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Trump no inventa el interés depredador de Washington, sino que lo formula en lenguaje de mercado, donde la soberanía nacional se mide en capacidad de compra y la democracia se reduce a un índice bursátil.
Por Lucio Martínez Pereda | 11/01/2026
El cálculo geopolítico acostumbra a fortalecerse con la convicción ideológica. El poder de Trump no se dirige únicamente a someter un territorio, sino también a confirmar una jerarquía: el derecho de unos pueblos a existir sobre la subordinación de otros. Su discurso, es brutal y populista, pero obedece a una racionalidad más antigua: la del darwinismo social, que justifica la desigualdad como ley natural y la dominación como consecuencia inevitabile del éxito. Desde esa óptica, los países latinoamericanos son material biológico degradado: sociedades sin la templanza moral del norte, incapaces -según el credo neoliberal- de prosperar sin tutela.
En lo económico, las motivaciones se entrelazan con esta justificación del desprecio. Trump no inventa el interés depredador de Washington, sino que lo formula en lenguaje de mercado, donde la soberanía nacional se mide en capacidad de compra y la democracia se reduce a un índice bursátil. Ante las élites latinoamericanas que aspiran a integrarse en la civilización occidental, propone un trato de vasallaje: acceso condicionado a los beneficios del capital a cambio de adhesión ideológica y desarme social. En esta situación el latinoamericano no es ciudadano ni aliado: es cliente o amenaza.
La paradoja radica en que muchos líderes regionales, fascinados por el estilo autoritario de Trump y su retórica de “orden y propiedad”, reproducen, sin saberlo, el mismo modelo que los condena. Celebran la defensa de las fronteras mientras sus pueblos son expulsados del mercado global; invocan la libertad mientras se subordinan al capital financiero. Así, América Latina carga con un enemigo externo y otro interno: el que la desprecia y el que lo imita. Ambos convergen en un mismo proyecto de selección económica y moral.
Latinoamérica carga con una paradoja que define, más que ningún diagnóstico económico, su posición en el mundo contemporáneo: el enemigo externo se confunde con el interno, y ambos operan con el mismo objetivo. Donald Trump no representa solo a un mandatario que desprecia a la región, sino a una idea que muchos de sus dirigentes comparten sin admitirlo: la de que el éxito justifica la desigualdad, y que la fuerza económica es la medida última de la verdad histórica. Así, el darwinismo social que el magnate exalta como ley moral- esa brutalidad convertida en doctrina- ha sido adoptado por las élites latinoamericanas como evangelio del progreso. Lo que en versión estadounidense se presenta como supremacismo racial, deviene en las repúblicas latinoamericanas en supremacismo de clase: la convicción de que los pobres estorban y de que el Estado sobra.
Esa imitación servil constituye la verdadera derrota cultural. Mientras Trump asume sin pudor la lógica de la selección natural aplicada a los mercados, sus admiradores latinoamericanos traducen esa violencia estructural al lenguaje del orden, la libertad y la modernización. Reproducen el gesto del imperio sin poseer ni su capital ni su tecnología, creyendo tal vez que la obediencia les conferirá una parte del botín. En esa ceguera moral, la región perpetúa su dependencia: combate débilmente las consecuencias de la desigualdad mientras adopta con intensidad y fervor sus causas.
La tragedia es que el trumpismo, despojado de su contexto norteamericano, se convierte en puro reflejo colonial. Aunque se disfraza de identidad nacional o defensa de la soberanía, lo que produce es la subordinación más eficaz: la aceptación voluntaria de una inferioridad asumida como destino. Trump desprecia a América Latina por pobre y desordenada, pero son muchos los latinoamericanos poderosos que confirman a diario su juicio, aplicando en sus propios países la pedagogía del desprecio. Así, el enemigo verdadero ya no está en la Casa Blanca, sino en casa: en las conciencias educadas para admirar al explotador y despreciar al semejante.
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