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Por Héctor Bujari Santorum | 5/09/2025
Mantengamos viva una alianza histórica.
El panarabismo sigue siendo un ideal poderoso en la identidad del mundo árabe, pero su fuerza política efectiva se ha erosionado con los años. Lejos de proteger a los pueblos oprimidos, los propios países árabes han demostrado demasiadas veces ser sus peores enemigos, traicionando y socavando a los movimientos panárabes progresistas.
Hace unos días vi un video que me conmovió profundamente: un niño palestino, con lágrimas en los ojos, preguntaba: “¿Dónde están los pueblos árabes mientras nos matan?»
¿Dónde estamos?
Ese grito resume con crudeza la distancia real.
En este contexto, la RASD podría asumir un papel más visible en favor de Palestina. Sus márgenes de influencia directa son limitados, pero no irrelevantes: apoyo diplomático, capacidad de visibilización internacional y una experiencia de resistencia que le otorga legitimidad para hablar de autodeterminación.
La comparación con Marruecos resulta inevitable. En diciembre de 2020, el régimen marroquí normalizó sus relaciones con Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham. A cambio, Estados Unidos reconoció la supuesta soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un territorio ocupado en flagrante violación del derecho internacional. Fue un trueque político: Rabat legitimó la ocupación israelí de Palestina mientras buscaba a su vez legitimidad para la suya propia en el Sáhara. Este movimiento no solo golpeó al espíritu del panarabismo, sino que mostró cómo ciertos regímenes árabes priorizan sus intereses estratégicos por encima de la solidaridad histórica con Palestina.
La RASD, en contraste, tiene la oportunidad de presentarse como el reverso de esa lógica de intercambiar ocupaciones. Su mera existencia como movimiento de liberación nacional la vincula de manera natural con la causa palestina: ambas luchas comparten un mismo lenguaje de resistencia, autodeterminación y derechos negados. Como dijo Nayef Hawatmeh, secretario general del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP), tras su encuentro con Mohamed Lamine Ahmed en Argel en 1978:
“La alianza entre la revolución palestina y la revolución del pueblo saharaui es una alianza estratégica firme porque es una alianza entre combatientes por la libertad y la independencia nacional en esta parte del mundo. En esta estampa estamos luchando por un frente estratégico común, contra el imperialismo mundial y los reaccionarios en Oriente Medio, en África y en el Israel sionista.”
Por su parte, Mohamed Lamine Ahmed, primer ministro de la RASD en aquel entonces, afirmaba:
“Los nacionalistas árabes, asiáticos y africanos luchan por el derecho a la existencia, por el derecho a la independencia nacional y por el derecho de portar las armas para lograr esa independencia.”
George Habash, fundador del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), reforzó esta idea de solidaridad internacionalista:
“Nuestro papel en el escenario árabe es inmenso: debemos apoyar al movimiento de masas árabe, al LPM, a las masas en Egipto, al POLISARIO, al PFLO, al Frente Democrático Nacional en el Norte de Yemen, etc. Además, tenemos la tarea de enfrentar la impotencia de los regímenes árabes. De esta manera, al menos seremos coherentes con nosotros mismos en lo que respecta a los principios y a los asuntos estratégicos.”
Además, la afinidad histórica entre ambos movimientos queda reflejada en el encuentro de Habash con Brahim Ghali en 1979, cuando expresó su solidaridad con la causa saharaui.
Como Estado miembro de la Unión Africana, la RASD podría promover una resolución simbólica de apoyo a Palestina. Aunque su aprobación dependería de la mayoría de los Estados miembros y no estaría asegurada, la sola iniciativa podría tener un valor político y diplomático considerable, reforzando tanto la solidaridad panárabe como la africana.
El texto de la resolución podría subrayar la defensa de los derechos humanos, el respeto al principio de autodeterminación y la necesidad de apoyo mutuo frente a la ocupación. Antes de presentarla, sería clave coordinarse con aliados tradicionales para garantizar respaldo y ajustar el lenguaje, incrementando las posibilidades de éxito.
Incluso si su efecto práctico fuese limitado, cada gesto en esa dirección fortalece el prestigio simbólico de la RASD en el mundo árabe y africano, mostrando coherencia y compromiso. En un tiempo en que las ocupaciones se compran y venden como moneda, sostener la solidaridad no es un acto menor: es, en sí mismo, un acto de resistencia.
Hoy, mientras Palestina y el Sáhara Occidental siguen ocupados, la RASD tiene la oportunidad de recordarnos que la solidaridad no es un gesto simbólico: es un compromiso con la justicia, con la memoria de quienes lucharon y con las generaciones que heredarán estas causas.
La historia ha unido a nuestros pueblos en una misma resistencia; mantener viva esa alianza es mantener viva la esperanza.
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