Argentina | Que ser mujer no nos cueste la vida (ni la libertad)

Una mujer argentina menos cada veintitrés horas

Por Paula Albornoz

Jordana. Brenda. Guadalupe. Micaela. Agustina. Octavia. Seis femicidios en solo los tres primeros días de marzo. Sesenta y seis en total desde el comienzo del año. Una mujer argentina menos cada veintitrés horas, y cuántas menos por día si lo contamos a nivel mundial. Incontables, miles, demasiadas, desde el comienzo de nuestra historia. Cada nombre queda marcado a fuego en cada una de nosotras. Cada golpe y cada mutilación busca enseñarnos una lección: podés ser la siguiente. El próximo nombre en la lista puede ser el mío o el tuyo. Y a la mayoría le da igual.

            Por eso cada 8 de marzo hace ya varios años (más de sesenta, de hecho) las mujeres salimos a las calles a pedir algo tan simple y tan complejo como esto: la libertad. ¿Pero cómo? ¡El patriarcado no existe!, se animan a afirmar algunos. ¡Exageradas! ¡locas! ¡histéricas! Y la marcha sigue y sigue. Ves los carteles en la calle y en las redes: “desaparecida”, “justicia por…”, “…femicida”. Mientras tanto, la televisión se enfoca en otras cosas, y cuando se habla de un femicidio, nunca es sin mostrar una foto de la víctima en ropa interior, mostrando su cara y su cuerpo que ya no pueden consentirlo, contando su intimidad, buscando razones y excusas para lo que le pasó. Lo que le hicieron. Esa es otra lección que quieren darnos; no importa lo que te hagan, la culpa siempre va a ser tuya. Por vestirte como te gusta, por salir a la noche — momento solo reservado para hombres —, por disfrutar del sexo, por hablar con gente nueva, por atreverte a no tener miedo. ¿Y qué pasa si sobrevivís? El castigo, una vez más, va hacia la víctima. No hay apoyo ni contención. Hay preguntas y cuestionamientos.

            Ser mujer es salir a la calle con enojo o con miedo. Ir alerta, mirar hacia atrás cada diez pasos, estar preparada para reaccionar o para llamar a alguien de confianza por teléfono, o a la policía (que no siempre es de confianza). Ser mujer es esperar el mensaje de texto de nuestras amigas, hermanas, madres, que nos avisen que llegaron a salvo adonde iban, y también mandar el mensaje al llegar. Ser mujer es que te mutilen las orejas al poco tiempo de nacida, sin consentimiento, para hacer la marca del género, permanente, que demarcará con qué color van a vestirte, qué cosas van a prohibirte — la pelota, todo lo que te ensucie y todo lo que te golpee, porque sos una señorita, débil y no podrías soportarlo — y qué cosas van a imponerte —la cocinita, el bebé de plástico, el maquillaje miniatura —. Ser mujer es salir de fiesta y tener que estar atenta a que no te pongan una pastilla en la bebida. Ser mujer es que te pregunten si pensás ser madre en una entrevista de trabajo. Ser mujer es que te juzguen si te sacás el corpiño en la calle para amamantar pero se venda tu cuerpo desnudo en los medios y en los burdeles. Ser mujer es que se masturben sobre vos en el colectivo. Ser mujer es que te paguen menos por el mismo trabajo que a tus compañeros varones. Ser mujer es que te digan cosas en la calle. Ser mujer es hacer trabajos domésticos y de cuidado toda tu vida sin que te paguen un peso. Ser mujer es tener que arrancarte todos los pelos del cuerpo y ser muy flaca, pero con curvas, desde la más tierna edad. Ser mujer es tener que pedir perdón por tener sentimientos. Ser mujer es esperar que te rescaten. Ser mujer es tener que competir con tu compañera. Ser mujer es tener que ser madre a cualquier costo. Ser mujer es denunciar a tu golpeador y que nadie te haga caso hasta que no aparezcas en una zanja. Ser mujer es que te corten el clítoris. Ser mujer es no poder envejecer. Ser mujer es que la mayoría de esas cosas te pasen antes de los doce años. Ser mujer es sobrevivir en vez de vivir.

Por todas ellas y por todas nosotras juramos vencer

            Lucía. Wanda. Candela. Sheila. Ángeles. Marita. Nos desaparecen, nos secuestran, nos violan, nos torturan, nos prostituyen, nos desaparecen, nos queman, nos matan, nos entierran, nos tiran a la basura. Nos da escalofríos, nos da pesadillas, nos desarma en lágrimas, nos duele, nos quema, nos enoja, nos dá fortaleza, nos dá ira, nos empuja, nos arrastra, salimos a la calle: ¡hartas!, todas sabiendo que podríamos ser aquella sonrisa congelada en la pancarta de una madre, todas sabiendo que un día, después de la escuela o de trabajar, un hombre podría estarnos esperando con las peores intenciones. Porque sí, porque pueden. Porque la justicia los deja impunes y libres, porque los medios los justifican y porque la sociedad olvida. Pero nosotras no olvidamos. Te puedo seguir repitiendo nombres hasta el cansancio. Rosario. María. Valeria. Carla. Daiana. Angelina. ¿Cuál de nosotras va a faltar en veintitrés horas?

            Por todas ellas y por todas nosotras juramos vencer. Las movilizaciones son cada vez más grandes, la lucha feminista se extiende alrededor del mundo, nos vamos despertando, deconstruyendo, nos vamos cansando y nuestro temor se convierte en fuego. Sabemos que aún hay muchos con otras prioridades — las paredes pintadas, por ejemplo. Sabemos que en lugares como mi país, Argentina, todavía la lucha está en un escalón tan básico y primordial como el reclamo por el aborto legal, seguro y gratuito. Pero también sabemos que no pensamos rendirnos, y que aunque sea agotador tener que salir a marchar tan seguido, tener que discutir con familiares, con vecinos, con desconocidos en el tren, nada es tan cansador como tener miedo a salir a la calle. Como leí en una pancarta una vez: “ya nunca tendrán la comodidad de nuestro silencio”. Vamos a seguir molestando, gritando, quejándonos de todo lo que nos haga mal. Vamos a reclamar todos esos espacios que nos arrebataron.

            Esto no se detiene, y no hay barrera que pueda parar esta marea, verde y furiosa. Donde quiera que estés, aunque no te haya pasado a vos, por donde quieras empezar, a cualquier edad, en cualquier momento, ¿nos acompañás?


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