Laura Freixas: ‘La feminidad es un mandato, se nos castiga claramente si nos apartamos de él’

Con motivo de la publicación de ‘Mi madre en el espejo’, conversamos con Laura Freixas sobre una obra profundamente personal en la que la escritora revisa la relación con su madre, la historia familiar y la influencia del patriarcado en la vida de las mujeres.

Por Isabel Durán Báez | 8/09/2026

A través de sus recuerdos, Freixas reflexiona sobre la maternidad, la feminidad, la literatura escrita por mujeres y el proceso de mirar el pasado con una perspectiva más crítica, pero también más comprensiva. La entrevista aborda además los límites de la autobiografía, la memoria y la interpretación de la propia historia. Sus respuestas muestran cómo escribir sobre la familia puede convertirse también en una forma de comprender mejor a quienes nos precedieron y de revisar nuestra propia vida.

¿Cuándo supiste que escribirías ‘Mi madre en el espejo’ y cómo fue el proceso de escribirlo?

Siempre supe que escribiría este libro cuando fallecieran mis padres. Entonces, en cierto modo, es un libro que ya estaba escrito porque son temas en los que llevo muchos años pensando, años interpretándolos, hablando de ello en sesiones de psicoanálisis. Es un libro que me ha sido fácil, porque ya estaba escrito en su mayor parte, no en toda, porque faltaba el final, que es una parte bastante distinta de todo lo que antecede, tiene otro tono, porque al final es la vejez de mi madre, el acercamiento, la reconciliación, aunque con ciertas reservas, la piedad…

La relación con los padres aparece como uno de los ejes del libro. ¿Qué sentimientos tenías hacia tu madre y hacia tu padre, y cómo ha cambiado esa relación con el paso del tiempo?

Si, evidentemente, hacia mi madre he tenido unos sentimientos muy contradictorios, hacia mi padre también. No sé hasta que punto eso es propio de todas las relaciones que tenemos con los padres, probablemente si. Yo creo que hacia los hijos e hijas tenemos unos sentimientos menos contradictorios, son más amorosos, de amor y protección. Pero los hijos e hijas hacia padres y madres si que tenemos unos sentimientos contradictorios porque tienen un enorme poder sobre nosotros y nosotras, para bien y para mal. Eso hace que sea un tema literario muy interesante. Después de la muerte de mi madre se rebaja la intensidad de esos sentimientos, yo creo que eso se ve en el libro. El libro no es cronológico, empieza in medias res, en plena acción, en un momento de gran conflicto con mi madre, cuando yo me acababa de echar el novio que luego sería mi marido, entonces me estaba como liberando de mi madre. Eso sucede cuando yo tenía 27 años, que es la escena inicial que es cuando yo le presento a mis padres a un amigo francés, con el que luego me casaría, y mi madre y yo visitamos un museo y vemos un cuadro que representa la feminidad y reaccionamos de manera distinta ante ese cuadro. Luego, hay una especie de largo flash-back, y luego un fast-forward. Entonces, escribir todo eso después de su muerte a mí me permite distanciarme y analizar más fríamente nuestra relación. El libro empieza con esa escena, que me han dicho que es injusta con mi madre, porque es muy agresiva. Es posible, pero luego se va matizando.

El título ‘Mi madre en el espejo’ resulta muy sugerente. ¿Qué representa para ti el espejo y qué significado tiene dentro del libro?

El espejo, por una parte es un elemento real, esa escena que cuento de mi madre maquillándose, arreglándose, peinándose delante del espejo, y yo, adolescente, sentada en el borde de la bañera, detrás de ella, con lo cual las dos estábamos mirándonos las dos, una a otra, y cada una a si misma a través del espejo, esa es una imagen que corresponde a una escena real que se repitió muchas veces, aunque yo la condensé en una. Y, al mismo tiempo, tiene muchísimas connotaciones, el espejo es algo que yo he observado que muchas veces en la narrativa de mujeres la imagen femenina se asocia a dos objetos de cristal que son la ventana -es el título de un libro de Carmen Martín Gaite, de mujeres y literatura- y el espejo. La ventana representa esa relación de mujer entre el interior y el exterior, porque las mujeres han vivido mucho en casa y eso lo han interpretado como un encierro y a la vez como una protección y se han relacionado con la realidad con esa barrera que no se sabe si es para protegerlas o para aislarlas, la campana de cristal de la que hablaba Silvia Plath. Y, por otra parte, el espejo representa el hecho de que las mujeres somos vistas y tratadas, hasta cierto punto, como objetos, objetos decorativos por ejemplo, por los sujetos que históricamente se han expresado, con la mirada, con la palabra, que han sido hombres. Entonces, las mujeres nos miramos al espejo para descubrir como se nos vé. Porque somos siempre miradas, mucho más que los hombres. Esto, por supuesto, lo pensé más tarde. Yo simplemente quería contar esa escena tan icónica, tan importante, tan central, en mi adolescencia, que eran esas conversaciones con mi madre cuando yo me estaba haciendo mujer, y veía a mi madre maquillarse, fabricar una especie de máscara ante el espejo, pero luego, a posteriori, recuerdo que el espejo, recuerda ese cuento de Blancanieves, la madrastra mirándose al espejo y preguntando quién es la más bella, porque, claro, ese era un tema importante entre mi madre y yo. Mi madre era una mujer de una belleza discreta, pero muy guapa. Yo no se si ella se consideraba muy guapa, en realidad, porque tenía un cuerpo y una cara discreta, pero realmente muy bonitos, y era muy elegante, y para ella eso era muy importante, y todo esto fue un tema muy conflictivo entre nosotras como lo desarrollo en el libro.

En el libro aparecen cuestiones relacionadas con el patriarcado y con la manera en que las mujeres reproducimos determinados comportamientos. ¿Hasta qué punto las mujeres somos también portadoras de ese sistema?

Las mujeres somos portadoras de patriarcados, estamos marcadas por el patriarcado, y como le he oído decir alguna vez a Almudena Hernando, cuando nos arrancamos una capa de patriarcado, ¿que aparece debajo? Más patriarcado. Es absolutamente inevitable que reproduzcamos la mentalidad patriarcal y los comportamientos que nos ha instalado el patriarcado, en parte lo hacemos porque en una sociedad patriarcal necesitamos someternos a ciertas normas, por ejemplo, necesitamos actuar con miedo por prudencia. Yo le he aconsejado a mi hija, igual que mi madre me aconsejó a mí, no salir sola de noche, no viajar sola por ciertos sitios, y desconfiar de los hombres, lo siento mucho, pero esta es la realidad. En ese sentido, no nos queda más remedio. Y luego, también reproducimos estos comportamientos porque no nos damos cuenta, porque los tenemos tan interiorizados porque no somos conscientes de que son patriarcales. Y luego, y esto es algo que yo siempre he dicho, aunque va a contracorriente de cierto feminismo, el patriarcado nos ofrece ciertas ventajas, el patriarcado no es solo palo, también es zanahoria. Por ejemplo, una protección que, a lo mejor, es más ilusoria que irreal, el no tener que tomar ciertas decisiones, el no tener que enfrentarse al mundo exterior. Mi padre asumía muchos riesgos, era empresario, tenia conflictos con clientes, con empresas rivales, con sindicatos. Mi padre hacía deportes de riesgo, como el vuelo a vela. A las mujeres en general se nos educa con aversión al riesgo y con miedo, pero además mi madre por cuestiones de clase social, etc, que explico en el libro, pues era más pusilánime, y sentirse protegida era una ventaja, y a cambio de eso tenía que ser servicial, agradable de ver, elegante, y ella se sometía hasta cierto punto gustosamente, y en parte no.

Hablas de la feminidad como un mandato. ¿Qué consecuencias tiene para las mujeres apartarse de ese modelo de feminidad que se nos impone?

Por supuesto la feminidad es un mandato, se nos castiga claramente si nos apartamos de él, se nos castiga si mostramos una personalidad fuerte, si somos agresivas si hace falta, se nos castiga mucho, yo eso lo veía con mis padres, que fruncían el ceño y me reñían, en cambio a mi hermano esto se le toleraba o se le jaleaba, la insolencia por ejemplo. Esto sigue vigente, se espera de las mujeres que seamos amables, serviciales, cálidas, sonrientes, y sino lo somos se nos reprende de una manera u otra, y por supuesto con el mandato del miedo, que tenemos que ser prudentes y tenerle miedo a los hombres. Ahora mismo acabo de escuchar a un señor en Ceuta que decía: “si violan a las niñas de quince años es culpa de los padres porque no tendrían que dejarlas ir solas por la calle”. Eso es un mandato clarísimo, el de que las niñas deben tener miedo, y si transgreden ese mandato o si sus padres, en el caso de menores de edad, le permiten que lo transgredan está bien que las castiguen.

¿Te sorprendió comprobar que tu historia podía resultar representativa y que otras mujeres pudieran reconocerse en ella, aunque sus vidas fueran muy diferentes a la tuya?

No me sorprendió en absoluto que mi historia fuera representativa de muchas historias, y de que en ella se puedan reconocer muchas mujeres que en ciertos aspectos tienen vidas muy distintas a la mía, porque ha sido mi experiencia. Yo me he reconocido mucho, por ejemplo, en las novelas de Najar El Hachmij, aunque Najar nació en Marruecos, viene de una clase obrera, y esa no es mi experiencia en absoluto, y desde luego ella ha crecido en un patriarcado muchísimo más bestia que aquel en el que he crecido yo, y sin embargo, los sentimientos ambivalentes hacia una madre a la que quieres y admiras pero te pide que te sometas, y tu no te quieres someter y eso ella lo vive como una traición, pues eso yo lo he visto en ella.

Cuando se escribe sobre la propia familia, ¿cómo se puede encontrar el equilibrio entre ser sincera y respetar la intimidad de las personas que aparecen en nuestra historia?

Ese límite entre ser sincera y no respetar la intimidad de terceros es un problema muy serio de la autobiografía. Yo me sitúo como en un punto medio, entre los que dicen que tienes derecho a contarlo todo y quién no está de acuerdo que escriba su propio libro, que no estoy en absoluto de acuerdo, me parece una posición abusiva, y quienes dicen que no tienes ningún derecho a contar intimidades de nadie, porque si yo no puedo contar cosas intimas de mis padres o de mi ex marido no puedo escribir mi propia vida que, como todas, está trenzada y mezclada con las de otros. Entonces, somos inevitablemente quienes escribimos autobiografía, juez y parte, no hay una instancia superior que nos diga que tenemos derecho a contar y que no. Yo lo que intento es ser justa, no hacer ajustes de cuentas, y ser respetuosa. Y creo que, hasta ahora, lo debo haber sido, porque nadie se ha enfadado, a pesar de que he contado cosas bastante íntimas.

Al reconstruir tu vida para escribir el libro, ¿qué resulta más difícil: recordar los hechos o interpretarlos y comprenderlos?

Claramente resulta muchísimo más difícil interpretar. Recordar no es ningún problema. Sabemos que la memoria es selectiva, por supuesto, nos puede ayudar el diario o las cartas que llevamos en épocas pasadas, pero el verdadero problema es interpretar, es entender. Yo, de hecho, hay partes de mi vida que me gustaría contar y que creo que todavía no he terminado el proceso de entenderlas. En el caso de la relación con mis padres, el psicoanálisis me ayudó mucho.

Antes de escribir este libro ya habías coordinado ‘Madres e hijas’. ¿Qué supuso aquella experiencia y cómo ha evolucionado desde entonces la literatura sobre la maternidad y la relación entre madres e hijas?

Madres e hijas es el libro de relatos de autoras españolas del siglo XX, que yo coordiné, y se publicó en 1996, y que es consecuencia de la revelación que yo tuve cuando me quedé embarazada y nació mi hija, de que sobre un tema tan importante no existía prácticamente tradición literaria, cosa que me dejó estupefacta. Ese libro creo que fue pionero y entonces han surgido, afortunadamente, muchísimos libros de mujeres sobre la experiencia de la maternidad. Algunos libros, pocos, pero algunos, de hombres, sobre la experiencia de la paternidad. Y en ese sentido, creo que ha habido un avance muy positivo, y que se está mostrando la relación madres e hijas, que es uno de los aspectos de la maternidad, aunque es interesante ver que hay mucha más literatura de hijas que hablan de madres, que de madres que hablan de hijas, eso podríamos preguntarnos porque, y se está mostrando en todos sus matices: relaciones buenas, malas y regulares, porque es una relación muy rica y como ya expliqué, muy contradictoria.

¿Crees que la relación entre madres e hijas ha sido un tema recurrente en la literatura?

No. La relación madre-hija no ha sido un tema recurrente en literatura y justamente su ausencia es muy llamativa y es una de las muchas consecuencias de un hecho evidente, que es que la literatura la han creado hombres mucho más que mujeres. No solo la han creado, sino que sobretodo la han transmitido. Quiero decir que cuando estudias una época, te das cuenta de que, realmente, había más mujeres de las que nos han llegado. Entonces, por una parte hay menos mujeres que hombres que acceden a la creación , a la toma de palabra, en todos los ámbitos, a la creación de leyes o a la creación de discurso médico, o a la creación de poesía, de teatro, etc., por una parte, pero además, son dos problemas interrelacionados pero distintos, además nos llegan mucho menos. Es decir, no pasan a la historia oficial, a los libros de texto, a las colecciones de clásicos, etc. El hecho es que, como consecuencia de estos dos fenómenos, las experiencias de las mujeres se han contado mucho menos, y nos han llegado mucho menos. Sabemos mucho menos sobre las mujeres que sobre los hombres, del pasado y del presente. Sobretodo del pasado, de mujeres de clase obrera, de mujeres de etnias diferentes a la dominante, etc. Y con el ingreso a la creación literaria de un buen número de mujeres que se va produciendo a lo largo de los siglos XIX y XX, empiezan a aparecer temas que se habían tratado muy poco, por ejemplo la relación madre e hija o la experiencia de la maternidad y todo lo que la rodea, que son muchas experiencias distintas. La experiencia y el miedo de quedarse embarazada sin querer, el deseo frustrado de quedarse embarazada, eso si que lo han tratado más los hombres, como en Yerma de Lorca, pero el rechazo a la maternidad, el aborto, todo eso apenas se ha contado hasta ahora, la muerte de un hijo en el útero… muchísimas experiencias por supuesto la relación con el bebé… todo eso está apareciendo ahora y me parece fantástico, y maravilloso.

¿Escribir ‘Mi madre en el espejo’ te ha ayudado a conocer mejor a tu madre y a reinterpretar algunos momentos de vuestra historia familiar?

Ciertamente, escribir ese libro me ha ayudado a conocer mejor a mi madre. Tardamos mucho en comenzar a ver a nuestros padres como personas por si mismas, antes que como nuestros padres, tardamos mucho en entender que nuestros padres han tenido una vida antes y una vida además de ser nuestros padres. Y este libro me ha ayudado a reintrepretar, o simplemente interpretar cosas del pasado en las que yo nunca me había parado a pensar, por ejemplo recuerdo que hay un momento que en mi libro yo cuento que mi madre me contó su noche de bodas, que es una cosa bastante insólita, y me la contó poniendo en ridículo a mi padre, y solo al escribir el libro me di cuenta de porque mi madre me había contado esto y lo significativo era cuando me lo había contado, y me ayudo a entender las cuatro etapas de la vida de madre, en cuanto a mujer. Una, antes de conocer a mi padre, toda su formación como mujer, con el ejemplo que le daban sus padres, que fue terrorífico. Luego, la primera etapa de su matrimonio con mi padre, que creo que fue una etapa feliz, bastante igualitaria. Luego, la otra etapa, cuando mis padres se hicieron ricos, que al principio no lo era, y luego hubo un cambio de estatus enorme, pero que tuvo su parte oscura para mi madre. Y luego, la última etapa, cuando la empresa de mi padre hizo suspensión de pagos, y eso cambió nuevamente su estatus, y curiosamente volvió a hacer de ellos una pareja igualitaria,.. Todo eso lo explico en el libro.

Desde tu experiencia, ¿crees que hoy es más fácil para las mujeres convertirse en escritoras y desarrollar una carrera literaria?

Creo que ahora es mucho más fácil que antes para las mujeres convertirse en escritoras, pero tengo la sensación, esto habría que estudiarlo, quizá dentro de unos años, creo que sigue pasando algo, que siempre ha pasado, que es que para las mujeres es más fácil empezar que mantenerse. Es más fácil que te publiquen, que te lean y que te presten atención, cuando eres una jovencita, y una voz nueva, que cuando ya estás asentada. Es decir, que a las mujeres les cuesta mucho conseguir autoridad, que se reconozca su sabiduría, y que se les respete como escritoras de cierta edad, y en general a las mujeres les resulta más fácil triunfar cuando son jóvenes y eso lo ha explorado una feminista inglesa, que me encanta, que se llama Victoria Smith en un libro, que yo sepa no traducido, llamado Hags, que habla de como las mujeres mayores son apartadas, desacreditadas, ridiculizadas, y es una de las dificultades para el feminismo, el hecho de que las mujeres jóvenes creen que ya hay igualdad, porque a ellas se les trata con cierto mimo, pero no se dan cuenta que a ellas se las trata con cierto mimo, y eso me lo aplico a mi misma, porque yo también crei cuando era joven así, y no nos damos cuenta que se nos trata con ese interés, con esa curiosidad, con esa deferencia, precisamente porque somos jóvenes. Las mujeres jóvenes gustan, son agradables, son decorativas, y no son competencia, no tienen la autoridad suficiente. Y eso lo veo también en el nombramiento de ministras, se nombra a mujeres para hacerse cargo de un ministerio a una edad en que es raro que se nombre a hombres tan jóvenes, porque dan una imagen de igualdad, de renovación, y al mismo tiempo no tienen la autoridad que les permitiría de verdad hacer una labor feminista.

Hay escenas especialmente emotivas en el libro. ¿Hay alguna que te haya resultado especialmente difícil o emocionante al recordarla?

Si. La escena titulada adiós corazoncito me rompió el corazón. Me emociono todavía recordándolo.

¿Qué significa para ti acercarte a la historia de tu madre desde una mirada feminista?

Obviamente, una mirada feminista exige preguntarte por tu propia vida como mujer y también por la de tu madre, y por el modelo que tu madre te ha mostrado.

Si pudieras hablar con la Laura que fuiste durante tu infancia y adolescencia, ¿qué le dirías?

No creo que pudiera decirle a esa que yo fui en mi infancia y en mi adolescencia nada que le ahorrase el sufrimiento y el camino largo y tortuoso que tuve que recorrer para liberarme de la influencia de mis padres. Eso no es algo que se pueda evitar, o se pueda resolver o se pueda iluminar solamente con unas pocas palabras.

¿Qué has aprendido de la Laura del pasado y del papel que tú misma desempeñaste dentro de tu familia?

Lo que he aprendido de la Laura del pasado, es algo que me ha enseñado realmente el psicoanálisis, que es a no verme solo como víctima pasiva de otras personas o de los acontecimientos, o de la historia de la familia, sino a hacerme una pregunta, que formuló Lacan, y que yo la puse como una de las citas iniciales de mi libro anterior, A mi no me iba a pasar, y es ¿cómo ha contribuido usted a aquello de lo que se queja? cual era mi papel porque yo también contribuía, yo también me sometí tanto a ese papel que me asignaban mis padres, que era un papel muy particular, de tercer miembro de la pareja, como explico.

¿Qué aspectos de tus padres sientes que has heredado y que continúan formando parte de ti?

La pasión por la lectura, también la curiosidad por el mundo, el amor a las artes en general, son cosas que heredé de mis padres, mi madre quizás más la lectura, mi padre más la curiosidad, la música la heredé de los dos, y siento que es un tesoro inagotable que les agradezco muchísimo, y que ahora es mío y que disfruto yo, pero que ellos están ahí, es una manera de proseguir mi relación con ellos, aunque no pueda comentar con ellos una ópera o una novela, como lo hacía cuando ellos vivían.

Para terminar, ¿qué te gustaría que se llevaran los lectores y lectoras después de cerrar ‘Mi madre en el espejo’?

Me gustaría mucho que al cerrar Mi madre en el espejo, una lectora o un lector, mirara con una mirada nueva, más inquisitiva, más reflexiva, a sus propios padres. Porque el libro no habla solo de mi madre, y de mi, habla también de mi padre, de la familia que éramos, de mis abuelos. Revisar la propia historia familiar con una mirada crítica y piadosa a la vez es algo muy sanador, y yo se lo deseo a mis lectoras y lectores.

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