscifactorías en Portugal y en Gijón. Lemoiz será la tercera. O la más grande. O la más espectacular, en sus propias palabras.
La fórmula es siempre la misma: el público asume los costes de infraestructura, el privado se lleva los beneficios de explotación, y el ciudadano que puso el dinero puede consolarse con la promesa de supuestamente 200 empleos directos —en perfiles de alta cualificación, eso sí, pero no exactamente para el pescador reconvertido de Bermeo— y la satisfacción de haber contribuido al desarrollo de la “economía azul” supuestamente alineada con los criterios de supuestos objetivos de “desarrollo sostenible”. Vamos, que todos son supuestos.
Cuarto plato: Iberdrola, la invitada que nunca paga
Hay un ausente notable en toda esta historia. Se llama Iberdrola. O más exactamente, su antecesora Iberduero, que construyó a medias la Central Nuclear de Lemoiz, la abandonó dejando ocho millones de metros cúbicos de hormigón y mil toneladas de hierro en la cala Basordas —indesmantelables, según el propio lehendakari—, cobró el cese lucrante con dinero público, y se fue tan tranquila a seguir siendo la eléctrica más grande de ese país llamado España.
El Gobierno Vasco obtuvo la titularidad de los terrenos en 2019. Es decir, los ciudadanos vascos son propietarios de unas ruinas que no pidieron, que no pueden desmantelar, que cuesta mucho dinero mantener y que ahora hay que rehabilitar para que un fondo valenciano pueda criar lenguados en ellas. Iberdrola, que tiene un beneficio neto que en 2024 superó los 5.500 millones de euros, no ha puesto un solo euro en la restauración del enclave que su antecesora destrozó. Nadie se lo ha exigido. Nadie parece tener intención de exigírselo.
Quinto plato: el lenguado y sus secretos
El proyecto promete «acuicultura sostenible» con sistemas de recirculación de agua que reutilizan el 97% del recurso hídrico. Suena impecable. Y los sistemas RAS que usa Sea Eight parace que son más respetuosos con el entorno marino que las piscifactorías de jaulas abiertas. Pero conviene no tragarse el lenguado entero sin masticar.
La acuicultura industrial intensiva, incluida la que funciona en sistemas cerrados, tiene problemas que ningún comunicado de empresa menciona. Los peces criados en cautividad en alta densidad son propensos a enfermedades, lo que lleva al uso sistemático de antibióticos, algicidas, desinfectantes e insecticidas. Según estudios publicados en Nature, alrededor del 80% de los antibióticos administrados en piscifactorías se diseminan en el entorno, donde permanecen durante meses con capacidad de generar resistencias bacterianas. Los residuos orgánicos —excrementos, pienso no consumido— generan efluentes que, si no se depuran correctamente, contaminan los entornos receptores. Y el pienso con el que se alimenta a los peces carnívoros como el lenguado contiene harina y aceite de pescado salvaje —anchoas, sardinas, arenques— que hay que capturar en el mar para producir el pescado de laboratorio que luego se vende como sostenible.
Para producir un kilo de lenguado de piscifactoría se necesitan entre tres y cuatro kilos de otras especies pesqueras. La acuicultura sostenible, en este caso, es un juego de manos: el daño a la vidda marina no desaparece, se desplaza. Lo que cambia es el lugar donde se ve el daño.
Postre: la memoria histórica como decoración
El lehendakari señaló que el espacio podría ser compatible con «un proyecto ligado a la memoria histórica» donde se rememore el pasado de la central nuclear. Es decir: junto a los tanques de lenguados, un panel explicativo con fotos en blanco y negro de lo que ocurrió allí. La memoria como decoración del negocio. La historia como atrezzo del complejo acuícola.
Lemoiz no es solo un espacio industrial en desuso que espera un proyecto que le dé sentido. Es un lugar que lleva la huella de una de las movilizaciones sociales más importantes de la historia reciente del País Vasco. La gente que dijo no a la central nuclear no lo hizo para que cuarenta años después sus ruinas fueran el solar de una piscifactoría de un fondo valenciano. Lo hizo porque entendió que hay territorios que no se pueden tratar como tableros de monopolio para proyectos que llegan desde fuera, se instalan con dinero público y se van con los beneficios.
El lehendakari dice que el desmantelamiento es inviable porque el hormigón no se puede mover. Puede ser. Pero lo que sí se puede mover es la exigencia de que quien lo construyó pague las consecuencias. Lo que sí se puede mover es la voluntad política de preguntar a los vecinos antes de decidir. Lo que sí se puede mover es la costumbre de entregar lo público a lo privado con la excusa del progreso.
La cuenta, por favor
Arzalluz amenazó con las berzas. Pradales promete lenguados. El fondo valenciano se lleva el negocio. El ciudadano vasco paga las obras. Iberdrola sigue sin aparecer. Los ayuntamientos no fueron consultados. El sector pesquero tradicional sigue hundiéndose. Y en la cala Basordas, las olas del Cantábrico siguen rompiendo contra el mismo hormigón de siempre, inamovible, eterno, convertido ahora en argumento para el siguiente proyecto que nadie pidió. El menú lleva décadas siendo el mismo. Solo cambia el nombre del plato. Porque si antes íbamos a comer lenguado radioactivo, ahora igual comemos lenguado con lindano: un informe del propio centro de investigación marina y alimentaria Azti ha encontrado contaminación por metales “por encima de umbrales recomendados” en aguas de la zona de Lemoiz en la que podría instalarse la futura piscifactoría con la que se pretende dar salida industrial a estos terrenos ocupados por la fallida central nuclear. En concreto, el informe cita sustancias potencialmente perjudiciales para el desarrollo de los peces de los futuros cultivos acuícolas y recomienda tratamientos previos del agua, cuya “implementación requerirá de una inversión inicial elevada, así como de un mantenimiento y manejo laboriosos”. Ya sabes ahora que menú te ofrecen: de primero, berzas; de segundo, lenguado. Y tú pagas la cuenta de este desaguisado.
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